Ni el gobierno ni el Yard habían querido que esto ocurriera. Por tanto, habían enviado al único hombre que podía aceptar la palabra de un caballero y barrer todas las conexiones con lord Stinhurst debajo de la alfombra. Esto, para Lynley, constituía una ofensa imperdonable. No podía perdonar a Webberly. No podía perdonarse por haber cumplido estúpidamente todas sus expectativas.
Carecía de importancia que lord Stinhurst fuera inocente del asesinato de Joy Sinclair. Porque el Yard no lo sabía, ni siquiera se había preocupado por esa posibilidad, sólo deseaba que la información clave sobre el pasado de ese hombre no saliera a la luz. De haber sido Stinhurst el asesino, de haber escapado a la justicia, Lynley sabía que el Yard no padecería el menor remordimiento, siempre que el secreto de Geoffrey Rintoul continuara a salvo.
Se sentía sucio, repulsivo. Buscó en el bolsillo su placa policial y la tiró sobre el escritorio de Webberly.
Los ojos del superintendente bajaron hacia la placa y volvieron hacia Lynley. El humo del cigarro le hizo bizquear.
– ¿Qué sucede?
– Presento mi renuncia.
El rostro de Webberly se petrificó.
– Fingiré que no le he entendido, inspector.
– No es necesario. Ya tienen todo cuanto deseaban. Stinhurst está a salvo. Toda la historia está a salvo.
Webberly se sacó el puro de la boca y lo aplastó entre las demás colillas del cenicero, salpicándolo de ceniza.
– No haga esto, muchacho. No hace falta.
– No me gusta que me utilicen. Es una manía privada -Lynley se dirigió hacia la puerta-. Recogeré mis cosas…
Webberly descargó un manotazo sobre el escritorio y los papeles volaron por los aires. Un sujeta lápices cayó al suelo.
– ¿Y cree que a mí me gusta que me utilicen, inspector? ¿Qué se ha creído? ¿Qué papel me ha asignado?
– Usted sabía lo de Stinhurst, lo de su hermano, lo de su padre. Por eso me envió a Escocia.
– Sabía sólo lo que me dijeron. La orden de enviarle al norte vino del comisionado, a través de Hillier. No de mí. Me desagradó tanto como a usted, pero no tenía otra elección.
– Vaya -replicó Lynley-. Bien, al menos puedo estar agradecido de tener varias elecciones. Ahora estoy ejerciendo una.
El rostro de Webberly enrojeció de ira, pero mantuvo la voz serena.
– No piensa con sensatez, muchacho. Tenga en cuenta algunas cosas antes de que la justa indignación le arrastre hacia el suicidio profesional. Yo no sabía nada sobre Stinhurst. Todavía no sé nada, de modo que si me cuenta algo estaré encantado de escucharle. Sólo puedo decirle que cuando Hillier vino a verme con la orden de que precisamente usted se ocupara del caso, todo ello me olió a chamusquina.
– Pero usted me asignó el caso.
– ¡No sea idiota, hombre! ¡Yo no tenía ni voz ni voto en el tema! Recuerde que también asigné a Havers. Usted no la quería, ¿verdad? ¿Por qué cree que insistí en su participación en el caso? Porque sabía que Havers sería la única que se pegaría a Stinhurst como una garrapata a un perro, si era necesario. Y fue necesario, ¿no? ¡Maldita sea, contésteme! ¿Fue necesario?
– Sí.
Webberly descargó un puñetazo sobre su palma abierta.
– ¡Pandilla de bastardos! Sabía que intentarían protegerle, pero no sabía de qué. -Lanzó a Lynley una sombría mirada-. Pero usted no me cree, claro.
– Tiene razón. No le creo. Usted no carece de autoridad hasta ese extremo, señor. Nunca ha carecido.
– Se equivoca, muchacho. Carezco en lo referente a mi trabajo. Hago lo que me dicen. Es fácil ser un hombre de inflexible rectitud cuando se tiene la libertad de huir de aquí cada vez que olfateas algo desagradable. Pero yo no poseo ese tipo de libertad, ni fortuna particular ni propiedades en el campo. Este trabajo no es un pasatiempo. Es mi pan y mi sal. Y cuando me dan una orden, la obedezco. Por desagradable que le parezca a usted.
– ¿Y si Stinhurst hubiera sido el asesino? ¿Y si yo hubiera cerrado el caso sin hacer ninguna detención?
– Pero no lo ha hecho, ¿verdad? Confié en que Havers se lo impediría. Y confié en usted. Sabía que, a su debido momento, su intuición le guiaría hacia el asesino.
– Pero no fue así-dijo Lynley. Las palabras le exigieron tragarse su orgullo, y se preguntó por qué le importaba tanto su atolondrado comportamiento.
Webberly observó su rostro. Habló con voz amable y comprensiva.
– Por eso ha tirado la placa, ¿verdad? No por mi culpa, ni por culpa de Stinhurst, ni porque algunos peces gordos le considerasen el hombre apropiado para conseguir lo que se proponían. La ha tirado porque cometió un error. Esta vez perdió la objetividad, ¿no? Persiguió al hombre que no debía. Fantástico. Bienvenido al club, inspector. Ya no es perfecto.
Webberly tomó la placa y jugueteó con ella un momento antes de devolvérsela a Lynley, metiéndola sin más formalidades en el bolsillo de su abrigo.
– Lamento que se viera mezclado en esta lamentable situación -dijo-, pero no puedo prometerle que no se repetirá. Pero si ocurre, estoy seguro de que no necesitará a la sargento Havers para recordarle que es usted más policía que aristócrata. -Volvió a su escritorio y examinó el desorden-. Está de permiso, Lynley. Así que aprovéchelo. No se presente hasta el martes. -Luego levantó la vista y dijo con voz serena-. Aprender a perdonarse a uno mismo forma parte del trabajo, muchacho. Es la única parte quenunca ha logrado dominar.
Oyó el grito apagado cuando subía por la rampa del aparcamiento subterráneo y enderezaba hacia Broadway. Estaba oscureciendo a marchas forzadas. Frenó, miró en dirección a la estación de St. James's Park y vio a Jeremy Vinney entre los peatones, galopando por la acera con los faldones del abrigo aleteando alrededor de sus rodillas como las alas de un pájaro desmañado. Mientras corría, agitaba un cuaderno de espirales. Páginas cubiertas de escritura revoloteaban al viento. Lynley bajó la ventanilla cuando Vinney llegó al coche.
– He escrito la historia de Geoffrey Rintoul -jadeó el periodista, esbozando una sonrisa-. ¡Jesús, qué suerte encontrarle! Necesito que usted haga el papel de informador extraoficial, sólo para corroborarla. Eso es todo.
Lynley vio que empezaba a nevar. Reconoció a un grupo de secretarias que, terminada la jornada, recorrían a buen paso la distancia que separaba el Yard del tren. Sus carcajadas resonaron en el aire.
– No hay historia -dijo.
La expresión de Vinney se transformó. El momento de camaradería se había eclipsado.
– ¡Pero usted ha hablado con Stinhurst! ¡No me diga que no le ha confirmado detalle por detalle el pasado de su hermano! ¿Cómo podría negarlo, con Willingate en las fotos de la encuesta y la obra de Joy que aludía a todo lo demás? ¡No me dirá que consiguió convencerles!
– No hay historia, señor Vinney. Lo siento. -Lynley empezó a subir la ventanilla, pero se detuvo cuando Vinney cerró los dedos sobre el cristal.
– ¡Ella lo deseaba! -suplicó-. Joy deseaba que yo siguiera el rastro de la historia, usted lo sabe. Sabe que por eso fui allí. Deseaba que saliera a la luz toda la historia de los Rintoul.
El caso estaba cerrado. El asesino había sido descubierto, pero Vinney persistía en su indagación inicial. No tenía la menor posibilidad de lograr un triunfo periodístico, porque el gobierno daría al traste con su historia en un abrir y cerrar de ojos. Su lealtad sobrepasaba los límites de la amistad. Lynley se preguntó de nuevo el motivo, qué deuda de honor existía entre Joy Sinclair y Vinney.
– ¡Jer! ¡Jerry! ¡Por el amor de Dios, date prisa! Paulie está esperando y ya sabes que se pondrá muy nervioso si volvemos a llegar tarde.
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