Dueñas, María - El tiempo entre costuras

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Charlamos un rato más: de Lisboa y Madrid; de esto, aquello y lo de más allá, pisando un terreno seguro siempre. Cuando estaba a punto de marcharme, sin embargo, su habitual discreción le jugó una mala pasada.

–Sé que no soy quién para meterme en tu vida a estas alturas, Sira, pero…

Me giré y le di un abrazo.

–Gracias por todo. El martes te enterarás.

68

Macus apareció a la hora convenida. Le había dejado un mensaje en su hotel y, tal como supuse, lo recibió sin problemas. Él no tenía idea de a quién correspondía aquella dirección: tan sólo sabía que yo le estaría esperando. Y allí estuve, efectivamente, con un vestido de crepe de seda rojo, deslumbrante hasta los pies. Maquillada a la perfección, con mi largo cuello desnudo y el pelo oscuro recogido en un moño alto. A la espera.

Llegó impecable en su esmoquin, con la pechera de la camisa almidonada y el cuerpo curtido en mil aventuras a cuál más inconfesable. O, al menos, así había sido hasta entonces. Salí yo misma a abrirle nada más oír el timbre. Nos saludamos escondiendo a duras penas la ternura, cercanos el uno al otro, casi íntimos por fin después de su última marcha precipitada.

–Quiero presentarte a alguien.

Agarrada a su brazo, le arrastré hasta el salón.

–Marcus, éste es Gonzalo Alvarado. Te he hecho venir a su casa porque quiero que sepas quién es él. Y quiero también que él sepa quién eres tú. Que quede claro ante sus ojos quiénes somos los dos.

Se saludaron con cortesía, nos sirvió Gonzalo una copa y charlamos los tres sobre trivialidades a lo largo de unos minutos hasta que la sirvienta, oportunamente, requirió al anfitrión desde la puerta para que atendiera una llamada de teléfono.

Nos quedamos solos, una pareja ideal a primera vista. Para percibir otra cosa, sin embargo, habría bastado con que alguien hubiera oído el murmullo ronco que Marcus volcó en mi oído sin apenas despegar los labios.

–¿Podemos hablar en privado un momento?

–Por supuesto. Ven conmigo.

Le conduje hasta la biblioteca. El retrato majestuoso de doña Carlota seguía presidiendo la pared tras el escritorio, con su tiara de brillantes que una vez fue mía y después dejó de serlo.

–¿Quién es el hombre que acabas de presentarme, por qué tienes interés en que sepa de mí? ¿Qué encerrona es ésta, Sira? – preguntó agrio en cuanto quedamos aislados del resto de la casa.

–Una que yo he preparado especialmente para ti -dije sentándome en uno de los sillones. Crucé las piernas y extendí el brazo derecho sobre el respaldo. Cómoda y dueña de la situación, como si llevara la vida entera montando emboscadas como aquélla-. Necesito saber si me conviene que sigas en mi vida, o si es mejor que no volvamos a vernos más.

Mis palabras no le hicieron la más mínima gracia.

–Esto no tiene ningún sentido, creo que es mejor que me vaya…

–¿Tan pronto te rindes? Hace sólo tres días parecías estar dispuesto a pelear por mí. Me prometiste que lo harías a cualquier precio: dijiste que ya me habías perdido una vez y no ibas a dejar que ocurriera lo mismo de nuevo. ¿Tan pronto se te han enfriado los sentimientos? ¿O tal vez me estabas mintiendo?

Me miró sin hablar, manteniéndose de pie, tenso y frío, distanciado.

–¿Qué quieres de mí, Sira? – dijo por fin.

–Que me aclares algo acerca de tu pasado. A cambio, sabrás todo lo que tienes que saber de mi presente. Y, además, recibirás un premio.

–¿Qué cosa de mi pasado estás interesada en conocer?

–Quiero que me cuentes a qué fuiste a Marruecos. ¿Quieres tú saber cuál puede ser tu premio?

No respondió.

–El premio soy yo. Si tu respuesta me satisface, te quedas conmigo. Si no me convence, me pierdes para siempre. Tú eliges.

Quedó callado otra vez. Después se acercó lentamente.

–¿Qué más te da a ti a estas alturas a qué fui yo a Marruecos?

–Una vez, hace años, abrí mi corazón a un hombre que no mostró su rostro verdadero, y me costó un esfuerzo infinito cerrar las heridas que me dejó en el alma. No quiero que contigo me pase lo mismo. No quiero más mentiras ni más sombras. No quiero más hombres disponiendo de mí a su antojo, alejándose y acercándose sin aviso aunque sea para salvarme la vida. Por eso necesito ver todas tus cartas, Marcus. Ya he levantado algunas yo misma: sé para quién trabajas y sé que no te dedicas precisamente a los negocios, como sé que tampoco antes te dedicabas al periodismo. Pero aún necesito llenar otros huecos de tu historia.

Se acomodó por fin sobre el brazo de un sofá. Dejó una pierna apoyada en el suelo y cruzó la otra sobre ella. La espalda recta, el vaso aún en la mano, el gesto contraído.

–De acuerdo -accedió tras unos segundos-. Estoy dispuesto a hablar. A cambio de que tú también seas sincera conmigo. Del todo.

–Después, te lo prometo.

–Dime entonces qué sabes ya de mí.

–Que eres miembro del servicio de inteligencia militar británica. El SIS, el MI6, o como prefieras llamarle.

La sorpresa no asomó a su cara: probablemente en su día le entrenaron a conciencia para esconder emociones y ocultar sentimientos. No como a mí. A mí no me instruyeron en nada, ni me prepararon, ni me protegieron: a mí simplemente me arrojaron desnuda a un mundo de lobos hambrientos. Pero iba aprendiendo. Sola y con esfuerzo, tropezando, cayendo y volviéndome a levantar; echando siempre a andar de nuevo: primero un pie, luego el otro. Cada vez con el paso más firme. Con la cabeza alta y la vista hacia adelante.

–Ignoro cómo has obtenido esa información -replicó tan sólo-. En cualquier caso, da igual: supongo que tus fuentes son fiables y no tendría sentido negar lo evidente.

–Pero aún me faltan por saber algunas cosas más.

–¿Por dónde quieres que empiece?

–Por el momento en que nos conocimos, por ejemplo. Por las razones verdaderas que te llevaron a Marruecos.

–De acuerdo. La razón fundamental era que en Londres tenían un conocimiento muy escaso de lo que estaba ocurriendo dentro del Protectorado y varias fuentes informaban de que los alemanes se estaban infiltrando a sus anchas con la aquiescencia de las autoridades españolas. Nuestro servicio de inteligencia apenas poseía información sobre el alto comisario Beigbeder: no era uno de los militares conocidos, no se sabía cómo respiraba ni cuáles eran sus proyectos o perspectivas y, sobre todo, ignorábamos su posición ante los alemanes que supuestamente hacían y deshacían con toda libertad en el territorio a su cargo.

–¿Y qué descubriste?

–Que, como preveíamos, los alemanes se movían a su antojo y operaban como les venía en gana, a veces con su consentimiento y a veces sin él. Tú misma me ayudaste en parte a obtener esa información.

Obvié el apunte.

–¿Y sobre Beigbeder? – quise saber.

–Sobre él averigüé lo mismo que tú sabes también. Que era, y supongo que sigue siendo, un tipo inteligente, distinto y bastante peculiar.

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