Anne Perry -
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Una chispa de sincera admiración tocó la fibra de Rathbone, dándole un motivo de satisfacción al que aferrarse.
– Lo olvidaré de inmediato -prometió-. Hablemos de otras cosas. Estoy convencido de que han ocurrido cosas dignas de ser comentadas.
El día siguiente era sábado; no se celebraban juicios. Normalmente Rathbone habría dedicado al menos la mañana a revisar documentos para la semana siguiente. Finalmente resolvió enfrentarse al asunto que lo tenía preocupado desde hacía varios días. Por fin fue lo bastante sincero para admitir que pasarlo por alto constituía una escapatoria. Nunca hallaría el momento adecuado, las palabras apropiadas.
Se despidió de Margaret sin darle explicaciones. Eso no tenía nada de extraordinario; había establecido ex profeso la costumbre de no contar adónde iba porque a menudo sus asuntos eran confidenciales. Se limitó a decirle que regresaría antes de la hora de almorzar.
Hasta el domicilio de Arthur Ballinger sólo había un breve recorrido en coche de punto. Hubiese preferido mantener aquella conversación en un bufete donde no estuvieran expuestos a las interrupciones de la servidumbre y así ahorrarse de paso que la madre de Margaret se enterase de su visita. Pero tenía la impresión de que no cabía posponerla, a riesgo de que las obligaciones profesionales la retrasaran aún más.
Lo recibió la criada y esperó, sólo por un instante, poder escapar sin tener que dar explicaciones a su suegra. Pero ésta sin duda había oído la puerta porque bajó la escalera sonriendo contenta, y le dio una calurosa bienvenida.
– Qué placer verte, Oliver. Se te ve muy bien. Espero que lo estés.
Quería decir «muy formal», porque iba vestido de trabajo. Confió en que Arthur Ballinger percibiera la gravedad de lo que iba a preguntarle. Ni la amistad ni los vínculos matrimoniales alteraban los principios morales que profesaba.
– De salud estoy muy bien, muchas gracias -contestó Rathbone-. Igual que Margaret. Seguro que me habría dado recuerdos si hubiese sabido que venía aquí; no obstante, me trae un asunto confidencial. Es al señor Ballinger a quien necesito ver. Creo que puede aconsejarme en una cuestión de cierta importancia. ¿Se encuentra en casa?
Sabía que Ballinger tenía la costumbre, lo mismo que él, de preparar el sábado por la mañana los asuntos de la semana siguiente. Entre otras cosas, le permitía eludir las exigencias domésticas o sociales que su esposa pudiera requerirle.
– Pues sí, claro que está en casa -contestó ella, un tanto alicaída. Había abrigado la esperanza de que se tratase de una visita personal que la ayudara a combatir el tedio de la mañana-. ¿Te está esperando?
– No. Me temo que acabo de decidir consultarle. Mis disculpas por las molestias.
– No es ninguna molestia -dijo la señora Ballinger restándole importancia con un ademán-. Siempre eres bienvenido.
Y con un frufrú de sus abundantes faldas lo condujo a través del vestíbulo hasta la puerta del estudio. Llamó con los nudillos. Al oír la voz de Ballinger, abrió la puerta y anunció la presencia de Rathbone.
Ballinger no tuvo más remedio que invitar a Rathbone a pasar, como si estuviera encantado de verlo. Sin embargo, no bien volvió a cerrarse la puerta, la tensión se palpaba en el aire a pesar del fingimiento. Ambos permanecieron de pie.
Ballinger titubeó un momento, a todas luces decidiendo cuán franco debía mostrarse, y concluyó que lo menos posible.
– Me cuesta imaginar para qué necesitas mi consejo pero, por descontado, si puedo ayudarte, estaré encantado de hacerlo. Ponte cómodo, por favor. -Le indicó una butaca enfrentada a la suya-. ¿Te apetece una taza de té? ¿O prefieres algo frío?
Rathbone no tenía tiempo para sutilezas, y sabía que aceptar significaría por lo menos dos interrupciones, una para pedir el té y una segunda para que se lo sirvieran.
– No gracias -declinó-. No quisiera molestarlo más tiempo del necesario.
Se sentó, ante todo para dejar clara su intención de quedarse hasta concluir el asunto que le había traído.
Ballinger se sentó a su vez. No hacerlo hubiese sido una sugerencia implícita de que instaba a Rathbone a marcharse cuanto antes.
Rathbone abordó la cuestión de inmediato. Demorarla no iba a hacerlo más fácil.
– El caso Phillips me sigue preocupando -reconoció. Vio que el rostro de Ballinger se crispaba, aunque tan levemente que pudo ser un efecto de la luz, salvo que no se había movido-. Poner en cuestión los motivos de la policía fue justo, en principio. De hecho, es una táctica que uno debe tomar en consideración en cualquier caso.
– Llevaste el caso de una forma brillante -dijo Ballinger asintiendo-. Y no hay nada siquiera remotamente cuestionable al respecto. No entiendo qué es lo que te tiene preocupado ahora.
No bien lo hubo dicho su rostro traslució que sabía que había cometido un error. Había abierto una brecha para Rathbone que de lo contrario éste hubiese tenido que crear.
Rathbone esbozó una sonrisa.
– Naturalmente, puse mucho cuidado en no preguntar abiertamente a Phillips si era culpable. Me comporté como si no lo fuera, tal como era mi obligación, pero resulta que cada vez estoy más convencido de que en efecto mató a ese niño… -Vio que Ballinger torcía el gesto pero hizo caso omiso-. Y probablemente a otros también. Me consta que la Policía Fluvial lo sigue investigando, con la esperanza de hallar una nueva causa, y no me cabe duda de que serán mucho más cuidadosos esta segunda vez. -Ballinger cambió ligeramente de postura en el sillón-. Si en efecto presentan nuevos cargos -prosiguió Rathbone-, ¿su cliente querrá que usted se ocupe de ello otra vez?
»O, hablando a las claras, ¿está ya satisfecha esa deuda de honor, o se prolongará en la defensa indefinida de Phillips, sean cuales sean las acusaciones?
Ballinger se sonrojó, y Rathbone se sintió culpable por haberlo puesto en semejante situación. Iba a hacer imposible la amistad entre ambos. Ya había cruzado un límite que no podía ser olvidado. Aquel hombre era el padre de su esposa; el precio era elevado. Pero si amoldaba su moralidad para evitar un inconveniente personal, ¿cuánto valía su moralidad? Reducirla a una cuestión de conveniencia no sólo dañaría el respeto que sentía por Ballinger, sino que también contaminaría cualquier otra relación, quizá sobre todo con Margaret.
– Si no puede contestar por él, lo cual sería perfectamente comprensible, incluso correcto-prosiguió Rathbone-, ¿quizá podría hablar con él personalmente? -Era lo que había querido desde el principio. El anonimato del hombre que pagó la defensa de Phillips siempre lo había inquietado. Ahora que cobraba forma una imagen mucho más turbia del negocio de Phillips, todavía lo inquietaba más-. ¿Quién es?
– Me temo que no puedo decírtelo -contestó Ballinger. Lo dijo sin titubeos, sin un ápice de incertidumbre-. Es un asunto de la más estricta confidencialidad y el honor me lo impide. Desde luego, le transmitiré tu inquietud. No obstante, lo encuentro un tanto prematuro. La Policía Fluvial todavía no ha detenido a Phillips ni presentado cargo alguno. Es normal que estén consternados por el fracaso de su caso y la consiguiente insinuación de que el difunto comandante Durban fuera de una competencia cuestionable, incluso que su conducta no siempre fuese la apropiada para su cargo. -Hizo un gesto con las manos como si lo lamentara-. Es una verdadera desgracia para su reputación que su nuevo jefe, Monk, parezca estar cortado por el mismo patrón. Pero no podemos alterar la ley para acomodarla a las debilidades de quienes la administran.
»Estoy convencido de que serías el primero en estar de acuerdo. -Hizo amago de sonreír; fue un mero gesto de los labios que no se transmitió a sus ojos-. Tus palabras en defensa de la ley todavía resuenan en mi mente. Tiene que ser igual para todos pues de lo contrario no lo es para nadie. Si establecemos recompensas o castigos en función de nuestras preferencias, lealtades o incluso por causa de la indignación, la justicia se ve mermada de inmediato. -Negó con la cabeza, dirigiéndole una mirada directa, franca-. Llegará un momento en que nosotros mismos seamos malinterpretados u objeto de desagrado, o extraños, diferentes de nuestros jueces por raza, clase o religión, y si su sentido de la justicia depende de sus pasiones más que de su moralidad, ¿quién hablará por nosotros entonces, o defenderá nuestro derecho a la verdad? -Se inclinó hacia delante-. Eso fue más o menos lo que me dijiste, Oliver, en esta misma habitación, cuando hablamos del tema por primera vez. Nunca he admirado tanto el sentido del honor de un hombre como lo hice con el tuyo, y sigo haciéndolo.
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