– Es posible. Consígueme nombres y descripciones tan pronto puedas.
– Mañana.
– Hoy.
– Eres un tipo difícil, Kelby. ¿Alguna otra cosa?
– Sí. Intenta localizar a Nicholas Lyons y haz que venga aquí.
– Mierda.
Kelby rió para sus adentros.
– No pasa nada, Wilson. Lo último que oí de él es que se había vuelto muy circunspecto y legal, con buenos motivos.
– Lo que no significa gran cosa. Supongo que tendré por delante la tarea de sacarlos nuevamente a los dos de la cárcel.
– Solo tuviste que hacerlo en una ocasión. Y esa prisión en Argel era muy segura, porque no pudimos salir nosotros solos.
– Creo que cuando estabas en los SEAL elegiste como amigo al peor elemento de todos.
– No, Wilson. Yo era el peor elemento de todos.
– Pues gracias a Dios que decidiste crecer y dejar de jugar a los comandos. Hacer que te mataran y dejarme con todo el papeleo para que pusiera orden hubiera sido algo propio de ti.
– No te haría semejante cosa.
– Sí, claro que lo harías. -Wilson suspiró -. ¿Tienes idea de dónde está Lyons?
– En San Petersburgo.
– ¿Puedes llamarlo?
– No. Cambia de número telefónico con frecuencia.
– Eso es lo que hacen todos los ciudadanos circunspectos y legales.
– Wilson, encuéntralo. Haz que me llame.
– Eso va en contra de mi sentido común. -Hizo una pausa-. Gary St. George me dijo otra cosa sobre Melis Nemid. Durante los dos primeros años que estuvo con Lontana visitó regularmente a la doctora Carolyn Muían, una loquera de Nassau.
– ¿Qué?
– Ella no lo mantuvo en secreto. Hablaba de sus visitas a la doctora Muían como de algo sin importancia. Hasta hacía bromas al respecto. Él cree que también había estado al cuidado de un psiquiatra en Santiago de Chile.
– Eso me sorprende. Yo la considero una de las personas más equilibradas con las que me he tropezado.
– ¿Quieres que intente ponerme en contacto con esa doctora a ver si puedo averiguar algo?
– Existe algo llamado confidencialidad en la relación médico-paciente.
– Un pequeño soborno en el sitio correcto puede superar esa barrera.
Kelby sabía eso mejor que Wilson. El dinero hablaba; el dinero podía convertir lo negro en blanco. Había convivido con esa verdad desde que era un niño. ¿Por qué estaba tan renuente a dejar las manos libres a Wilson respecto a la hoja clínica de Melis Nemid? Era algo repugnante. Probablemente ella había desnudado su alma ante aquella loquera y revolver sus secretos sería equivalente a quitarle la ropa a tirones.
Pero también era posible que le hubiera hablado de Marinth a aquella doctora.
– Mira a ver qué puedes descubrir.
Nassau
Dios, qué calor hacía ese día.
Carolyn Muían se pasó el pañuelo por la nuca antes de caminar hasta la ventana para echar un vistazo a la calle Parliament. El aire acondicionado del edificio se había estropeado de nuevo y ella anhelaba salir de la oficina y conducir hasta la playa para darse un chapuzón. Quizá saliera a navegar en el velero e iría a Isla Paraíso. No, esperaría hasta poder hacerlo con Melis. Con un poco de suerte sería capaz de convencerla de que se separara de los delfines la próxima semana.
Un paciente más y estaría libre.
Hubo un toque en la puerta y ésta se abrió.
– ¿Doctora Muían? Siento irrumpir así, pero parece que su secretaria ha tenido que salir.
La voz del hombre era vacilante, como sus maneras. Tenía unos cuarenta años, era bajito y pálido y vestía un elegante traje azul. Le recordó vagamente a un tópico personaje vacilante de algún programa clásico de la tele. Pero ella había aprendido que no existían personajes tópicos. Cada paciente era un individuo y merecía ser tratado como tal.
– ¿Ha salido? Qué impropio de María. Seguro que regresará enseguida. -La doctora sonrió -. Entre, por favor. Lo siento, no recuerdo cómo se llama.
– Archer, Hugh Archer. -El hombre entró y cerró la puerta-. Y no se disculpe. Estoy acostumbrado a ello. Sé que soy uno de esos hombres que se confunden con la multitud.
– Tonterías. Es que habitualmente tengo delante las notas de Maria. -Echó a andar hacia la puerta-. Recogeré los formularios para pacientes nuevos del escritorio de María y entonces podremos hablar.
– Estupendo. -El hombre no se movió de su sitio delante de la puerta-. Me cuesta trabajo decirle cuántas esperanzas tengo puestas en nuestra conversación.
El teléfono de Kelby sonó poco después de las tres de la madrugada. -He localizado a Lyons -dijo Wilson-. Va camino a Tobago. Creo que se alegró de salir de Rusia.
– ¿Por qué no? Las Antillas son más placenteras.
– Sí, y la policía no persigue el contrabando con tanto ahínco. -Eso es verdad.
– Y es posible que yo tenga que tomar un avión y viajar a Nassau.
– ¿Por qué?
– No puedo comunicarme con Carolyn Muían. Seguiré llamándola por teléfono pero quizá tenga que ir a buscarla personalmente.
– ¿Has llamado a su consulta?
– Sale una grabación. Tiene una secretaria, María Pérez, pero tampoco he podido hablar con ella. -Eso no es bueno.
– Es frecuente que no duerma en casa. Según su compañera de piso, María tiene tórridas y saludables relaciones con varios hombres en la ciudad.
– ¿Y Carolyn Muían?
– Está divorciada y tiene más de cincuenta años. Por el momento no tiene compañía. Cuando no está en la consulta, vive prácticamente en su barco.
– Avísame tan pronto entres en contacto con ella.
Kelby colgó y salió a cubierta. Hacía calor, había humedad y el mar se extendía ante él como una alfombra oscura y plácida. Demonios, no le gustaba el desarrollo de la situación con respecto a Carolyn Muían. Si él consideraba que la médico de Melis podía ser de utilidad, alguien más podría haber llegado a la misma conclusión.
Se sintió tentado a encender los motores y salir hacia la isla de Melis. Estaba cansado de girar los pulgares y esperar. Nunca había sido un hombre paciente y ahora que estaba tan cerca de Marinth la inquietud lo abrumaba.
Estaba actuando como un niño. Wilson podía buscar a Carolyn Muían. Y si no lograba establecer la relación adecuada con Melis Nemid podía echarlo todo a perder. No, haría lo más inteligente y aguardaría.
A las dos y treinta y cinco de la madrugada, el timbre del teléfono sacó a Melis de un profundo sueño.
– ¿Melis?
La voz era tan ronca que por un momento Melis no la reconoció.
– Melis, necesito que vengas aquí.
Carolyn.
Se sentó en la cama.
– ¿Carolyn, eres tú? ¿Qué pasa? Hablas como…
– Estoy bien, necesito que tú… -su voz se quebró -. Lo siento, por dios, lo siento. Cox. Yo no quería… No vengas. Mentiras. Te lo pido por dios, no vengas.
La conexión se cortó.
Melis buscó su agenda telefónica y un segundo después marcaba el número del teléfono móvil de Carolyn.
Sin respuesta.
La llamó a la consulta y a su casa. En los dos sitios le respondieron grabaciones. Permaneció allí sentada, inmóvil, tratando de aclararse la mente.
¿Qué demonios ocurría? Conocía a Carolyn desde que era una adolescente, había sido su médico y su amiga. Melis siempre la había considerado fuerte como una roca, pero esta noche no lo había sido. Su voz sonaba… como rota.
Sintió un ataque de pánico.
– Dios mío. -Bajó los pies al suelo y echó a correr por el pasillo hasta la habitación de invitados -. Cal. Despierta. Tengo que llamar a la policía y viajar a Nassau.
De prisa. Tenía que apurarse.
Melis saltó del taxi en la pequeña terminal y se apresuró a pagarle al taxista. Se dio la vuelta y echó a andar hacia la entrada principal.
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