Annika tuvo la extraña sensación de estar inmersa en un viejo thriller de espías, y sintió un fuerte impulso de salir pitando. ¿Qué estaba haciendo ella allí?
– Me alegra que hayamos podido reunirnos tan pronto -dijo Rebecka, mientras se sentaba a una mesa, mirando cuidadosamente por encima del hombro a los hombres que se encontraban en la zona opuesta.
Annika farfulló algo inaudible.
– ¿Saldrá algo en el periódico de mañana? -preguntó la mujer con una sonrisa esperanzada.
Annika negó con la cabeza. Sintió un leve mareo, quizá debido a lo cargada que estaba la atmósfera.
– No, claro que no. Ni siquiera puedo asegurar que vaya a salir publicado. Es el editor quien toma las decisiones sobre lo que se va a publicar.
Después de decir algo tan falso y ambiguo, bajó la mirada hacia la mesa.
La mujer se alisó su falda clara y se echó el pelo hacia atrás.
– ¿De qué temas suele ocuparse? -preguntó con ahogada voz de soprano, intentando captar la mirada de Annika.
Annika carraspeó.
– En este preciso momento trabajo compilando y reescribiendo los textos -dijo con total sinceridad.
– ¿Qué tipo de textos?
Annika se masajeó la frente.
– De todas clases. Anoche se trató del huracán, y un poco antes, la semana pasada, me tocó el caso de un chico minusválido del que las autoridades locales no querían hacerse responsables…
– ¡Oh, qué interesante! -dijo Rebecka Björkstig al tiempo que cruzaba las piernas-. Entonces nuestro trabajo encaja perfectamente en su área. Nosotros trabajamos con las autoridades locales. ¿Puede traerme una taza de café?
Un camarero con un delantal manchado había aparecido junto a ellas. Annika afirmó cortésmente con la cabeza cuando se le preguntó si también deseaba uno. Sentía náuseas, quería irse a casa, marcharse de allí. Rebecka se reclinó contra el curvo respaldo de la silla. Sus ojos eran claros y redondos, suaves e inexpresivos.
– Somos una organización sin ánimo de lucro, pero tenemos que cobrar por nuestros servicios. A menudo los centros de Servicios Sociales de las distintas poblaciones del país se hacen cargo de nuestros gastos. Pero no ganamos ni un céntimo por lo que hacemos.
La voz seguía siendo suave, pero las palabras resultaban impactantes.
Es una buscadora de oro, pensó Annika mientras la observaba con atención. Hace esto para ganar dinero a costa de mujeres y niños en atroces circunstancias.
La mujer sonrió.
– Sé en lo que está pensando, pero le aseguro que se equivoca.
Annika bajó la mirada y jugueteó con un palillo.
– ¿Por qué ha llamado a nuestro periódico y por qué precisamente esta noche?
Rebecka suspiró ligeramente y se secó la yema de los dedos con un pañuelo que tenía en el bolso.
– Si le soy sincera, sólo había pensado en llamar y hacer algunas indagaciones -respondió-. Leí las noticias sobre los estragos del huracán en su periódico, y vi el número de la redacción. Llevamos tiempo hablando de hacer público nuestro trabajo, y actué de manera impulsiva, por así decir.
Annika tragó saliva.
– Nunca he oído hablar de su organización -dijo.
La mujer volvió a sonreír, una sonrisa fugaz como una corriente de aire en una habitación.
– Antes no teníamos recursos suficientes como para recibir la avalancha de casos que sabemos que van a llegar una vez que hagamos pública nuestra actividad. Pero ahora sí contamos con ellos. Hoy tenemos los medios y los recursos suficientes para ampliar nuestro campo de acción, y nos sentimos apremiados a hacerlo. Son muchos quienes necesitan nuestra ayuda.
Annika sacó el cuaderno y el bolígrafo de la cartera.
– Cuénteme de qué se trata.
Rebecka lanzó otra mirada a su alrededor y se secó la comisura de los labios.
– Aceptamos aquellos casos en los que las autoridades ya se han declarado incompetentes -afirmó un poco entrecortadamente-. Nuestro único propósito es ayudar a la gente que está realmente en peligro a empezar otra vez. Durante los últimos tres años nos hemos concentrado en conseguir que nuestro sistema funcione. Ahora estamos seguros de haberlo logrado.
Annika esperó un minuto en silencio.
– ¿Y cómo es eso?
El camarero llegó con el café. Era gris y amargo. Rebecka puso uno de sus pañuelos de papel entre la taza y el plato, y removió la bebida con una cuchara.
– Nuestra sociedad está tan informatizada que nadie puede esconderse -dijo en voz baja una vez que el camarero se hubo marchado-. Vayan donde vayan estas personas, tienen que afrontar el hecho de que siempre habrá alguien que descubra su nueva dirección, su nuevo número de teléfono, el número de su nueva cuenta bancaria o que han alquilado un nuevo piso. Incluso aunque todos esos datos sean confidenciales, siempre pueden aparecer en los historiales médicos, en los centros de Servicios Sociales, en los archivos de los juzgados, en las delegaciones de Hacienda, en los directorios de accionistas, en suma, en todas partes.
– ¿Y eso no puede arreglarse de alguna manera? -preguntó Annika con tacto-. ¿No existe forma de borrar las direcciones de todas las listas y los directorios, conseguir nuevos números personales de identidad y todo eso?
La mujer dejó escapar otro breve suspiro.
– Sí, claro, hay diversas formas. El problema es que no funcionan. Nuestro grupo ha diseñado un modo de borrar completamente a una persona de todos los archivos. ¿Sabías que hay más de sesenta registros informáticos en los que prácticamente figuran los datos de todos los habitantes de Suecia?
Annika respondió negativamente e hizo una mueca: el café estaba realmente asqueroso.
– La primera mitad del año me dediqué exclusivamente a hacer un esquema con todos los directorios. Elaboré planes y métodos de trabajo para acceder a ellos. Había muchas preguntas, pero las respuestas a veces tardaban en llegar. Este método que hemos diseñado es verdaderamente excepcional.
Esa última frase le retumbó en la cabeza. Annika tomó un sorbo de aquel fango grisáceo y derramó unas gotas cuando dejó la taza en la mesa.
– ¿Por qué se ha metido en esto? -preguntó.
El silencio que siguió se hizo opresivo.
– Yo misma me he visto amenazada -contestó la mujer.
– ¿Por qué? -preguntó Annika.
Rebecka se aclaró la voz, dudó, se secó las palmas de las manos con el pañuelo.
– Lo siento, pero realmente no quiero hablar de ello. El miedo es una sensación paralizante. He trabajado muy duro para construirme una nueva vida y hacer un buen uso de mi experiencia.
Annika observó a Rebecka Björkstig, tan fría y tan suave a la vez.
– Hábleme de la organización.
Rebecka bebió un sorbo de café.
– Nuestra fundación opera como una asociación sin ánimo de lucro, y decidimos llamarla Paraíso. Lo que hacemos, en realidad, no es tan extraordinario: sencillamente, devolvemos a nuestros clientes una vida normal. Para quien ha sido perseguido y sabe lo que significa vivir bajo el terror y el miedo constantes, esta nueva existencia que le proponemos representa realmente un paraíso.
Annika bajó la vista a su cuaderno, avergonzada al comprobar que sólo había escrito algunos tópicos banales.
– ¿Y cómo lo llevan a cabo?
Rebecka sonrió ligeramente, con seguridad en sí misma.
– El Jardín del Edén era un refugio. Estaba rodeado de muros invisibles donde el mal no podía entrar. Así, de la misma manera, funcionamos nosotros. El cliente llega a nosotros, pasa por nuestro sistema y desaparece detrás de un muro impenetrable. Simplemente, se desvanece. Cuando alguien intenta rastrear a alguno de nuestros clientes, lo cual ocurre a menudo, sólo se encuentra con un muro enorme y mudo: nosotros.
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