Dueñas, María - El tiempo entre costuras

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Nunca, en fin, logró saberse del todo qué hizo con exactitud en Washington; lo único cierto es que su estancia se alargó hasta el final de la guerra mundial. En su camino de ida hizo escala en Lisboa y por fin se reunió con Rosalinda. Llevaban dos años y medio sin verse. Pasaron una semana juntos a lo largo de la cual intentó convencerla de que marcharan con él a América. No lo consiguió, nunca supe por qué. Ella justificó su decisión escudándose en el hecho de que no estaban casados, algo que, en su opinión, acabaría enturbiando el prestigio social de Juan Luis entre la élite diplomática norteamericana. No la creí e imagino que él tampoco: si había sido capaz de ponerse el mundo por montera en la pacata España surgida de la victoria, por qué no habría de hacerlo también al otro lado del Atlántico. A pesar de todo, nunca aclaró ella las verdaderas razones de aquella inesperada decisión suya.

A partir de su regreso a España en 1945, Beigbeder fue un miembro activo en el grupo de generales que pasaron años maquinando sin fruto para derrocar a Franco: Aranda, Kindelán, Dávila, Orgaz, Varela. Tuvo contactos con don Juan de Borbón y participó en mil conspiraciones, todas ellas infructuosas y algunas hasta un tanto patéticas, como la que capitaneó el general Aranda para pedir asilo en la embajada norteamericana y crear allí mismo un gobierno monárquico en el exilio. Algunos de sus compañeros llegaron a tacharle de traidor, de haber ido a El Pardo con el cuento de la conspiración. Ninguno de aquellos planes para acabar con el régimen llegó a cuajar y la mayoría de sus integrantes pagaron su insumisión con arrestos, destierros y destituciones. Tiempo después me dijeron que estos generales recibieron durante la guerra mundial millones de pesetas del gobierno inglés a través del financiero Juan March y de manos de Hillgarth, a fin de influir en el Caudillo para que España no entrara en la guerra del lado del Eje. Desconozco si eso fue verdad o no; puede que algunos de ellos aceptaran el dinero, tal vez se lo repartieron tan sólo entre unos cuantos. A Beigbeder, desde luego, no le llegó nada y acabó sus días «ejemplarmente pobre», como dijo de él Dionisio Ridruejo.

Oí también rumores acerca de sus aventuras amorosas, de sus supuestos romances con una periodista francesa, una falangista, una espía americana, una escritora madrileña y la hija de un general. Que le encantaban las mujeres no era ningún secreto: sucumbía a los encantos femeninos con una facilidad pasmosa y se enamoraba con el fervor de un cadete; yo lo vi con mis propios ojos en el caso de Rosalinda, imagino que a lo largo de su vida habría pasado por otras relaciones similares. Pero que fuera un depravado y su debilidad por el sexo acabara echando su carrera por los suelos es, a mi modo de ver, una afirmación tremendamente frívola que no le hace justicia.

Desde el momento en que puso un pie de vuelta en España, la vida le fue cuesta abajo. Antes de marchar a Washington vivió durante un tiempo en un piso alquilado en la calle Claudio Coello; a su regreso se instaló en el hotel París en la calle Alcalá; pasó después alguna temporada acogido en casa de una hermana y acabó sus días en una pensión. Entró y salió del gobierno sin un duro y murió sin más posesiones en el armario que un par de trajes gastados, tres viejos uniformes de los tiempos africanos y una chilaba. Y unos centenares de folios en los que había comenzado a escribir con letra menuda sus memorias. Se quedó más o menos en la época del Barranco del Lobo; nunca llegó siquiera en ellas al inicio de la guerra civil.

Pasó años esperando a que la baraka, la suerte, se pusiera de su lado. Confiaba ilusamente en que volverían a requerirle para algún puesto: para cualquier misión que volviera a llenar sus días de actividad y movimiento. Nada llegó nunca y en su hoja de servicios, desde su retorno de Estados Unidos, sólo figuró la frase «A las órdenes del excelentísimo ministro del Ejército», lo cual en la jerga militar equivale a estar de brazos cruzados. Nadie le quiso más y a él le fallaron las fuerzas: no tuvo brío para enderezar su destino, y su mente, otras veces brillante, se acabó encasquillando. Pasó a la reserva en abril de 1950; un antiguo amigo marroquí, Bulaix Baeza, le ofreció un trabajo que le mantuvo medianamente entretenido durante sus últimos años, un humilde puesto administrativo en su empresa inmobiliaria madrileña. Murió en junio de 1957; bajo su lápida en la Sacramental de San Justo descansaron sesenta y nueve años de vida turbulenta. Sus papeles quedaron olvidados en la pensión de la Tomasa; unos meses después los recogió un viejo conocido de Tetuán a cambio de hacerse cargo de la factura de unos cuantos miles de pesetas que él dejó pendiente. A día de hoy allí sigue su archivo personal, bajo la celosa custodia de alguien que le conoció y estimó en su Marruecos feliz.

Recopilo ahora lo que fue de Rosalinda, y lo hilo con retazos del devenir de Beigbeder que tal vez sirvan para completar la visión de los últimos tiempos del ex ministro. Al final de la guerra mi amiga decidió abandonar Portugal e instalarse en Inglaterra. Quería que su hijo se educara allí, así que su socio Dimitri y ella convinieron traspasar El Galgo. El Jewish Joint Committee les otorgó conjuntamente una condecoración con la Cruz de Lorraine de la Resistencia Francesa en reconocimiento a sus servicios a los refugiados judíos. La revista americana Time publicó un artículo en el que Martha Gellhorn, la esposa de Ernest Hemingway, hablaba de El Galgo y Mrs Fox como dos de las mejores atracciones de Lisboa. Aun así, ella se fue.

Con el dinero obtenido por el traspaso se instaló en Gran Bretaña. Todo funcionó bien en los primeros meses: la salud recuperada, libras abundantes en el banco, viejos amigos recobrados y hasta los muebles de Lisboa recibidos sanos y salvos, entre ellos diecisiete sofás y tres pianos de cola. Y entonces, cuando todo estaba calmado y la vida sonreía, Peter Fox desde Calcuta volvió a recordarle que aún tenía un marido. Y le pidió que lo intentaran de nuevo. Y, contra todo pronóstico, ella aceptó.

Buscó una casa de campo en Surrey y se preparó para asumir por tercera vez en su vida el papel de esposa. Ella misma resumió la aventura en una palabra: imposible. Peter era el mismo de siempre: seguía comportándose como si Rosalinda aún fuera la niña de dieciséis años con la que un día se casó, trataba al servicio a patadas, era desconsiderado, egocéntrico y antipático. A los tres meses de su reencuentro ella ingresó en el hospital. La operaron, pasó semanas de convalecencia y sólo una cosa salió clara de ellas: tenía que dejar a su marido como fuera. Regresó entonces a Londres, alquiló una casa en Chelsea y durante un breve tiempo abrió un club al que puso el pintoresco nombre de The Patio. Peter, entretanto, se quedó en Surrey, negándose a devolverle sus muebles lisboetas y a concederle el divorcio de una maldita vez. Tan pronto como ella se recuperó, comenzó a pelear por su libertad definitiva.

Jamás rompió el contacto con Beigbeder. A finales de 1946, antes de que Peter regresara a Inglaterra, pasaron juntos unas semanas en Madrid. En 1950 volvió para otra temporada. Yo no estaba allí, pero por carta me contó la pena inmensa que le causó encontrar a un Juan Luis roto ya para siempre. Disfrazó la situación con su habitual optimismo: me habló de las poderosas corporaciones que él dirigía, de la gran figura que era en el mundo empresarial. Entre líneas percibí que mentía.

A partir de aquel año, una nueva Rosalinda pareció emerger con sólo dos fijaciones en mente: divorciarse de Peter y acompañar a Juan Luis en los últimos tramos de su existencia a lo largo de estancias temporales en Madrid. Él, según ella, envejecía a pasos de gigante, cada día más desilusionado, más deteriorado. Su energía, la agilidad mental, su ímpetu y aquel dinamismo de los viejos tiempos de la Alta Comisaría se apagaban con las horas. Le gustaba que ella lo sacara en coche, que fueran a comer a cualquier pueblo de la sierra, a un vulgar mesón al pie de la carretera, lejos del asfalto. Cuando no tenían más remedio que quedarse, paseaban. A veces se encontraban con viejos dinosaurios con los que un día él compartió cuarteles y despachos. La presentaba como mi Rosalinda, lo más sagrado en el mundo después de la Virgen. Ella, entonces, reía.

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