Dueñas, María - El tiempo entre costuras
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–Te mereces un descanso, claro que sí. Pero no quiero que te vayas sin despedirme de ti antes. Déjame que te acompañe a la estación, ¿a qué hora sale tu tren?
–A las diez -repliqué. Malditas las ganas que tenía de volver a verle.
–Pasaré por tu hotel a las nueve entonces, ¿de acuerdo? Me gustaría poder hacerlo antes, pero voy a estar todo el día ocupado…
–No te preocupes, Manuel, a mí también me llevará tiempo organizar mis cosas. Mandaré el equipaje a la estación a media tarde, después te esperaré.
–A las nueve entonces.
–A las nueve estaré lista.
En lugar del Bentley de Joao, hallé un flamante Aston Martin deportivo. Sentí un nudo de angustia cuando comprobé que el viejo chauffer no aparecía por ningún sitio: la idea de que estuviésemos a solas me causaba intranquilidad y rechazo. A él, aparentemente, no le pasaba lo mismo.
No observé ningún cambio en su actitud hacia mí, ni mostró la menor señal de suspicacia: estuvo como siempre, atento, ameno y seductor, como si todo su mundo girara alrededor de aquellos rollos de hermosas sedas de Macao que me mostró en su despacho y nada tuviera que ver con la obscena negrura de las minas de wolframio. Recorrimos por última vez la Estrada Marginal y atravesamos veloces las calles de Lisboa haciendo volver las cabezas de los viandantes. Entramos en el andén veinte minutos antes de la salida, él insistió en subir conmigo al tren y acompañarme hasta el compartimento. Recorrimos el pasillo lateral, yo delante, él detrás, apenas a un paso de mi espalda, cargando aún mi pequeño maletín en el que las pruebas de su sucia deslealtad se mezclaban con inocentes productos de aseo, cosméticos y lencería.
–Número ocho, creo que hemos llegado -anuncié.
La puerta abierta mostraba un compartimento elegante e impoluto. Paredes forradas de madera, cortinas descorridas, el asiento en su sitio y la cama aún sin preparar.
–Bueno, mi querida Arish, ha llegado la hora de la despedida -dijo mientras dejaba el maletín en el suelo-. Ha sido un verdadero placer conocerte, no me va a resultar nada fácil acostumbrarme a no tenerte cerca.
Su afecto parecía auténtico; tal vez mis conjeturas sobre la acusación de Gamboa carecieran al final de fundamento. Tal vez me había alarmado exageradamente. Tal vez nunca pensó en decir nada a su patrón y éste aún mantenía sin fisuras su aprecio por mí.
–Ha sido una estancia inolvidable, Manuel -dije extendiendo las manos hacia él-. La visita no ha podido ser más satisfactoria, mis clientas van a quedar impresionadas. Y tú te has ocupado de hacerlo todo tan fácil y grato que no sé cómo agradecértelo.
Me agarró las manos y las retuvo cobijadas en las suyas. Y a cambio recibió la más esplendorosa de mis sonrisas, una sonrisa tras la cual se escondían unas ganas inmensas de que cayera el telón de aquella farsa. En apenas unos minutos el jefe de estación tocaría su silbato y bajaría la bandera, y el Lusitania Express empezaría a rodar sobre los raíles y a alejarse del Atlántico rumbo al centro de la Península. Atrás, para siempre, quedarían Manuel da Silva y sus macabros negocios, la alborotada Lisboa y todo aquel universo de extraños.
Los últimos viajeros subían al tren apresurados, cada pocos segundos teníamos que cederles el paso apoyándonos contra las paredes del vagón.
–Será mejor que te vayas, Manuel.
–Creo que sí, que tengo que irme ya.
Había llegado el momento de acabar con aquella pantomima de despedida, de entrar en el compartimento y recobrar mi intimidad. Sólo necesitaba que él se evaporara, todo lo demás estaba ya en orden. Y entonces, inesperadamente, noté su mano izquierda en mi nuca, su brazo derecho rodeándome los hombros, el sabor cálido y extraño de su boca en la mía y un estremecimiento recorriéndome el cuerpo de la cabeza a los pies. Fue un beso intenso; un beso poderoso y largo que me dejó confusa, desarmada y sin capacidad de reacción.
–Buen viaje, Arish.
No pude contestar, no me dio tiempo. Antes de encontrar palabras, se había ido.
63
Me dejé caer en el asiento mientras a mi cabeza regresaban como en una pantalla de cine los acontecimientos de los últimos días. Rememoré los argumentos y los escenarios, y me pregunté cuántos de los personajes de aquella extraña película se volverían a cruzar en mi vida y a quiénes ya no vería nunca mas. Recapitulé los finales de cada una de las tramas: felices los menos, inconclusos los más. Y cuando el metraje estaba a punto de acabar, todo se llenó con la última escena: el beso de Manuel da Silva. Aún conservaba en la boca su sabor, pero me sentía incapaz de colgarle un adjetivo. Espontáneo, apasionado, cínico, sensual. Quizá todos me servían. Quizá ninguno.
Me incorporé en el asiento y miré tras el cristal mecida ya por el suave traqueteo del tren. Ante mis ojos pasaron veloces las últimas luces de Lisboa, haciéndose cada vez menos densas y más dilatadas, esparciéndose difusas hasta llenar el paisaje de oscuridad. Me levanté, necesitaba airearme. Hora de cenar.
Encontré el vagón restaurante casi lleno ya. Lleno de presencias, de olor a comida, ruido de cubiertos y conversaciones. Tardaron tan sólo unos minutos en acomodarme; elegí el menú y pedí vino para celebrar mi libertad. Maté el tiempo mientras me servían anticipando la llegada a Madrid y figurándome la reacción de Hillgarth al enterarse de los resultados de mi misión. Probablemente jamás habría imaginado que ésta acabaría siendo tan productiva.
El vino y la comida llegaron a la mesa pronto, pero, para cuando lo hicieron, ya tenía la certeza de que aquella cena no iba a ser placentera. La suerte había querido colocarme cerca de un par de groseros individuos que no dejaron de mirarme con descaro desde el momento en que me senté. Dos tipos de aspecto burdo que desentonaban con el sereno ambiente de nuestro alrededor. Sobre la mesa tenían un par de botellas de vino y una multitud de platos que devoraban como si el mundo fuera a acabarse aquella misma noche. Apenas disfruté el bacalhau à Brás; el mantel de hilo, la copa tallada y la ceremoniosa diligencia de los camareros quedaron pronto relegados a un segundo plano. Mi prioridad pasó a ser engullir cuanto antes la comida para volver a mi compartimento y librarme de aquella ingrata compañía.
Lo encontré con las cortinillas corridas y la cama preparada, dispuesto todo para la noche. El tren quedaría poco a poco apaciguado y silencioso; sin darnos cuenta casi, dejaríamos Portugal y cruzaríamos la frontera. Caí entonces en la cuenta de la falta de sueño que llevaba acumulada. La madrugada anterior la pasé casi en blanco transcribiendo mensajes, la anterior a la anterior la dediqué a visitar a Rosalinda. Mi pobre cuerpo necesitaba un respiro, así que decidí acostarme inmediatamente.
Abrí el equipaje de mano, pero no tuve tiempo de sacar nada de él porque una llamada a la puerta me obligó a parar.
–Billetes -oí. Abrí cautelosa y comprobé que era el revisor. Pero, sin él saberlo probablemente, me di cuenta también de que no estaba solo en el pasillo. A espaldas del concienzudo ferroviario, apenas a unos metros de distancia, distinguí dos sombras tambaleándose al ritmo del movimiento del tren. Dos sombras inconfundibles: las de los hombres que me habían importunado durante la cena.
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