Dueñas, María - El tiempo entre costuras
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Apestillé la puerta tan pronto como el revisor remató su trámite con el firme propósito de no volver a abrirla hasta llegar a Madrid. Lo último que deseaba tras la dura experiencia de Lisboa era un par de viajeros impertinentes sin más entretenimiento que pasarse la noche molestándome. Me dispuse por fin a prepararme para dormir, estaba agotada física y mentalmente, necesitaba olvidarme de todo aunque fuera por unas horas.
Empecé entonces a sacar del neceser lo que necesitaba: el cepillo de dientes, una jabonera, la crema de noche. A los pocos minutos noté que el tren perdía velocidad; nos acercábamos a una estación, la primera del viaje. Descorrí la cortinilla de la ventana. «Entroncamento», leí.
Apenas unos segundos más tarde, volvieron a tocar con los nudillos en mi puerta. Con fuerza, con insistencia. Aquél no era el modo de llamar del revisor. Me quedé quieta, con la espalda pegada a la puerta, dispuesta a no responder. Intuí que serían los hombres del vagón restaurante y bajo ningún concepto pensaba abrirles.
Pero volvieron a llamar. Más fuerte aún. Y entonces oí mi nombre al otro lado. Y reconocí la voz.
Descorrí el pestillo.
–Tienes que bajar del tren. Da Silva tiene dos hombres dentro. Vienen a por ti.
–¿El sombrero?
–El sombrero.
64
El pánico se enroscó con las ganas de reír a carcajadas. A carcajadas amargas y siniestras. Qué extrañas son las sensaciones, cómo nos engañan. Un simple beso de Manuel da Silva había hecho tambalear mis convicciones sobre su negra moral y, apenas una hora más tarde, descubría que había dado orden de que acabaran conmigo y arrojaran mi cuerpo a la noche por la ventanilla de un tren. El beso de Judas.
–No hace falta que cojas nada, sólo tu documentación -advirtió Marcus-. Lo recuperarás todo en Madrid.
–Hay algo que no puedo dejar.
–No puedes llevar nada, Sira. No hay tiempo, el tren está a punto de salir otra vez; si no nos apresuramos, vamos a tener que saltar en marcha.
–Sólo un segundo… -Me acerqué al maletín y saqué su contenido a manos llenas. El camisón de seda, una zapatilla, el cepillo del pelo, una botella de agua de colonia: todo quedó esparcido sobre la cama y el suelo, como arrojado por el arrebato de un demente o la fuerza de un tornado. Hasta que alcancé lo que buscaba en el fondo: el cuaderno con los falsos patrones, la constatación milimétricamente pespunteada de la traición de Manuel da Silva a los británicos. Lo apreté con fuerza contra el pecho.
–Vámonos -dije mientras cogía el bolso con la otra mano. Tampoco podía dejarlo atrás, llevaba el pasaporte dentro.
Salimos precipitados al pasillo en el momento en que sonaba el silbido; cuando llegamos a la puerta, la locomotora ya había respondido con el suyo y el tren empezaba a ponerse en movimiento. Bajó Marcus primero mientras yo arrojaba al andén el cuaderno, el bolso y los zapatos; imposible intentarlo con ellos puestos, me rompería un tobillo en cuanto tocara el suelo. Después me tendió la mano, la agarré y salté.
Los gritos furibundos del jefe de estación tardaron sólo unos instantes en oírse, lo vimos correr hacia nosotros a la vez que hacía grandes aspavientos con los brazos. Dos ferroviarios salieron del interior alertados por sus voces; el tren, entretanto, ajeno a lo que atrás dejaba, avanzaba ganando velocidad.
–Vamos, Sira, vamos, tenemos que irnos de aquí -apremió Marcus.
Recogió uno de mis zapatos y me lo tendió, después el otro. Los mantuve entre las manos, pero no me los puse: tenía la atención concentrada en otro asunto. Los tres empleados, mientras, se habían arremolinado a nuestro alrededor y aportaban a la reprimenda su peculiar visión del incidente, al tiempo que el jefe de estación nos recriminaba por nuestro comportamiento con gritos y gestos airados. Un par de mendigos se acercó a curiosear, a los pocos segundos la cantinera y un joven camarero se sumaron al grupo preguntando qué había pasado.
Y entonces, en medio de aquel caos de apremios, ánimos alterados y voces superpuestas, oímos el chillido afilado del tren al frenar.
Todo en el andén quedó de repente callado e inmóvil, como cubierto por una sábana de quietud mientras las ruedas rechinaban sobre los raíles con un sonido agudo y prolongado.
Marcus fue el primero en hablar.
–Han accionado la alarma. – Su voz se hizo más grave, más imperiosa-. Se han dado cuenta de que hemos saltado. Vamos, Sira, hay que salir de aquí ahora mismo.
Automáticamente, el grupo entero se puso de nuevo en acción. Volvieron los bramidos, las órdenes, los pasos sin destino y los gestos iracundos.
–No podemos irnos -repliqué dando vueltas sobre mí misma a la vez que barría el suelo con la mirada-. No encuentro mi cuaderno.
–¡Olvídate del maldito cuaderno, por Dios! – gritó furioso-. ¡Vienen a por ti, Sira, tienen orden de matarte!
Noté que me agarraba el brazo y tiraba de mí, dispuesto a sacarme de allí aunque fuera a rastras.
–No lo entiendes, Marcus: tengo que encontrarlo como sea, no podemos dejarlo atrás -insistí mientras seguía buscando. Hasta que distinguí algo-.¡Está ahí! ¡Ahí! – grité intentando zafarme mientras señalaba algo en medio de la oscuridad-. ¡Ahí, en la vía!
El sonido chirriante de los frenos se fue debilitando y el tren quedó por fin parado con las ventanillas llenas de cabezas asomadas. Las voces y los gritos de los pasajeros se sumaron a la bronca incesante de los ferroviarios. Y entonces los vimos. Dos sombras caídas de un vagón corriendo hacia nosotros.
Calculé las distancias y los tiempos. Aún podría bajar y recoger el cuaderno, pero volver a subir al andén me costaría mucho más: la altura era considerable y las piernas probablemente no me dieran para tanto. De todas maneras, tenía que intentarlo: debía recuperar los patrones como fuera, no podía volver a Madrid sin todo lo que en ellos había dejado transcrito. Noté entonces los brazos de Marcus agarrándome con fuerza por la espalda. Me apartó del borde casi en volandas y saltó a la vía.
A partir del momento exacto en que cogí el cuaderno, todo fueron carreras enloquecidas. Carreras recorriendo el andén transversalmente, carreras resonando sobre las baldosas del vestíbulo vacío, carreras cruzando la oscura explanada frente a la estación. Hasta llegar al automóvil. De la mano y rasgando la noche, como en los tiempos que dejamos atrás.
–¿Qué demonios tienes en ese cuaderno que has hecho que nos juguemos la vida por él? – preguntó intentando recuperar el aliento mientras arrancaba con un potente acelerón.
Con la respiración entrecortada, me arrodillé sobre el asiento para mirar hacia atrás. Entre el polvo levantado por las ruedas traseras distinguí a los hombres del tren corriendo hacia nosotros con toda su energía. Sólo nos separaban unos metros al principio, pero la distancia se fue poco a poco dilatando. Hasta que vi cómo se rendían. Uno primero, ralentizando los movimientos hasta quedar parado y aturdido con las piernas separadas y las manos en la cabeza, como si no diera crédito a lo que acababa de suceder. El otro aguantó unos metros más, pero tampoco tardó en perder potencia. Lo último que vi fue que se inclinaba hacia delante y, agarrándose el vientre, vomitaba lo que con tanta ansia había comido un rato antes.
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