Dueñas, María - El tiempo entre costuras

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Cuando tuve la certeza de que ya no nos seguían, volví a sentarme y, respirando aún con dificultad, contesté a la pregunta de Marcus.

–Los mejores patrones que he hecho en mi vida.

65

Gamboa, en efecto, sospechó algo cuando te llevó las orquídeas. Así que aguardó medio escondido y esperó a comprobar quién era el dueño del sombrero que había sobre el escritorio. Y entonces me vio salir de tu habitación. Me conoce de sobra, he estado en las oficinas de la empresa varias veces. Después fue con la información en busca de Da Silva, pero su jefe no quiso atenderle; le dijo que estaba ocupado con un asunto importante, que ya hablarían por la mañana. Y así lo han hecho hoy. Y cuando Da Silva ha sabido de qué se trataba, ha montado en cólera, le ha despedido y ha empezado a actuar.

–¿Y cómo has sabido tú todo esto?

–Porque el mismo Gamboa me ha buscado esta tarde. Está desquiciado, tiene un miedo atroz y busca desesperadamente a alguien que le proteja; por eso ha pensado que tal vez podría sentirse más seguro acercándose a los ingleses con los que antes mantenían excelentes relaciones. Tampoco sabe en qué anda metido Da Silva porque él se lo oculta incluso a su gente de confianza, pero su actitud me ha hecho temer por ti. En cuanto he hablado con Gamboa, he ido a tu hotel, pero ya te habías marchado. He llegado a la estación en el momento en que el tren salía y al ver en la distancia a Da Silva solo en el andén, he creído que todo estaba en orden. Hasta que, en el último segundo, me he fijado en que hacía un gesto a dos hombres asomados a una ventanilla.

–¿Qué gesto?

–Un ocho. Con los cinco dedos de una mano y tres de la otra.

–El número de mi compartimento…

–Era el único detalle que les faltaba. Todo lo demás ya estaba acordado.

Me invadió una sensación extraña. De pavor mezclado con alivio, de debilidad e ira a la vez. El sabor de la traición, quizá. Pero sabía que no tenía razones para sentirme traicionada. Yo había engañado a Manuel encubierta tras una actitud banal y seductora, y él me lo había intentado devolver sin ensuciarse las manos ni perder una pizca de su elegancia. Deslealtad por deslealtad, así funcionaban las cosas.

Seguíamos avanzando por carreteras polvorientas, superando baches y socavones, atravesando pueblos dormidos, aldeas desoladas y terrenos baldíos. La única luz que vimos a lo largo de kilómetros y kilómetros de camino fue la de los faros de nuestro propio coche abriéndose paso en la densa oscuridad, ni siquiera había luna. Marcus intuía que los hombres de Da Silva no iban a quedarse en la estación, que tal vez encontraran la manera de seguirnos. Por eso continuó conduciendo sin reducir la velocidad, como si aún lleváramos a aquellos dos indeseables pegados al guardabarros.

–Estoy casi seguro de que no van a atreverse a entrar en España, se meterían en un terreno desconocido en el que no controlan las normas del juego. De su particular juego. Pero no debemos bajar la guardia hasta cruzar la frontera.

Habría sido lógico que Marcus me cuestionara sobre las razones de Da Silva para intentar eliminarme con aquella sordidez tras haberme tratado tan obsequiosamente días atrás. Él mismo nos había visto cenar y bailar en el casino, sabía que yo me desplazaba en su coche a diario y que recibía regalos suyos en mi hotel. Quizá aguardaba algún comentario sobre la naturaleza de mi supuesta relación con Da Silva, quizá una explicación acerca de lo que entre nosotros había pasado, una aclaración que arrojara alguna luz sobre el porqué de su perverso encargo cuando estaba a punto de abandonar su país y su vida. Pero de mi boca no salió ni una palabra.

Continuó él hablando sin perder la concentración en el volante, aportando apuntes e interpretaciones a la espera de que en algún momento yo me decidiera a añadir algo.

–Da Silva -prosiguió- te abrió de par en par las puertas de su casa y te dejó ser testigo de todo lo que allí pasara anoche, algo que yo desconozco.

No repliqué.

–Y que tú no pareces tener intención de contar.

Efectivamente, no la tenía.

–Ahora está convencido de que te acercaste a él porque actúas por encargo de alguien y sospecha que no eres una simple modista extranjera que ha aparecido en su vida por casualidad. Cree que te aproximaste a él porque tenías como objetivo indagar en sus asuntos, pero está equivocado al intuir para quién trabajas porque, tras el chivatazo de Gamboa, asume erróneamente que lo haces para mí. En cualquier caso, le interesa que mantengas la boca cerrada. A ser posible, para siempre.

Seguí sin decir nada; preferí ocultar mis pensamientos tras una actitud de fingida inconsciencia. Hasta que mi quietud resultó insoportable para los dos.

–Gracias por protegerme, Marcus -musité entonces.

No le engañé. Ni le engañé, ni le enternecí, ni le conmoví con mi falso candor.

–¿Con quién estás en esto, Sira? – preguntó lentamente sin despegar la vista de la carretera.

Me giré y contemplé su perfil en la penumbra. La nariz afilada, la mandíbula fuerte; la misma determinación, la misma seguridad. Parecía el mismo hombre de los días de Tetuán. Parecía.

–¿Con quién estás tú, Marcus?

En el asiento trasero, invisible pero cercana, se instaló con nosotros una pasajera más: la suspicacia.

Cruzamos la frontera pasada la medianoche. Marcus enseñó su pasaporte británico y yo el mío marroquí. Noté que se fijaba en él, pero no hizo ninguna pregunta. No encontramos rastro aparente de los hombres de Da Silva, tan sólo un par de policías somnolientos con pocas ganas de perder el tiempo con nosotros.

–Tal vez deberíamos encontrar un sitio donde dormir ahora que ya estamos en España y sabemos que no nos han seguido ni nos han adelantado. Mañana puedo coger un tren y tú volver a Lisboa -propuse.

–Prefiero continuar hasta Madrid -respondió entre dientes.

Seguimos avanzando sin cruzarnos con un solo vehículo, cada cual absorto en sus pensamientos. La suspicacia había traído el recelo y el recelo nos llevó al silencio: un silencio denso e incómodo, preñado de desconfianza. Un silencio injusto. Marcus acababa de sacarme a rastras del peor trance de mi vida e iba a conducir la noche entera sólo por dejarme a salvo en mi destino, y yo se lo pagaba escondiendo la cabeza y negándome a darle cualquier pista que le ayudara a salir de su desconcierto. Pero no podía hablar. No debía decirle nada aún, necesitaba antes confirmar lo que llevaba sospechando desde que Rosalinda me abrió los ojos en nuestra conversación de madrugada. O tal vez sí. Quizá pudiera comentarle algo. Un fragmento de la noche anterior, un retazo, una clave. Algo que nos sirviera a los dos: a él para saciar su curiosidad al menos parcialmente y a mí para dejar bien abonado el terreno a la espera de ratificar mis presentimientos.

Habíamos pasado Badajoz y Mérida. Llevábamos callados desde el puesto fronterizo, arrastrando la mutua desconfianza por carreteras desfondadas y puentes romanos.

–¿Te acuerdas de Bernhardt, Marcus?

Me pareció que los músculos de los brazos se le tensaban y que sus dedos se aferraban con más fuerza al volante.

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