Dueñas, María - El tiempo entre costuras

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Las cantidades de dinero de las que hablaban me permitieron entender el aspecto de nuevos ricos de los wolframistas y sus mujeres. Aquello estaba convirtiendo a humildes campesinos en prósperos propietarios sin tener siquiera que trabajar: las plumas estilográficas, los dientes de oro y las estolas de piel no eran más que una pequeña muestra de los millones de escudos que iban a obtener si permitían a los alemanes perforar sus tierras sin impedimentos.

La noche avanzaba y, a medida que en mi mente se iba perfilando la verdadera envergadura de aquel negocio, mis temores aumentaron también. Lo que estaba oyendo era tan privado, tan atroz y tan comprometido que preferí no imaginar las consecuencias a las que habría de enfrentarme si Manuel da Silva llegara a enterarse de quién era yo y para quién trabajaba. La conversación entre los hombres se mantuvo a lo largo de casi dos horas, pero, a medida que ésta se agitaba, la reunión de mujeres iba decayendo. Cada vez que percibía que la negociación se enroscaba en algún punto sin aportar nada nuevo, volvía a concentrarme en sus esposas, pero las mujeres portuguesas hacía rato que se habían desentendido de mí y de mis esfuerzos por mantenerlas entretenidas, y daban ya cabezadas incapaces de contener el sueño. En su crudo día a día rural, probablemente se acostaran al caer el sol y se levantaran al alba para dar de comer a los animales y atender las faenas del campo y la cocina; aquel trasnoche cargado de vino, bombones y opulencia superaba con mucho lo que podían soportar. Me centré entonces en las alemanas, pero tampoco ellas parecían excesivamente comunicativas: una vez revisados los lugares comunes, nos faltaban afinidad y capacidades lingüísticas para seguir manteniendo avivada la charla.

Me estaba quedando sin audiencia y sin recursos: mi papel de anfitriona ayudante se estaba desvaneciendo, tenía que pensar en alguna manera de que aquello no muriera del todo y, a la vez, debía esforzarme por mantenerme alerta y seguir absorbiendo información. Y entonces, al fondo, en el lado masculino del salón, estalló una gran carcajada colectiva. Después vinieron choques de manos, abrazos y parabienes. El trato estaba cerrado.

62

–Vagón de Gran Clase, compartimento número ocho.

–¿Estás segura?

Le mostré el billete.

–Perfecto. Te acompaño.

–No es necesario, de verdad.

No me hizo caso.

A las maletas con las que llegué a Lisboa se le habían unido varias sombrereras y dos grandes bolsones de viaje cargados de caprichos; todo había salido aquella tarde anticipadamente desde el hotel. El resto de las compras para el taller irían llegando a lo largo de los días siguientes enviadas directamente desde los proveedores. Como equipaje de mano, me quedó sólo un maletín con lo necesario para pasar la noche. Y con algo más: el cuaderno de dibujo cargado de información.

Manuel, nada más bajar del coche, insistió en llevar el maletín.

–Apenas pesa, no hace falta -dije intentando no desprenderme de él.

Perdí la batalla antes de empezarla, sabía que no podía insistir. Entramos en el vestíbulo como la pareja más elegante de la noche: yo envuelta en todo mi glamour y él portando sin saberlo las pruebas de su traición. La estación de Santa Apolonia, con su aspecto de gran caserón, acogía el gota a gota de viajeros con destino nocturno a Madrid. Parejas, familias, amigos, hombres solos. Algunos parecían dispuestos a marchar con la frialdad o la indiferencia de quien se aleja de algo que no le ha dejado mella; otros, en cambio, derramaban lágrimas, abrazos, suspiros y promesas de futuro que tal vez nunca iban a cumplir. Yo no encajaba en ninguna de las dos categorías: ni en la de los desapegados, ni en la de los sentimentales. Mi naturaleza era de otro tipo. La de los que huían; la de aquellos que ansiaban poner tierra por medio, sacudirse el polvo de las suelas y olvidar para siempre lo que dejaban atrás.

Había pasado la mayor parte del día en mi habitación preparando el regreso. Supuestamente. Descolgué la ropa de las perchas, vacié los cajones y lo guardé todo en las maletas, sí. Pero aquello no me ocupó demasiado; el resto del tiempo que pasé encerrada lo dediqué a algo más trascendente: a trasladar a miles de pequeños pespuntes esbozados a lápiz toda la información que capté en la quinta de Da Silva. La tarea me llevó horas infinitas. Empecé con ella nada más regresar al hotel entrada ya la madrugada, cuando aún mantenía fresco en la mente todo lo escuchado; había tantas decenas de detalles que una gran parte corría el peligro de diluirse en el olvido si no lo anotaba inmediatamente. Apenas dormí tres o cuatro horas; en cuanto me desperté, me dispuse a completar el trabajo. A lo largo de la mañana y de las primeras horas de la tarde, dato a dato, apunte a apunte, vacié mi cabeza sobre el cuaderno hasta conformar un arsenal de mensajes breves y rigurosos. El resultado lo componían más de cuarenta supuestos patrones plagados de nombres, cifras, fechas, lugares y operaciones, acumulados todos entre las páginas de mi inocente cuaderno de dibujo. Patrones de mangas, de puños y espaldas, de cinturillas, talles y delanteros; perfiles de partes y secciones de prendas que nunca iba a coser, entre cuyos bordes se escondían los entresijos de una macabra transacción comercial destinada a facilitar el avance demoledor de las tropas alemanas.

A media mañana sonó el teléfono. La llamada me sobresaltó, tanto que una de las rayas telegráficas que estaba marcando en ese mismo momento se convirtió en un trazo brusco y torcido que después hube de borrar.

–¿Arish? Buenos días, soy Manuel. Espero no haberte despertado.

Estaba bien despierta: duchada, ocupada y alerta; llevaba varias horas trabajando, pero desfiguré la voz para sonar adormilada. Bajo ningún concepto debía dejarle entrever que lo que vi y oí la noche anterior me había provocado una catarata de actividad irrefrenable.

–No te preocupes, debe de ser ya tardísimo… -mentí.

–Casi mediodía. Sólo llamaba para darte las gracias por asistir a mi reunión de anoche y por portarte como lo hiciste con las esposas de mis amigos.

–No hay nada que agradecer. Fue una noche muy agradable para mí también.

–¿Seguro? ¿No te aburriste? Ahora me arrepiento de no haberte prestado un poco más de atención.

Cuidado, Sira, cuidado. Te está tanteando, pensé. Gamboa, Marcus, el sombrero olvidado, Bernhardt, el wolframio, la Beira, todo se acumulaba en mi cabeza con la frialdad de un cristal helado mientras yo seguía impostando una voz despreocupada y llena aún de sueño.

–No, Manuel, no te preocupes, de verdad. Las conversaciones con las esposas de tus amigos me mantuvieron muy entretenida.

–Bueno, ¿y qué tienes previsto hacer en tu última jornada en Portugal?

–Nada en absoluto. Darme un largo baño y preparar el equipaje. No pienso salir del hotel en todo el día.

Esperaba que esta respuesta le complaciese. Si Gamboa le había informado y él suponía que yo me veía con algún hombre a sus espaldas, tal vez mi prolongada permanencia entre las paredes del hotel le hiciera despejar las sospechas. Obviamente, mi palabra no iba a serle suficiente: ya se encargaría él de que alguien tuviera vigilada mi habitación y quizá controlara también las llamadas telefónicas, pero, a excepción de él mismo, no tenía intención de hablar con nadie más. Sería una buena chica: no me movería del hotel, no usaría el teléfono y no recibiría ninguna visita. Me dejaría ver sola y aburrida en el restaurante, en la recepción y en los salones y, a la hora de marcharme, lo haría a ojos de todos los clientes y empleados acompañada tan sólo por mi equipaje. O eso pensaba hasta que él me propuso otra cosa.

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