– ¿Qué archivos? -intervino Kelby.
– De la M a la Z. -El detective hizo una pausa-. ¿La doctora tenía su hoja clínica en la consulta, señorita Nemid?
– Por supuesto. Era un lugar seguro. El archivador siempre se cerraba con llave.
– Obviamente, no tanto. A juzgar por las llamadas de preocupación que hemos recibido, parece que la doctora Muían tenía pacientes en todos los niveles del gobierno. Si esas hojas clínicas se hacen públicas tendremos un problema terrible.
– ¿Terrible? -Su aturdimiento se esfumó en un estallido de ira-. Lamento que sus políticos tengan que avergonzarse. No me importa cuáles eran los expedientes robados. Carolyn ha desaparecido, maldita sea. Encuéntrela.
– Tranquila, Melis. -Kelby se adelantó un paso e hizo una seña con la cabeza a un Mercedes aparcado junto al hangar-. Tengo un coche esperando, detective. Lo seguiremos a comisaría.
Halley asintió con un gesto.
– Lo siento. No quería ser insensible. El problema es que este crimen nos plantea problemas a diferentes niveles. -Se volvió y echó a andar hacia un sedán marrón-. Les estaré esperando.
– Vamos -Kelby le señaló el Mercedes a Melis -. Terminemos con esto. -Cogió la llave de una caja magnética bajo el parachoques trasero y abrió las puertas del coche -. O puedo hacer que Halley espere hasta que usted se serene.
– No voy a serenarme. Al menos hasta que encontremos a Carolyn. -Melis se acomodó en el asiento del pasajero-. Yo esperaba… Es peor de lo que pensé. María… han matado a María.
– ¿La conocía bien? Ella asintió.
– Desde que soy paciente de Carolyn, ella trabaja en la consulta. Vino con nosotras en algunos de nuestros viajes. Carolyn pensaba que ella me hacía bien.
– ¿Por qué?
– Ella era… diferente. Era todo lo contrario que yo. Pero… a mí me gustaba. Siempre era… -Miró sin ver por la ventanilla mientras él ponía el motor en marcha-. Le cortaron la garganta. Dios mío, le cortaron la garganta. ¿Por qué?
– El cuchillo es silencioso y rápido.
Sí, él sabría mucho de esas cosas, pensó. Recordó haber leído en alguna parte que Kelby había estado en los SEAL, y ellos estaban habituados a matar silenciosa y rápidamente.
– Ella nunca hizo daño a nadie. Solo quería pasárselo bien y que cada minuto le resultara divertido.
– Entonces, seguro que era un obstáculo en el camino. -Kelby puso el coche en marcha-. Es así como los inocentes se convierten en víctimas.
– ¿En el camino de alguien que quería llegar hasta Carolyn?
– O conseguir las hojas clínicas. Halley parece pensar que no era usted la única que interesaba.
– ¿Y usted qué cree?
– A no ser que su amiga hiciera más de una llamada anoche a otras personas de su lista de pacientes, creo que usted es el blanco y los demás expedientes han sido robados para despistar.
– Y Halley nos hubiera dicho si había alguien que hubiera oído algo sobre Carolyn.
Kelby asintió.
– Pero si esos expedientes eran comprometedores, nadie habría contado nada. Me limito a decirle lo que percibo intuitivamente.
Y eso mismo era lo que ella sentía.
– Carolyn quería ir a la isla para verme allí. Yo sabía que estaba muy ocupada y le dije que esperara hasta el fin de semana. Por dios, si le hubiera dicho que fuera.
– Sí, claro. Pero, ¿cómo podía saber usted que iba a ocurrir todo esto? -Estiró el brazo y le tocó la mano que ella tenía sobre la rodilla-. Es fácil pensar a posteriori. No puede echarse la culpa por no predecir el futuro. Para usted, yo era la única amenaza en todo el escenario. Y no creo que me considere sospechoso de asesinato.
– En Atenas me siguieron desde mi hotel hasta los muelles. Y yo no quise pensar en nada que tuviera relación con Phil hasta que lograra hacerme a la idea. Pensé que la única persona amenazada era yo.
– ¿Tiene alguna idea…? -Kelby negó con la cabeza-. Lo siento. En este preciso instante usted no necesita que le hagan más preguntas. Cuando lleguemos a la estación, Halley se ocupará de eso.
– Nunca había visto a aquel individuo. -Ella no había retirado la mano de debajo de la del hombre y se dio cuenta. No le gustaba que la tocaran pero había aceptado el contacto físico con Kelby sin preguntarse nada-. Pero no podía estar segura de que aquel hombre tuviera algo que ver con Phil. Yo era una mujer sola y ahí fuera hay muchos depredadores sexuales.
– Y puedo darme cuenta de que usted sería una presa preferente.
Ella se tensó e intentó retirar la mano. Pero él la agarró con más fuerza.
– Maldita sea, no para mí. No ahora. Sería como patear a un cachorrito.
– Un cachorrito está indefenso. Yo nunca estaré indefensa.
– ¡Dios nos libre! Pero como estamos juntos en esto y no soy ahora una amenaza, no hay nada malo en que me permita estar a su lado en una situación difícil. -Los labios de Kelby se tensaron-. Y yo diría que esta situación es más que difícil.
– No lo necesito.
«Difícil» no era la palabra que describía el horror que se arremolinaba en torno a ella. Se sentía como sumida en una niebla gélida, asfixiante. Pero Kelby era fuerte, estaba lleno de vida, y le había prometido que no sería una amenaza.
No retiró la mano.
– ¿Café?
Melis levantó la vista y descubrió a Kelby de pie frente a ella con una taza de poliespuma en la mano.
– Gracias. -Ella aceptó la taza y tomó un sorbo del líquido humeante -. ¿Ya ha terminado?
– Me pareció largísimo. Halley es minucioso. Yo no tenía ninguna relación con su amiga, aparte de pedirle a Wilson que intentara verla. No tenía nada que contarle al detective.
– O quizá él no quería ofenderlo. Usted ha hecho grandes inversiones en el complejo Atlantis, ¿no es verdad?
– Sí, pero eso no impediría que Halley me tratara con la misma minuciosidad con la que la trató a usted. Es evidente que la doctora Muían es muy importante. -Se sentó al lado de ella-. Usted lleva casi seis horas en comisaría y esta sala de espera no es nada cómoda. ¿Y si me deja llevarla a un hotel? Me quedaré aquí y la llamaré si algo… -Ella negó con la cabeza-. Bueno, es lo que pensaba. -Tomó un sorbo de café -. Bien, al menos el café de la máquina es decente. He estado en algunas cárceles donde sabía a fango.
– ¿De veras?
– Parece sorprendida. Es verdad, Wilson ha impedido que la prensa eche mano a mi pintoresco pasado. Es una de las escasas cosas que ha podido escamotearle.
– ¿Por qué estuvo en la cárcel?
– Por nada demasiado terrible. Cuando salí de los SEAL andaba de correrías. No tenía nada que hacer y no sabía qué dirección tornar. Iba de país en país, tratando de decidirme.
– Y optó por la oceanografía.
– Yo diría que ella optó por mí. Desde que era niño me encantaba navegar, y resultó algo natural. -Tomó otro sorbo de café -. ¿Siempre ha sabido lo que quería hacer?
– Sí, desde que tenía doce años. Vi el océano, vi los delfines y supe que no querría separarme de ellos nunca. Ellos me trajeron la paz.
– ¿Y eso era importante para una niña de doce años?
– Para esta niña de doce años. -Echó un vistazo a Halley, al otro lado de la pared de cristales que separaba su oficina de la sala de espera. Hablaba por teléfono -. ¿Por qué tarda tanto? ¿Cree que sabe lo que está haciendo?
– Parece bastante eficiente. Y quiere encontrarla, Melis. Entonces, ¿por qué no lo hacía? Durante las horas que habían pasado allí no habían oído nada.
– Es imposible que no haya testigos que vieran cómo se llevaban de la consulta a María y a Carolyn.
– Estoy seguro de que aún no han entrevistado a todo el mundo. Todavía es posible que… Mierda. -Miraba directamente a Halley, que acababa de colgar el teléfono -. No me gusta su lenguaje corporal.
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