Dueñas, María - El tiempo entre costuras
Здесь есть возможность читать онлайн «Dueñas, María - El tiempo entre costuras» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Старинная литература, spa. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:El tiempo entre costuras
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:5 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 100
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
El tiempo entre costuras: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «El tiempo entre costuras»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
El tiempo entre costuras — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «El tiempo entre costuras», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
Tampoco era exactamente alegría lo que notaba clavado en los huesos mientras los últimos rayos de sol acompañaban mis pasos de vuelta a casa. Ni entusiasmo, ni emoción. Quizá la palabra que mejor encajara en el sentimiento que me invadía fuera orgullo. Por primera vez en mucho tiempo, tal vez por primera vez en toda mi vida, me sentía orgullosa de mí misma. Orgullosa de mis capacidades y de mi resistencia, de haber superado airosamente las expectativas que sobre mí existían. Orgullosa al saberme capaz de aportar un grano de arena para hacer de aquel mundo de locos un sitio mejor. Orgullosa de la mujer que había llegado a ser.
Cierto era que Hillgarth me había espoleado para ello y me había puesto al borde de unos límites que me hicieron sentir vértigo. Como cierto era que Marcus me había salvado la vida al sacarme de un tren en marcha, y que sin su ayuda oportuna tal vez no habría vivido para rememorarlo. Cierto era todo eso, sí. Pero también lo era que yo misma había contribuido con mi coraje y mi tesón a que la misión asignada llegara a un buen fin. Todos mis miedos, todos los desvelos y saltos sin red habían servido para algo al fin: no sólo para captar información útil para el sucio arte de la guerra, sino también, y sobre todo, para demostrarme a mí misma y a quienes me rodeaban hasta dónde era capaz de llegar.
Y entonces, al alcanzar consciencia de mi envergadura, supe que había llegado el momento de dejar de andar a ciegas por las coordenadas que unos y otros habían establecido para mí. A Hillgarth se le ocurrió mandarme a Lisboa, Manuel da Silva decidió acabar conmigo, Marcus Logan optó por acudir en mi rescate. Había pasado por ellos de mano en mano como una simple marioneta: para bien o para mal, para subirme a la gloria o empujarme a los infiernos, todos ellos habían decidido por mí y me habían manejado como quien mueve un peón sobre un tablero. Nadie había sido claro conmigo ni me había mostrado abiertamente sus intenciones: ya iba siendo hora de demandar ver la luz. De que yo misma agarrara las riendas de mi existencia, eligiera mi propio camino, y decidiera cómo y con quién quería transitarlo. Por delante iba a encontrar tropiezos y equivocaciones, cristales rotos, errores y charcos de barro negro. No me enfrentaba a un futuro sosegado, de ello estaba segura. Pero había llegado la hora de no seguir adelante sin tener previa consciencia del terreno que pisaba y de los riesgos que habría de afrontar al levantarme cada mañana. Sin ser propietaria, al fin y al cabo, del rumbo de mi vida.
Aquellos tres hombres, Marcus Logan, Manuel da Silva y Alan Hillgarth, cada uno a su manera y probablemente sin ninguno de ellos saberlo, me habían hecho crecer en apenas unos días. O tal vez llevaba tiempo creciendo despacio y hasta entonces no había sido consciente de mi nueva estatura. Es probable que a Da Silva no volviera a verle nunca: a Hillgarth y a Marcus, sin embargo, estaba segura de que iba a mantenerlos próximos mucho tiempo. A uno de ellos, en concreto, ansiaba conservarlo con una cercanía idéntica a la de las primeras horas de aquella mañana: una cercanía de afectos y cuerpos cuyo recuerdo aún me estremecía. Pero antes tendría que marcar los límites del terreno. Claramente. Visiblemente. Como quien tira una linde o pinta con tiza una raya en el suelo.
Al llegar a casa encontré un sobre que alguien había deslizado por debajo de la puerta. Tenía el membrete del hotel Palace y una tarjeta manuscrita dentro.
«Vuelvo a Lisboa. Regreso pasado mañana. Espérame.»
Claro que iba a esperarle. Organizar cómo y dónde me llevó tan sólo un par de horas.
Aquella noche volví a saltarme las indicaciones de la cadena de mando sin el menor atisbo de remordimiento. Cuando, al cabo de más de tres horas ininterrumpidas, terminé de desmenuzar por la tarde ante Hillgarth todos los pormenores de la reunión en la quinta, le pregunté por la situación de las listas sobre las que me había hablado en nuestro encuentro del día posterior al evento del hipódromo.
–Todo sigue igual; de momento, que sepamos, no hay ninguna novedad.
Eso significaba que mi padre se mantenía en el lado de los amigos de los ingleses y yo en el de los alemanes. Una verdadera lástima, porque había llegado el momento de que nuestros senderos volvieran a cruzarse.
Aparecí sin avisarle. Los fantasmas de otros tiempos se agitaron furiosos al verme entrar en el portal, trayéndome memorias del día en que mi madre y yo subimos aquella misma escalera cargadas de inquietud. Se fueron pronto, afortunadamente, y con ellos se llevaron unos recuerdos desvencijados y amargos que prefería no encarar.
Me abrió la puerta una sirvienta que en nada se parecía a la vieja Servanda.
–Tengo que ver al señor Alvarado inmediatamente. Es urgente. ¿Está en casa?
Asintió confusa ante mi ímpetu.
–¿En la biblioteca?
–Sí, pero…
Antes de que terminara la frase, ya estaba dentro.
–No hace falta que le avise, gracias.
Le alegró verme, mucho más de lo que habría imaginado. Antes de marchar a Portugal le envié una breve nota avisándole de mi viaje, pero algo no acabó de resultarle coherente. Demasiado precipitado todo, debió de pensar; demasiado cercano a la intrigante escena del desmayo en el hipódromo. Le tranquilizó saber que estaba de vuelta.
La biblioteca permanecía tal como yo la recordaba. Con más libros y papeles acumulados quizá: diarios, cartas, pilas de revistas. Todo lo demás se mantenía como cuando nos reunimos allí mi padre, mi madre y yo años atrás: la primera vez que estuvimos juntos los tres, también la última. Aquella tarde lejana de otoño llegué cargada de nervios e inocencia, cohibida y abrumada ante lo desconocido. Casi seis años después, mi seguridad era otra. La había ganado a fuerza de golpes, a base de trabajo, tropiezos y anhelos, pero había quedado adherida a mi piel como una cicatriz y nada podría ya librarme de ella. Por fuertes que soplaran los vientos, por duros que fueran los tiempos venideros, sabía que tendría fortaleza para afrontarlos de cara y resistir.
–Necesito pedirte un favor, Gonzalo.
–Lo que tú quieras.
–Un encuentro para cinco personas. Una pequeña fiesta privada. Aquí, en tu casa, el martes por la noche. Tú y yo con tres invitados más. Tendrás que encargarte de convocar a dos de ellos directamente, sin hacerles saber que yo estoy por medio. No habrá problema alguno porque ya os conocéis.
–¿Y el tercero?
–Del tercero me encargo yo.
Aceptó sin preguntas ni reticencias. A pesar de mi desconcertante comportamiento, de mis desapariciones imprevistas y de mi falsa identidad, parecía tener una confianza ciega en mí.
–¿Hora? – preguntó simplemente.
–Yo vendré a media tarde. Y el invitado al que aún no conoces llegará a las seis; tengo que hablar con él antes de que aparezcan los demás. ¿Podría reunirme con él aquí, en la biblioteca?
–Toda tuya.
–Perfecto. Cita a la otra pareja a las ocho, por favor. Y una cosa más: ¿te importa que se enteren de que soy tu hija? Quedará entre nosotros cinco nada más.
Tardó unos segundos en contestar y a lo largo de ellos creí percibir un brillo nuevo en sus ojos.
–Será un honor y un orgullo.
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «El tiempo entre costuras»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «El tiempo entre costuras» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «El tiempo entre costuras» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.