Michael Crichton - Next

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El autor de Estado de miedo nos sumerge en los aspectos más sombríos de la investigación genética, la especulación farmacéutica y las consecuencias morales de esta nueva realidad. El investigador Henry Kendall mezcla ADN humano y de chimpacé y produce un híbrido extraordinariamente evolucionado al que rescatará del laboratorio y hará pasar como un humano. Tráfico de genes, animales `de diseño`, encarnizadas guerras de patentes: un futuro turbador que ya está aquí.

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– Se acepta.

– Muy bien -acató Rodríguez-. Digámoslo de otra manera, señor Burnet. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que le diagnosticaron la leucemia?

– Seis años.

– ¿No es cierto que tras cinco años de supervivencia un enfermo de cáncer se considera curado?

– ¡Protesto! Eso solo puede responderlo un experto.

– Se acepta.

– Señoría -dijo Rodríguez volviéndose hacia el juez-, no sé por qué los abogados del señor Burnet me lo ponen tan difícil. Solo trato de demostrar que el doctor Gross curó al demandante de un cáncer mortal.

– Pues yo no sé por qué a la defensa le cuesta tanto plantear la pregunta sin tanta retórica inoportuna -respondió el juez.

– Sí, señoría. Gracias. Señor Burnet, ¿se considera curado de la leucemia?

– Sí.

– ¿Se encuentra bien del todo?

– Sí.

– En su opinión, ¿quién lo ha curado?

– El doctor Gross.

– Gracias. Creo que antes ha explicado al tribunal que, cuando el doctor Gross le pidió que volviera a hacerse pruebas, usted creía que seguía estando enfermo.

– Sí.

– ¿Le dijo en algún momento el doctor Gross que aún tenía leucemia?

– No.

– ¿Se lo dijo alguna otra persona en su consulta o alguien de su equipo?

– No.

– Entonces, si he comprendido bien su declaración, no re

cibió información alguna que especificara que seguía estando enfermo.

– Así es.

– Muy bien. Ahora vamos a centrarnos en el tratamiento. Se sometió a cirugía y a quimioterapia. ¿Sabe si el tratamiento que le aplicaron es el habitual para casos de leucemia linfoblástica?

– No, mi tratamiento no fue el habitual.

– ¿Era un tratamiento nuevo?

– Sí.

– ¿Fue usted el primer paciente en recibir ese protocolo?

– Sí.

– ¿Se lo dijo el doctor Gross?

– Sí.

– Y ¿aceptó participar en la investigación?

– Sí.

– ¿Le explicó cómo se estaba desarrollando el protocolo de tratamiento?

– Me dijo que formaba parte de un programa de investigación.

– Y usted estuvo de acuerdo en participar.

– Sí.

– ¿Junto con otros pacientes afectados por la misma enfermedad?

– Creo que había más pacientes, sí.

– ¿Funcionó, en su caso, el protocolo experimental?

– Sí.

– Lo curó.

– Sí.

– Gracias, señor Burnet. ¿Sabe que en investigación médica muchas veces los fármacos que ayudan a combatir determinada enfermedad proceden de tejidos de los pacientes o tienen que probarse en estos?

– Sí.

– ¿Sabía que sus tejidos serían utilizados de ese modo?

– Sí, pero los fines comerciales…

– Lo siento/Limítese a responder «sí» o «no». Cuando aceptó que sus tejidos fueran uitilizados en la investigación, ¿sabía que podrían usarse para obtener o probar fármacos nuevos?

– Sí.

– Y si se encontraba un fármaco apropiado, ¿esperaba que se pusiera a disposición d «otros pacientes?

– Sí.

– ¿Firmó una autorización para ello?

Hubo una larga paL_asa. Al final se oyó la respuesta.

– Sí.

– Gracias, señor B«_irnet. No haré más preguntas.

– ¿Cómo crees qu«ha ido? -preguntó Burnet a su hija al salir del juzgado.

Al día siguiente tenmdrían lugar las conclusiones finales. Caminaban hacia la zona de aparcamiento bajo el sol bochornoso del corazón de Los Ármgeles.

– Es difícil de deci:» -respondió Alex-. Se las han arreglado muy bien para tergiversar los hechos. Nosotros sabemos que no se ha obtenido ningmán fármaco nuevo con ese programa, pero dudo que el jurado conmprenda lo que realmente ocurrió. Presentaremos testigos exper nos que expliquen que la UCLA solo obtuvo una línea celular cüe tus tejidos y que la utilizó para fabricar una citocina de la misma forma en que tu organismo la fabrica de forma natural. No hay fármaco nuevo que valga, pero es probable que el jurado no lo había entendido así. Además, Rodríguez está actuando claramente con intención de reproducir con exactitud el caso Moore, que tuvo lugar hace unas cuantas décadas. El caso Moore es muy parecid o al tuyo. Al hombre le extrajeron tejidos valiéndose de pretexto y luego los vendieron. La UCLA ganó el caso sin esfuerzo, aunque no debería haber sido así.

– Entonces, abogada, ¿en qué situación cree que se encuentra nuestro caso?

Alex sonrió a su padre, le pasó el brazo por los hombros y lo besó en la mejilla.

– ¿Quieres saber la verdad? El camino va a ser duro -dijo.

C003.

Barry Sindler, abogado especialista en divorcios estelares, se removió en su asiento. Se esforzaba por prestar atención a su cliente, sentado frente al escritorio, pero le costaba mucho. El cliente en cuestión era un pazguato llamado Diehl que dirigía una compañía biotecnológica. El hombre hablaba de forma distraída, sin denotar emoción, con el semblante prácticamente hierático a pesar de estarle contando que su esposa tenía una aventura. Diehl debía de resultar un marido pésimo. Sin embargo, Barry no tenía muy claro cuánto dinero había de por medio en aquel caso. Parecía que todo el capital estaba en manos de la mujer.

Diehl hablaba en tono monótono. Le explicó que la primera vez que sospechó de ella fue cuando la telefoneó desde Las Vegas. Luego descubrió las facturas del hotel al que acudía cada miércoles. Un día la esperó en el vestíbulo y la sorprendió entrando con un jugador de tenis profesional de la ciudad. En California, la historia siempre era la misma, Barry la había oído cientos de veces. ¿Acaso aquellas personas no eran conscientes de haber caído en un tópico? Marido ultrajado descubre a su mujer con jugador de tenis. Ni siquiera en Mujeres desesperadas recurrirían a una situación semejante.

Barry dejó de esforzarse por escuchar. Esa mañana tenía muchas cosas en la cabeza. Había perdido el caso Kirkorivich y lo sabía la ciudad entera. Todo porque unas pruebas de ADN demostraban que el bebé no era hijo del multimillonario. El tribunal no le pagaría sus honorarios a pesar de haberlos rebajado a la ridicula suma de un millón cuatrocientos mil dólares; el juez le había entregado solo una cuarta parte del dinero. A aquellas horas todos, absolutamente todos los abogados de la ciudad debían de estar frotándose las manos, puesto que le tenían ojeriza. Había oído que el L.A. Magazine había convertido el caso en un notición, lo consideraba a todas luces desfavorable para Barry. La verdad era que a él eso le importaba una mierda. De hecho, cuanto más lo presentaban como un gilipollas despiadado y sin escrúpulos, más le llovían los clientes. Cuando de un divorcio se trataba, lo que quería la gente era precisamente un abogado sin escrúpulos, hacían cola en su puerta. Y Barry Sindler era, sin lugar a dudas, el abogado especialista en divorcios más despiadado e inmoral de toda California; le encantaba que le hicieran publicidad, aplicaba el autobombo y no se detenía ante nada. Y encima se enorgullecía de ello.

No, a Barry no le preocupaba nada de eso. Ni siquiera le importaba la casa que estaba haciendo construir en Montana para Denise y sus dos hijos malcriados. Tampoco le quitaban el sueño las reformas de su casa de Holmby Hills, a pesar de que solo la cocina ascendía a quinientos mil dólares y Denise no paraba de hacer cambios en el proyecto. La mujer era adicta a las reformas, sufría una auténtica patología.

No, no, no. A Barry Sindler solo le inquietaba una cosa: el contrato de arrendamiento. Wilshire and Doheny ocupaba toda una planta de un edificio de oficinas. Ninguno de los veintitrés abogados que trabajaban en su bufete valía una mierda, pero verlos a todos aplicados en sus respectivos escritorios impresionaba a los clientes. Además, a ellos les encargaba las tareas menores, como tomar declaraciones o rellenar los impresos para presentar peticiones, minucias en las que Barry no quería molestarse. Sabía que los litigios eran guerras de desgaste, sobre todo en los casos de custodia. Su táctica consistía en aumentar los costes y alargar el proceso tanto como fuera posible para ganar cuanto más dinero mejor. Además, de ese modo el cónyuge solía acabar cansado de los aplazamientos sin fin, de tanta formulación y, por supuesto, de los gastos, que aumentaban a ritmo vertiginoso. Incluso el más rico acababa saturado.

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