Dueñas, María - El tiempo entre costuras

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–¿Y por qué te enviaron a ti a Marruecos, si estabas en un estado pésimo?

–Teníamos noticias de la existencia de Rosalinda Fox, una compatriota unida sentimentalmente al alto comisario: una joya para nosotros, la mejor de las oportunidades. Pero era demasiado arriesgado abordarla directamente: era tan valiosa que no podíamos aventurarnos a perderla con una operación planteada con torpeza. Había que esperar el momento óptimo. Así que, en cuanto se supo que ella buscaba ayuda para evacuar a la madre de una amiga, toda la maquinaria se puso en marcha. Y se decidió que yo era la persona idónea para cubrir esa misión porque había tenido contacto en Madrid con alguien que se encargaba de aquellas evacuaciones hacia el Mediterráneo. Yo mismo había informado puntualmente a Londres de todos los pasos de Lance, así que estimaron que era la coartada perfecta para aparecer en Tetuán y acercarme a Beigbeder con la excusa de ofrecerme a realizar un servicio a su amante. Sin embargo, había un pequeño problema: por aquellos días estaba medio muerto en el Royal London Hospital, postrado en una cama con el cuerpo machacado, semiinconsciente y atiborrado de morfina.

–Pero te aventuraste, y nos engañaste a todos y conseguiste tu objetivo…

–Muy por encima de lo previsto -dijo. En sus labios percibí el apunte de una sonrisa, la primera desde que nos encerramos en la biblioteca. Sentí entonces un pellizco de emociones revueltas: por fin había vuelto el Marcus que tanto había añorado, el que quería retener a mi lado-. Fueron unos días muy especiales -continuó-. Después de más de un año viviendo en la turbulenta España en guerra, Marruecos fue lo mejor que pudo pasarme. Me recuperé y ejecuté mi misión con un rendimiento altísimo. Y te conocí. No pude pedir más.

–¿Cómo lo hacías?

–Casi todas las noches transmitía desde mi habitación del hotel Nacional. Llevaba un pequeño equipo radiotransmisor camuflado en el fondo de la maleta. Y escribía a diario un recuento encriptado de todo lo que veía, oía y hacía. Después, cuando podía, lo pasaba a un contacto en Tánger, un dependiente de Saccone Speed.

–¿Nunca sospechó nadie ti?

–Por supuesto que sí. Beigbeder no era ningún imbécil, tú lo sabes tan bien como yo. Registraron mi habitación varias veces, pero probablemente mandaron para ello a alguien con poca pericia: nunca descubrieron nada. Los alemanes también recelaban, aunque tampoco consiguieron ninguna información. Yo, por mi parte, me esforcé todo lo posible por no dar ningún paso en falso. No contacté con nadie ajeno a los circuitos oficiales ni me adentré en ningún territorio escabroso. AI contrario: mantuve una conducta intachable, me dejé ver al lado de las personas convenientes y me moví siempre a la luz del día. Todo muy limpio, aparentemente. ¿Alguna pregunta más?

Parecía ya menos tenso, más cercano. Más el Marcus de siempre otra vez.

–¿Por qué te fuiste tan de repente? No me avisaste: tan sólo apareciste una mañana en mi casa, me diste la noticia de que mi madre estaba en camino y no te volví a ver más.

–Porque recibí órdenes urgentes de abandonar el Protectorado inmediatamente. Cada vez llegaban más alemanes, se filtró que alguien sospechaba de mí. Aun así, logré demorar mi marcha unos días, arriesgándome a ser descubierto.

–¿Por qué?

–No quise irme antes de tener constancia de que la evacuación de tu madre se había cumplido como esperábamos. Te lo había prometido. Nada me habría gustado más que haberme quedado contigo, pero no pudo ser: mi mundo era otro y mi hora había llegado. Y, además, tampoco era el mejor momento para ti. Aún te estabas recuperando de una traición y no estabas preparada para confiar del todo en ningún otro hombre, y menos en alguien que necesariamente habría de desaparecer de tu lado sin ser claro por completo. Eso es todo, mi querida Sira. Fin. ¿Es ésta la historia que querías oír? ¿Te sirve esta versión?

–Me sirve -dije levantándome y avanzando hacia su lado.

–Entonces, ¿he ganado mi premio?

No dije nada. Sólo me acerqué a él, me senté en sus piernas y acerqué mi boca a su oído. Mi piel maquillada rozó su piel recién afeitada; mis labios brillantes de rouge derramaron un susurro a apenas medio centímetro del lóbulo de su oreja. Lo noté tensarse en cuanto notó mi cercanía.

–Has ganado tu premio, sí. Pero a lo mejor soy un regalo envenenado.

–Tal vez. Para comprobarlo, ahora necesito saber yo de ti. Te dejé en Tetuán siendo una joven modista llena de ternura e inocencia, y te reencontré en Lisboa convertida en una mujer plena adosada a alguien del todo inconveniente. Quiero saber qué pasó entre medias.

–Vas a saberlo en seguida. Y, para que no te quede duda, te vas a enterar por otra persona, alguien a quien creo que conoces ya. Ven conmigo.

Recorrimos amarrados el pasillo hasta el salón. Oí la voz fuerte de mi padre en la distancia y, una vez más, no pude evitar rememorar el día en que le conocí. Cuántas vueltas había dado mi vida desde entonces. Cuántas veces me había hundido hasta quedar sin aliento y cuántas había vuelto a sacar la cabeza después. Pero eso era ya pasado y los días de volver la vista atrás habían quedado a la espalda. Tan sólo era momento de concentrarnos en el presente. De afrontarlo de cara para enfocar el futuro.

Supuse que ya estaban allí los otros dos invitados y que todo transcurría según lo previsto. Al llegar a nuestro destino deshicimos el abrazo, aunque mantuvimos los dedos entrelazados. Hasta que vimos junto a quien nos esperaba. Y entonces yo sonreí. Y Marcus, no.

–Buenas noches, señora Hillgarth; buenas noches, capitán. Me alegro de verlos -dije interrumpiendo la conversación que mantenían.

La estancia se llenó de un silencio denso. Denso y tenso, electrizante.

–Buenas noches, señorita -replicó Hillgarth tras unos segundos que a todos se nos hicieron eternos. Su voz sonó como salida de una caverna. De una caverna oscura y fría por la que el jefe de los servicios secretos británicos en España, el hombre que todo lo sabía o debería saberlo, andaba a tientas-. Buenas noches, Logan -añadió después. Su mujer, sin la mascarilla del salón de belleza esta vez, quedó tan impactada al vernos juntos que fue incapaz de responder a mi saludo-. Creía que había vuelto de Lisboa -continuó el agregado naval dirigiéndose a Marcus. Dejó pasar otro soplo interminable de quietud y después añadió-: Y no tenía constancia de que se conocieran.

Noté que Marcus estaba a punto de hablar, pero no le dejé. Apreté con fuerza su mano aún agarrada a la mía y él me entendió. Tampoco le miré: no quise ver si compartía con los Hillgarth su perplejidad, ni quise comprobar su reacción al verlos sentados en aquel salón ajeno. Ya hablaríamos más tarde, cuando todo se hubiera calmado. Confiaba en que nos quedara para ello mucho tiempo.

En los grandes ojos claros de la esposa percibí una tremenda desorientación. Ella era quien me había dado las pautas para mi misión portuguesa, estaba completamente implicada en las acciones de su marido. Probablemente ambos estuvieran anudando a toda prisa los mismos cabos que yo terminé de atar la última vez que el capitán y yo nos vimos. Da Costa y Lisboa, la llegada intempestiva de Marcus a Madrid, la misma información aportada por los dos con apenas unas horas de diferencia. Todo aquello, obviamente, no era fruto del azar. Cómo se les podía haber escapado.

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