Dueñas, María - El tiempo entre costuras
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Del fondo de la memoria rescaté atropelladamente los datos que Hillgarth me facilitó en Tánger: se trataba de un mineral fundamental en la fabricación de proyectiles para la guerra. Y, enganchado a aquel recuerdo, recuperé otro más: en su compra a gran escala estaba implicado Bernhardt. Sólo que Hillgarth me había hablado de su interés por yacimientos en Galicia y Extremadura; probablemente entonces aún no podía prever que sus tentáculos acabarían cruzando la frontera, llegando a Portugal y entrando en negociaciones con un empresario traidor que había decidido dejar de suministrar a los ingleses para complacer las demandas de sus enemigos. Noté un temblor en las piernas y busqué cobijo en un sorbo de champán. Manuel da Silva no andaba metido en asuntos de compra y venta de seda, madera o algún otro producto colonial igualmente inocuo, sino en algo mucho más peligroso y siniestro: su nuevo negocio se centraba en un metal que serviría a los alemanes para reforzar su armamento y multiplicaría su capacidad para seguir matando.
Las invitadas me sacaron del ensimismamiento reclamando mi atención. Querían saber de dónde provenía aquella flor maravillosa que descansaba tras mi oreja izquierda, confirmar que era verdaderamente natural, saber cómo se cultivaba: mil preguntas que a mí no me interesaban en absoluto, pero que no pude evitar responder. Era una flor tropical; sí, verdaderamente natural, por supuesto; no, no tenía idea de si la Beira sería un buen sitio para cultivar orquídeas.
–Señoras, permítanme que les presente a nuestro último invitado -interrumpió de nuevo Manuel.
Contuve el aliento hasta que me llegó el turno. La última.
–Y ésta es mi querida amiga la señorita Arish Agoriuq.
Me miró sin parpadear un segundo. Dos. Tres.
–¿Nos conocemos?
Sonríe, Sira, sonríe, me exigí.
–No, creo que no -dije tendiéndole la mano derecha con languidez.
–A menos que hayan coincidido en algún sitio en Madrid -apuntó Manuel. Afortunadamente, no parecía conocer a Bernhardt lo suficiente como para saber que en algún momento de su pasado había vivido en Marruecos.
–¿En Embassy, tal vez? – sugerí.
–No, no; estoy muy poco en Madrid últimamente. Viajo mucho y a mi mujer le gusta el mar, así que estamos instalados en Denia, cerca de Valencia. No, su cara me resulta familiar de algún otro sitio, pero…
Me salvó el mayordomo. Señoras, señores, la cena está servida.
En ausencia de anfitriona consorte, Da Silva se saltó el protocolo y me situó en una cabecera de la mesa. En la otra, él. Intenté ocultar mi inquietud volcándome en atenciones con los invitados, pero la sensación de angustia era tal que apenas pude comer. Al sobresalto generado por la visita de Gamboa a mi habitación, se habían unido la llegada imprevista de Bernhardt y la constancia del sucio negocio en el que Da Silva andaba enfangado. Por si no tuviera suficiente con aquello, también se me exigía mantener el porte e impostar el papel de señora de la casa.
La sopa llegó en sopera de plata, el vino, en decantadores de cristal y el marisco, en enormes bandejas rebosantes de crustáceos. Hice malabares para resultar atenta con todos. Indiqué disimuladamente a las portuguesas qué cubiertos debían usar en cada momento e intercambié frases con las alemanas: sí, por supuesto que conocía a la baronesa Stohrer; sí, y a Gloria von Fürstenberg también; claro, claro que sabía que Horcher estaba a punto de abrir sus puertas en Madrid. La cena transcurrió sin incidentes y Bernhardt, por ventura, no volvió a prestarme atención.
–Bien, señoras, y ahora, si no les importa, los señores vamos a retirarnos a charlar -anunció Manuel tras el postre.
Me contuve retorciendo el mantel entre los dedos. No podía ser, no podía hacerme eso. Yo ya había cumplido con mi parte; ahora me correspondía recibir. Había complacido a todos, me había comportado como una anfitriona ejemplar sin serlo y necesitaba una compensación. En el momento en que iban a centrarse en lo que más me interesaba, no podía dejar que se me escaparan. Afortunadamente, el vino había acompañado a los platos sin la menor moderación y los ánimos parecían haberse destensado. Sobre todo, los de los portugueses.
–¡No, hombre, no, Da Silva, por Dios! – gritó uno de ellos dándole una sonora palmada en la espalda-. ¡No sea usted tan antiguo, amigo! ¡En el mundo moderno de la capital, los hombres y las mujeres van juntos a todas partes!
Titubeó un segundo Manuel; a todas luces prefería mantener el resto de la conversación en privado, pero los de la Beira no le dieron opción: se levantaron ruidosamente de la mesa y se dirigieron de nuevo al salón con el ánimo exaltado. Uno de ellos pasó un brazo por los hombros de Da Silva, otro me ofreció el suyo a mí. Parecían exultantes una vez superado el retraimiento inicial de verse recibidos en la gran casa de un hombre rico. Aquella noche iban a cerrar un trato que les permitiría dar un portazo a la miseria para ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos; no había razón alguna para hacerlo a espaldas de sus propias mujeres.
Sirvieron café, licores, tabaco y bombones; recordé que de la compra de éstos se había encargado Beatriz Oliveira. También de los centros de flores, elegantes sin ostentación. Supuse que había sido ella quien eligió las orquídeas que recibí aquella misma tarde y volví a sentir un estremecimiento al rememorar la inesperada visita de Marcus.
Un estremecimiento doble. De afecto y gratitud hacia él por preocuparse por mí de esa manera; de temor una vez más por el recuerdo del incidente del sombrero ante los ojos del ayudante. Gamboa seguía sin dejarse ver; quizá, con un poco de suerte, estaría cenando un guiso casero con su familia, oyendo a su mujer quejarse por los precios de la carne y olvidándose de que había detectado la presencia de otro hombre en la habitación de la extranjera a la que su patrón cortejaba.
Aunque no consiguió separarnos en distintas estancias, al menos Manuel logró que nos sentáramos en zonas diferentes. Los hombres lo hicieron en un extremo de la amplia sala, en sillones de cuero frente a la chimenea apagada. Las mujeres, junto a un gran ventanal volcado sobre el jardín.
Comenzaron a hablar mientras nosotras halagábamos la calidad de los chocolates. Los alemanes abrieron la conversación planteando sus cuestiones con tono sobrio a la vez que yo me esforzaba por agudizar el oído y anotaba mentalmente todo lo que desde la distancia iba oyendo. Pozos, concesiones, permisos, toneladas. Los portugueses ponían pegas y objeciones, subiendo el volumen, hablando deprisa. Posiblemente los primeros quisieran sacarles hasta las asaduras y los hombres de la Beira, montañeses rudos acostumbrados a no fiarse ni de su padre, no estaban por la labor de dejarse comprar a cualquier precio. El ambiente, por suerte para mí, se fue caldeando. Las voces eran ahora plenamente audibles, a veces hasta explosivas. Y mi cabeza, como una máquina, no paró de registrar lo que decían. Aunque no acababa de tener una idea completa de todo lo que allí se estaba negociando, sí pude absorber una gran cantidad de datos sueltos. Galerías, espuertas y camiones, perforaciones y vagonetas. Wolframio libre y wolframio controlado. Wolframio de calidad, sin cuarzo ni piritas. Impuesto sobre exportaciones. Seiscientos mil escudos por tonelada, tres mil toneladas por año. Pagarés, lingotes de oro y cuentas en Zurich. Y además logré algunas tajadas suculentas, porciones completas de información. Como que Da Silva llevaba semanas moviendo hábilmente los hilos para aunar a los principales propietarios de yacimientos con el fin de que se volcaran a negociar con los alemanes en exclusiva. Como que, si todo marchaba según lo previsto, en menos de dos semanas bloquearían de golpe y en conjunto todas las ventas a los ingleses.
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