Volvió a su sitio y miró los boletines de la agencia de noticias. Ninguna noticia de última hora. Utilizando el sistema rápido de marcación, llamó a la «morgue» del tercer piso; ellos tenían una carpeta con todas las fundaciones, proporcionada por la Agencia Tributaria de Suecia, bajo la carátula «Obligación Tributaria». La pidió, pero para cuando el conserje bajó a buscar el material y llegó con él arrastrando los pies, ella se dio cuenta de que ya no se sentía con fuerzas para leerlo. Dio un pequeño paseo por el lugar y se restregó los ojos, cansada, aletargada, apática. Volvió nuevamente a sentarse en su sitio y deseó que hubiera terminado el turno, así no tendría que estar ahí. En su interior sabía las horas que le faltaban para volver a salir y escapar así de su apartamento. A pesar de que sabía que terminaría contando las horas hasta que tuviera que volver al trabajo para no tener que estar en casa. Sintió una leve opresión en el pecho, y la invadió una sensación de inutilidad.
– ¡Sjölander! -gritó-. ¿Quieres que escriba algo? ¿Algún recuadro sobre la historia de la mafia serbia?
Él estaba al teléfono, pero aprobó la propuesta mostrando el pulgar hacia arriba.
Annika cerró los ojos, tosió, volvió nuevamente a la silla de Jansson y entró en la base de datos. Tecleó «mafia» y «yugoslava».
Según los extractos de prensa, durante décadas diversos grupos criminales yugoslavos se habían establecido en muchas regiones de Suecia, tanto en las zonas rurales como en las ciudades. Sus actividades principales eran el contrabando y la venta de drogas, a menudo utilizando restaurantes como tapadera, pero en los últimos tiempos sus operaciones habían cambiado. Después de que el gobierno sueco aumentara drásticamente los impuestos sobre el tabaco, muchos traficantes dejaron las drogas y se pasaron a los cigarrillos. Un cartón de cigarrillos se podía comprar por entre treinta y cincuenta coronas en Europa oriental, donde las marcas como Prince y Blend tenían licencia de fabricación. Luego los introducían en Suecia directamente, o bien vía Estonia.
Annika se quedó pensativa un instante, leyendo entre líneas; luego salió a donde estaba Sjölander. Él había terminado su conversación telefónica y estaba sentado, aporreando el teclado con sus dedos índices.
– ¿Vamos a afirmar que hay una relación entre los asesinatos y la mafia serbia? -preguntó ella.
Sjölander suspiró ruidosamente.
– Bueno -respondió-, es cuestión de semántica. Se trata de un asunto de mafiosos, de algún tipo de enfrentamiento entre la mafia.
– Quizá sería mejor no decantarnos por ningún país en particular, de momento -dijo Annika-. Hay un montón de grupos criminales que llevan años haciendo negocios aquí. ¿Qué tal una pequeña revisión de los diferentes grupos y sus objetivos criminales favoritos?
Sjölander dobló sus índices.
– De acuerdo.
Annika volvió a su escritorio y llamó a su fuente. Respondió a la primera señal.
– Trabajando hasta tarde -señaló Annika.
– ¿Ya te han dejado salir del congelador? -preguntó el detective.
– No -respondió Annika-. Sigo comiendo mierda. ¿Tienes tiempo como para unas preguntas rápidas?
El hombre gruñó.
– Tengo a dos chicos a los que les han volado los sesos -respondió.
– ¡Caray! -dijo Annika-, eso debe de doler. ¿Estás seguro de que son yugoslavos?
– Vete al infierno -contestó Q.
– Vale. Unas preguntas generales sobre diferentes bandas extranjeras. Dime, ¿a qué se dedican los… sudamericanos?
– No puedo perder el tiempo con eso.
Annika adoptó un tono lastimero.
– Anda… dame alguna migaja -trató de camelarle.
El detective se rió.
– Cocaína -dijo-. De Colombia. El volumen aumentó más de un cien por cien el año pasado.
– ¿Y los países bálticos? -preguntó Annika mientras anotaba febrilmente.
– Cigarrillos, en cierta medida. Muchos coches robados. Creemos que Suecia lleva camino de convertirse en un país de tránsito para el comercio de vehículos sustraídos. Los coches robados en Italia y España se transportan a través de Europa directamente hasta Suecia y luego llegan por barco a los países bálticos y Rusia.
– Vale, ¿algún otro grupo? Tú estás más familiarizado con ellos.
– Los turcos trabajan con heroína, pero en los últimos años sus operaciones han pasado a manos de los albaneses de Kosovo. Los rusos blanquean dinero, hasta ahora han invertido en este país más de quinientos millones en propiedades. Los yugoslavos son los mayores traficantes de tabaco y alcohol. Algunos tienen clubes de juego clandestinos y también prestan servicios de protección. A menudo utilizan restaurantes de tapadera. ¿Satisfecha?
– Continúa -dijo Annika.
– Las pandillas de moteros se ocupan más de la protección y los asuntos de fuerza. Son suecos o escandinavos. La industria del porno también la manejan suecos, pero eso, ya sabes…
– ¡Ja, ja, ja! -respondió Annika secamente.
– Los delitos financieros son prácticamente territorio de los suecos. Con frecuencia trabajan juntos en diferentes áreas: saqueo de empresas, fraudes fiscales, cosas así. Muchos de estos tipos utilizan la fuerza. También tenemos algunas bandas de gambianos que mueven heroína.
– Vale -dijo Annika-. Eso dará para una columna.
– Siempre es un placer echar una mano -replicó Q. cortante, y colgó.
Annika sonrió. Era un amor.
– ¿Qué haces? -preguntó Jansson con un vaso de plástico en la mano.
– Trabajar -contestó Annika. Terminó el artículo, le añadió su toque personal y envió el texto al servidor.
– Voy a dar una vuelta -dijo, pero Jansson no reaccionó. Una vez más, notó que la invadía la sensación de que todo era inútil.
La mujer tosió de forma seca, hueca. La cabeza le explotaba de dolor, le palpitaba la herida que tenía en la frente. Temblaba ligeramente, por lo que dedujo que le estaba subiendo la temperatura y supuso que tendría alguna infección en las vías respiratorias o en los pulmones. Había tomado la primera dosis de antibióticos de amplio espectro alrededor de la hora del almuerzo. Las luminosas cifras en rojo de la radio despertador indicaban que ya era hora de tomar la siguiente dosis.
Tiritando, se levantó como pudo de la cama, cogió el botiquín y hurgó entre todo el contenido. Encontró los antibióticos bajo las vendas y cogió también unos analgésicos para bajar la fiebre. Las pastillas llevaban tiempo, eran restos de sus días en Sarajevo y habían caducado hacía años. Nada podía hacerse al respecto, pero no tenía elección.
Volvió a la cama, lo mejor sería intentar dormir un poco.
Pero el sueño la eludía. Su fracaso la atormentaba. Las escenas le venían a la mente una y otra vez, su imaginación proyectaba imágenes, gente muriendo, le estaba subiendo la temperatura. Finalmente, ahí se hallaba el muchacho, con las manos extendidas, implorando, siempre a cámara lenta, corriendo, gritando, con la muerte en la mirada.
Angustiada y tosiendo, se levantó y bebió medio litro de agua. Tenía que librarse de aquello antes de que la encontraran. No tenía tiempo para estar enferma.
Trató de pensar con claridad. Comparado con lo que podría haberle pasado, un resfriado no era nada. El mar cerrándose encima de su cabeza, frío y cruel, oscuro y doloroso. Ella había reprimido las oleadas de pánico que amenazaban con hundirla, y se había obligado a mover el cuerpo, nadando bajo la superficie tan lejos del muelle como le fuera posible, subiendo para tomar aire, y volviendo a sumergirse. Las olas la habían arrojado los últimos metros hacia el muelle, al otro lado del puerto, y se había golpeado el hombro contra el hormigón al volverse y verlo allí parado, mirando la superficie del agua, una silueta negra que se destacaba contra los almacenes con aquella luz dorada.
Читать дальше