– ¿Verdad que sí? -Holland pareció alentado. Sacó las manos de los bolsillos para airearlas un poco-. Pero siempre se tiene miedo a hacer preguntas -le extrañaron sus propias palabras-. También teme uno que le tomen por chiflado. O no del todo normal tal vez…, cuando quiere enterarse del proceso de la incineración y de cómo se lleva a cabo.
– La gente tiene derecho a saberlo -contestó el encargado con sencillez, dando unos pasos liberadores-. Lo que pasa es que nadie se atreve a preguntar. O no quieren saberlo. Pero entiendo muy bien que algunos quieran informarse. ¿Entramos y te explico un poco?
Holland asintió agradecido. Se sentía muy bien en compañía de ese hombre tan amable. Un hombre de la misma edad que él, delgado y con poco pelo. Anduvieron lentamente por los senderos; la gravilla crujía suavemente bajo sus pies y la brisa le rozaba la calva como una mano consoladora.
– En realidad es bastante sencillo -dijo el encargado-. Primero te diré que el muerto es colocado en el horno dentro del ataúd. Tenemos ataúdes especiales para la incineración. Todo es de madera, hasta los asideros. Te la digo para que no creas que sacamos al muerto y lo metemos en el horno sin ataúd. Aunque supongo que ya lo sabías, casi todos hemos visto películas americanas -sonrió.
Holland asintió y volvió a cerrar las manos.
– El horno es bastante grande. Aquí tenemos dos. Funcionan con electricidad y producen una poderosa llama. La temperatura sube a unos dos mil grados.
Sonrió al aire, como queriendo absorber un par de débiles rayos de sol.
– Todo lo que el muerto lleva dentro del ataúd acaba en el horno. Incluso objetos o joyas que en un principio no arden, y luego se mete todo en la urna. Los marcapasos, clavos y similares se quitan antes. En cuanto a los metales nobles habrás oído decir que acaban en otros lugares. Pero no debes pensar en ello -dijo con determinación-. No debes -se estaban acercando a la puerta del crematorio-. Los huesos y los dientes se muelen en un molino hasta convertirlos en un polvo fino, casi arenoso, grisáceo.
Cuando el hombre mencionó lo del molino, Eddie pensó en los dedos de Annie. Esos dedos finos y delgados con la pequeña sortija de plata… Dobló asustado sus propios dedos dentro de los bolsillos.
– Vamos siguiendo el proceso para ver en qué fase se encuentra. El horno tiene puertas de cristal. Al cabo de dos horas aproximadamente, todo queda convertido en un pequeño montón de ceniza menuda, mucho más pequeño de lo que la gente se imagina.
¿Seguir el proceso para ver en qué fase se encuentra? ¿A través de la puerta de cristal? ¿P odían ver lo que había dentro?… ¿Ver a Annie quemándose?
– Si quieres puedo enseñarte los hornos.
– ¡No, no!
Apretó los brazos contra el cuerpo e intentó desesperadamente mantenerlos quietos.
– Esta ceniza es muy limpia, casi lo más limpio que existe. Es como una arena fina. Antiguamente se utilizaba en medicina, ¿lo sabías? Se untaban con ella los eccemas, por ejemplo, con buenos resultados, y también se podía comer. Contiene sales y minerales. La colamos dentro de la urna. Te voy a enseñar una para que veas el aspecto que tiene. Puedes elegir la urna porque existen varios modelos, pero tenemos un modelo estándar que es el que elige la mayoría. Se cierra, se sella y luego se baja a la sepultura a través de un estrecho conducto. A esta ceremonia la llamamos la colocación de la urna.
Abrió la puerta a Holland, que entró primero en el oscuro edificio.
– No es más que una aceleración del proceso. Más limpio, de alguna manera. Todos volveremos a ser polvo, pero en los entierros normales es un proceso muy largo. Tarda unos veinte años. A veces treinta o cuarenta, según el tipo de suelo. Esta región es muy arenosa y arcillosa.
– Me gusta -dijo Holland en voz baja-. Eso de volver a ser polvo.
– ¿Verdad que sí? Algunos prefieren ser lanzados al viento. Desgraciadamente, en nuestro país está prohibido, tenemos reglas muy severas sobre eso. Según la ley, todo el mundo debe reposar en tierra bendecida.
– Tampoco eso es malo -dijo Holland, aclarando la garganta-, pero esas imágenes que surgen… cuando uno intenta imaginarse cómo es… Si estás en la tierra es que vas a pudrirte. Y eso no suena muy bien. Pero luego está lo de quemarse.
Pudrirse o quemarse, pens ó. ¿Qué puedo elegir para Annie?
Se detuvo un instante, sintiendo que las rodillas estaban a punto de traicionarle, pero siguió andando, animado por la paciencia del otro.
– Hay algo en eso de ser quemado que me hace pensar en… bueno, ya sabes…, en el infierno. Y cuando me imagino a la niña…
Se detuvo en seco y se fue sonrojando poco a poco. El otro permaneció quieto durante un rato, por fin le dio una palmadita en el hombro y dijo en voz baja:
– ¿Acaso vas a decidir por tu hija?
Holland agachó la cabeza.
– Es algo que debes tomar muy en serio. De alguna manera es una responsabilidad doble. No es fácil, en absoluto -añadió moviendo lentamente la cabeza-. Y hay que tomarse el tiempo necesario. Si eliges la incineración, tendrás que afirmar por escrito que ella jamás dijo ni una palabra en contra, pero si tiene menos de dieciocho años tú puedes decidir por ella.
– Tiene quince -contestó Holland.
El encargado cerró los ojos unos segundos. Luego siguió andando.
– Ven conmigo hasta la capilla -susurró-, te enseñaré una urna.
Iba guiando a Holland mientras bajaban por la escalera. Una mano invisible se había posado sobre ellos excluyendo al resto del mundo. Uno se inclinaba ligeramente sobre el otro, el encargado con el fin de transmitir su presencia, Holland para recibir el calor del hombre. Las rugosas paredes de la capilla estaban encaladas. Al pie de la escalera había una gran maceta de flores, y un Cristo afligido los miraba desde una cruz en la pared. Eddie recapacitó. Notó que las mejillas iban recobrando su color normal y se sentía seguro.
Las urnas estaban colocadas junto a la pared. El encargado bajó una y se la alcanzó a Holland.
– Toma, puedes tocarla. ¿Está bien, verdad?
Holland tocó la urna e intentó imaginarse que Annie reposaba en sus brazos en ese momento. Parecía metal, pero sabía que estaba hecha de un material degradable, y además la notaba caliente entre las manos.
– Ahora ya sabes cómo es, no te he ocultado nada.
Eddie Holland pasó los dedos por la urna dorada. Reposaba cómodamente en su mano, como si tuviera el peso adecuado.
– La urna es permeable, de modo que el aire de la tierra pueda entrar y acelerar el proceso, porque también esta urna desaparecerá. Hay algo misterioso y grandioso en lo de que todo desaparezca, ¿verdad? -el hombre sonrió solemnemente-. Y nosotros también, y esta casa, y la carretera asfaltada de fuera. Y sin embargo -prosiguió, apretando con firmeza el brazo de Eddie-, me gusta pensar que nos espera algo más. Algo diferente y emocionante. ¿Por qué no?
Holland lo miró asombrado.
– Y por fuera ponemos una etiqueta con su nombre -concluyó.
Holland asintió. Notó que seguía de pie. El tiempo seguiría transcurriendo, minuto a minuto. Sintió que había saboreado algo del dolor, que había caminado un minúsculo trecho del camino junto a Annie. Se había imaginado las llamas y el rugido del horno.
– Pondrá Annie -dijo emocionado-. Annie Sofie Holland.
Cuando Eddie Holland llegó a casa, encontró a su mujer inclinada sobre el fregadero de la cocina limpiando patatas. Seis patatas. Dos para cada uno. No ocho, como era habitual. Parecía tan poco… Su rostro seguía rígido, tal como se le había puesto en el momento en el que se inclinó sobre la camilla del Hospital Central y el médico levantó la sábana. Esa expresión permanecía en su cara, como una máscara que no podía mover.
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