– No lo haré si no es por causa de fuerza mayor.
Los ojos de Cal se estrecharon.
– ¿Qué se supone que significa eso? Nunca sales de la isla a no ser que no te quede más remedio.
– Pasan cosas. No quería dejarte aquí cuando me trajiste los documentos que me enviaba Phil, pero lo hice. -Melis se dirigió a la cocina-. Además, si aceptas ese trabajo con Kelby no vas a estar aquí para que yo pueda contar contigo.
– Nunca abandono a un colega en apuros.
Ella se sintió emocionada.
– Gracias, Cal. Espero que no tenga que hacerte sufrir otro de los trucos de los delfines.
– No te preocupes, puedo ocuparme de ellos. -Cal dudó un instante-. Quizá.
– Les gustas de verdad, o no jugarían contigo. Debes sentirte halagado. Es una compañía mará…
– No quiero que me halaguen. Solo quiero que no me quiten los pantalones. -Hizo un gesto con la cabeza y señaló hacia la galería-. Pareces cansada. Ve y siéntate, yo prepararé la comida. -Dudó un momento-. Me preguntaba… ¿Debo hablar con alguien sobre lo de Phil? ¿Tenía otros parientes, eh?
– Nadie con quien hubiera mantenido contacto a lo largo de estos años. Tú y los demás significabais más para él que cualquier pariente-. Pero había una persona a la que debía llamar. No a causa de Phil, pero Carolyn se preocuparía si después se enteraba de que Melis no se lo había dicho -. Quizá tenga que hacer un par de llamadas.
– ¿Me necesitas? -preguntó Carolyn discretamente-. Dilo y alquilaré un hidroplano en Nassau. Estaré ante tus redes en un santiamén.
– Estoy bien. -Melis echó un vistazo fuera, al mar, donde Pete y Susie jugaban-. En realidad no estoy bien. Pero aguanto.
– ¿Qué sientes? ¿Rabia? ¿Tristeza? ¿Culpa?
– Aún no lo sé. Todavía estoy atontada. Sé que me alegró volver a casa. Me siento como si todo estuviera revuelto dentro de mí y no pudiera librarme.
– Voy para allá.
– No, sé lo complicada que es tu agenda. Tienes clientes, por Dios.
– Y tengo una amiga que me necesita.
– Mira, lo estoy sobrellevando. Si quieres venir este fin de semana, me encantará verte. De todas maneras, hace tiempo que no ves a Pete y Susie.
Hubo un silencio al otro extremo de la línea y Melis casi podía visualizar el ceño fruncido y la expresión intrigada en el rostro color café con leche de Carolyn.
– ¿Estás sola?
– No, aquí está Cal. Y si no, nunca estoy sola, Carolyn. Tengo a los delfines.
– Sí, es magnífico que puedas confiar en ellos.
– Lo es. Nunca replican.
Carolyn rió para sus adentros.
– Está bien, esperaré hasta el fin de semana. Y dejaré libres varios días la semana próxima para que podamos irnos en mi barco a Isla Paraíso. Nos tumbaremos en la orilla, beberemos pina colada y nos olvidaremos del mundo.
– Eso suena muy bien.
– Sí, y no tiene nada de realista. Pero eso también está bien. -Calló por un momento-. Si me necesitas, llámame. Sabes que llevas mucho tiempo aguantando. Si esa presa revienta, quiero estar ahí para ayudarte.
– Estoy bien. Te espero el viernes por la tarde. -Hizo una breve pausa-. Gracias, Carolyn. ¿Te he dicho alguna vez lo que significa para mí tener una amiga tan buena como tú?
– Seguro que me lo contaste en uno de tus momentos más sentimentales. Te veré el viernes. -Colgó.
Y ese día era martes. Melis sintió una oleada de soledad y de repente aquel fin de semana le pareció muy lejano. Sintió el impulso de volver a llamar a Carolyn y…
Detente. ¿Qué haría si llamaba nuevamente a su amiga? ¿Gemir y decirle que había cambiado de idea? No podía depender de nadie, ni siquiera de Carolyn.
Limítate a mantenerte ocupada con los delfines. Deja que la isla te calme y cure tus heridas.
Si esa presa revienta, quiero estar ahí para ayudarte.
Ninguna presa iba a reventar. Ella tenía el control, como siempre.
Y el viernes no estaba tan lejos.
Quince minutos después de que Kelby bajara del avión en Tobago, su teléfono comenzó a sonar.
– ¿Es demasiado pronto para el primer informe? -preguntó Wilson-. No quería que tuvieras que esperar.
– ¿Alguien te ha dicho que eres un tipo que rinde más de lo esperado?
Mientras montaba en el taxi le pagó al porteador de las maletas.
– A los muelles -le dijo al chofer y se reclinó en el asiento-. ¿Qué tienes para mí?
– No tanto como quisiera. Ya conoces los antecedentes profesionales de Lontana.
– Nada sobre el último año.
– Eso es porque se escondió hace unos dos años. Nadie sabía dónde estaba o qué hacía.
– ¿Algo así como una exploración?
– Su barco estuvo anclado en la bahía de Nassau hasta hace cosa de un año. Después llegó él y salió a navegar en el Último hogar de forma precipitada. No le dijo a nadie a dónde iba o cuándo regresaría.
– Muy interesante.
– Y tan pronto levó anclas, unos tipos duros comenzaron a buscarlo en Nassau, haciendo preguntas de una manera bien desagradable.
– Y en todo este tiempo, ¿dónde estaba Melis?
– En su isla, cuidando a sus delfines.
– ¿Ella sabía dónde estaba él?
– Si lo sabía, no lo comentaba.
– Háblame de Melis Nemid.
– Muchos espacios en blanco. Parece que conoció a Lontana cuando era una niña, con dieciséis años. Él estudiaba corrientes térmicas oceánicas junto a la costa de Santiago de Chile y ella se encontraba bajo la custodia de un tal Luis Delgado. Iba a la escuela y trabajaba para la fundación Salvar a los Delfines. Según Gary St. George, era una niña tranquila, callada, y toda su vida parecía dedicada a los estudios y a trabajar con los delfines. Obviamente era una chica muy lista. La mayor parte de su educación fue mediante Internet, educación en casa y entrenamiento laboral. Pero la aceptaron en la universidad a los dieciséis y con los años ha conseguido un título en biología marina.
– Muy inteligente.
– Y al parecer le gustan los delfines más que la gente. La mayor parte del tiempo está sola en esa isla. Por supuesto, la abandonó hace unos seis meses para viajar a Florida. Pero eso tuvo como objeto protestar contra la burocracia que obstaculizaba la salvación de delfines varados en bancos de arena.
– ¿Y qué ha sido del tal Luis Delgado?
– Cuando ella tenía dieciséis años, él se mudó a San Diego.
– ¿Y la abandonó?
– Ésa es una de las páginas en blanco. Solo sé que ésa fue la misma semana en que ella partió de Santiago con Lontana, y desde entonces ha permanecido a su lado. Ha estado presente en el Último hogar durante varias de sus exploraciones, pero en general parece que cada uno vive su propia vida.
– ¿Y qué me dices de esa isla donde vive ella?
– Lontana la compró con el dinero que ganó en el rescate de aquel galeón español. Si estás pensando en visitarla, yo en tu lugar no lo haría sin una invitación. El único acceso es una cala en la orilla sur de la isla, y está cerrada con una red electrificada para proteger a los delfines. La vegetación es tan tupida que no es posible aterrizar con un helicóptero.
– No iba a visitarla todavía. Voy a alquilar un barco y me quedaré aquí hasta que me des algo que pueda aprovechar. Creo que necesita cierto tiempo para sobreponerse a la muerte de Lontana.
– Entonces, ¿por qué estás ahí?
Kelby hizo caso omiso a la pregunta.
– ¿Qué pudiste averiguar del barco que vimos cuando buscábamos a Lontana?
– Todavía estoy trabajando en eso. Si es de alquiler, existe una posibilidad de que podamos averiguar algo. El Sirena es propiedad de una compañía británica de alquiler de barcos con sede en Atenas. En los registros hay muchos otros Sirena, pero todos tienen además un adjetivo. Por supuesto, puedo estar totalmente equivocado. – Hizo una pausa-. ¿Crees que alguien podría haberla seguido?
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