Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– ¿A Dresde?

– En efecto. La señora Lauber se encuentra instalada con toda seguridad en lo más profundo de la zona rusa. Eso no puede ser más que una ventaja adicional para usted. Pero creo que no deberíamos visitarla hasta por lo menos dentro de unos días.

– ¿Por qué no? -preguntó Armstrong.

– Ah, todavía tiene que aprender mucho sobre los ingleses, amigo Lubji. No imagine en ningún momento que el hecho de dominar su idioma supone conocer también cómo funciona su mentalidad. A los ingleses les encanta la rutina. Si regresara usted mañana, empezarían a sentirse recelosos. En cambio, si regresa en cualquier momento de la semana que viene, no se detendrán a pensarlo dos veces.

– ¿Qué les tengo que decir entonces cuando les informe?

– Les dice que me mostré cauteloso, y que usted sigue «tanteando el terreno» -Tulpanov sonrió de nuevo-. Pero puede decirles que le he preguntado por un hombre llamado Arbuthnot, Piers Arbuthnot, y que si es cierto que está a punto de ocupar un puesto en Berlín. Usted me contestó que nunca había oído hablar de él, pero que trataría de averiguarlo.

Aquella tarde, Armstrong regresó al sector británico e informó a Forsdyke de la mayor parte del contenido de la conversación. Esperaba que le dijera quién era Arbuthnot y cuándo llegaría a Berlín, pero Forsdyke se limitó a comentar:

– Sólo trata de ponerle a prueba. Sabe exactamente quién es Arbuthnot y cuándo asumirá su puesto. ¿Con qué rapidez puede encontrar una excusa para visitar de nuevo el sector ruso?

– El próximo miércoles o jueves tengo mi reunión mensual habitual con los rusos para negociar los suministros de papel.

– Está bien, si tiene la oportunidad de ir a ver a Tulpanov, dígale que no me ha podido sacar ninguna información sobre Arbuthnot.

– ¿No hará eso que se muestre receloso?

– No, recelaría mucho más si le dijera usted cualquier cosa sobre ese hombre en concreto.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, Charlotte y Dick tuvieron otra discusión acerca de para cuándo esperaba él el regreso a Gran Bretaña.

– ¿Cuántas nuevas excusas se te van a ocurrir para retrasar la cuestión? -preguntó ella.

Dick no hizo ningún intento por contestarle. Sin dirigirle una mirada, tomó su bastón de mando, cogió la gorra y abandonó rápidamente el piso.

El soldado Benson lo condujo directamente a la oficina y, una vez en su despacho, llamó inmediatamente a Sally con el timbre. Ella acudió con un montón de correspondencia para firmar y le saludó con una sonrisa. Al marcharse, una hora más tarde, la expresión de su rostro era de agotamiento. Advirtió a todos que procuraran evitar al capitán durante el resto del día, porque estaba de muy mal humor. Su estado de ánimo no había mejorado para el miércoles y el jueves todos los miembros del equipo se sintieron aliviados al saber que pasaría fuera de la oficina la mayor parte del día.

Benson lo llevó al sector ruso pocos minutos antes de las diez. Armstrong bajó del jeep. Llevaba su maletín Gladstone, y le dijo a su chófer que regresara al sector británico. Cruzó bajo el gran arco de la Leninplatz que conducía a la oficina de Tulpanov, y le sorprendió descubrir que la secretaria del mayor ya le esperaba en el patio exterior.

Sin decirle una palabra le condujo a través del patio empedrado hacia un gran Mercedes negro. Le abrió la portezuela y él se acomodó en el asiento de atrás, junto a Tulpanov. El motor ya estaba en marcha y, sin necesidad de esperar instrucciones, el chófer salió a la plaza y empezó a seguir los carteles indicadores que conducían a la autobahn .

El mayor no mostró ninguna sorpresa cuando Armstrong le informó de la conversación mantenida con Forsdyke, para añadir que no había conseguido obtener ninguna información sobre Arbuthnot.

– Todavía no confían en usted, Lubji -dijo Tulpanov-. Como puede ver, no es uno de ellos. Quizá nunca llegue a serlo.

Armstrong hizo un mohín y se volvió a mirar por la ventanilla.

Una vez que llegaron a las afueras de Berlín tomaron hacia el sur, en dirección a Dresde. Al cabo de unos minutos, Tulpanov se inclinó y le entregó a Armstrong una pequeña y estropeada maleta grabada con las iniciales «K. L.»

– ¿Qué es esto? -preguntó.

– Todas las posesiones terrenales del bueno del mayor -contestó Tulpanov-. O, por lo menos, todas aquellas que su viuda puede heredar.

Luego le entregó un grueso sobre marrón.

– ¿Y esto? ¿Más posesiones terrenales?

– No. Son los 40.000 marcos que Lauber le pagó a Schultz por sus acciones del Telegraf . Mire, cuando se trata de los británicos, procuro atenerme siempre a las reglas. «Ánimo, ánimo, pero participa en el juego.» -Tras una pausa, Tulpanov añadió-: Estoy convencido de que tiene usted en su poder el único otro documento necesario.

Armstrong asintió con un gesto y guardó el grueso sobre en el maletín Gladstone. Volvió a mirar por la ventanilla y contempló el paisaje, horrorizado al comprobar los pocos trabajos de reconstrucción que se habían llevado a cabo desde que acabara la guerra. Trató de concentrar sus pensamientos en cómo actuar con la señora Lauber, y no volvió a decir nada hasta que llegaron a las afueras de Dresde.

– ¿Sabe el chófer adónde vamos? -preguntó Armstrong al pasar ante una señal de limitación de velocidad a 40 kilómetros por hora.

– Oh, sí -contestó Tulpanov-. No es usted la primera persona que ha llevado a visitar a esta vieja dama. El chófer tiene «el conocimiento». -Armstrong se volvió a mirarlo, extrañado-. Cuando se instale en Londres, amigo Lubji, alguien se ocupará de explicarle eso.

Minutos más tarde se detuvieron frente a un monótono bloque de pisos de cemento, en el centro de un parque que ofrecía la impresión de haber sido bombardeado el día anterior.

– Es el número sesenta y tres -le explicó Tulpanov-. Me temo que no hay ascensor, así que tendrá que subir unos cuantos escalones mi querido Lubji. Pero eso es algo que sabe usted hacer muy bien.

Armstrong bajó del coche con su maletín Gladstone y la destartalada maleta del mayor. Echó a andar por un sendero cubierto de hierbajos y llegó ante la entrada del edificio de diez pisos, anterior a la guerra. Empezó a subir la escalera de cemento, contento de que la señora Lauber no viviera en el último piso. Al llegar al sexto, giró por un pasillo estrecho que daba al exterior, hasta llegar a una puerta con el número «63» pintado en rojo en la pared.

Golpeó ligeramente con el bastón de mando sobre el cristal, y la puerta fue abierta momentos más tarde por una anciana que no mostró ninguna sorpresa al encontrarse con un oficial británico ante su puerta. Le condujo por un pasillo estrecho, sin iluminar, hasta una habitación pequeña y fría, que daba frente a otro bloque idéntico de diez pisos. Armstrong se sentó frente a ella, junto a una estufa eléctrica de dos barras, de las que sólo una estaba encendida.

Se estremeció al ver a la anciana que se hundía en su silla y se arrebujaba en un chal deshilachado que llevaba sobre los hombros.

– Visité a su esposo en Gales antes de que muriera -empezó a decir-. Me pidió que le entregara esto.

Le pasó la maleta destartalada. La señora Lauber le dio las gracias en alemán y luego abrió la maleta. Armstrong la observó retirar una fotografía enmarcada de su esposo y de ella misma el día de su boda, seguida por la foto de un hombre joven que imaginó debía de ser su hijo. A juzgar por la expresión triste de su rostro, Armstrong tuvo la impresión de que el joven debía de haber perdido la vida durante la guerra. Siguieron algunos objetos diversos, entre ellos un libro de poesías de Rainer Maria Rilke y un viejo juego de ajedrez hecho de madera. Finalmente, sacó las tres medallas de su esposo. Levantó la mirada y preguntó, esperanzada:

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