Sentamos al cadáver en la correcta posición del loto y enviamos a buscar a los que preparan los restos mortales, y también llamamos a otros lamas para que continuasen comunicándose telepáticamente con el espíritu que acababa de marcharse. Durante tres días continuó esto, turnándose los lamas. En la mañana del cuarto día llegó uno del Ragyab. Venía de la Colonia de los Descuartizadores de los Muertos, situada donde la carretera de Lingkhor entronca con el Dechhen Dzong. Con su llegada los lamas dieron por terminadas sus instrucciones telepáticas y el Descuartizador se hizo cargo del cadáver. Le hizo adoptar la forma de un círculo y lo envolvió con un paño blanco. Balanceándolo suavemente se cargó el bulto a las espaldas y se marchó. Fuera tenía un yak. Sin vacilar colocó el cadáver sobre los lomos del animal y emprendió con él la marcha. En el lugar donde eliminaba a los cuerpos el Transportador entregaría su carga a los Descuartizadores.
El «lugar» era una desolada extensión de terreno en la que sobresalían enormes «jorobas» y en la que había una gran losa de piedra. En las cuatro esquinas de la losa había unos agujeros abiertos en la piedra y en ellos, clavados, unos postes. Otra losa de piedra tenía también agujeros, pero sólo hasta la mitad del grosor de la piedra.
El cadáver era colocado sobre la losa. Se le quitaba el sudario. Las piernas y los brazos quedaban atados a los cuatro postes. Entonces el jefe de los Descuartizadores sacaba un gran cuchillo y hacía en el cuerpo largos cortes para luego poder «pelar» la carne en largas tiras. Después cortaba los brazos y las piernas para separarlas del tronco. Finalmente, cortaba la cabeza y la abría.
En cuanto veían llegar al yak con su fúnebre carga, los buitres descendían de las alturas y se posaban en las rocas para esperar pacientemente.
Parecían espectadores en un teatro al aire 1ibre. Estos pajarracos observan una estricta ordenación social, y el menor intento por alguno de ellos, más audaz, de adelantarse a los dirigentes, producía una especie de motín para castigar al transgresor.
Después de realizar las operaciones que he descrito, el Descuartizador abría el tronco del cadáver. Metiendo en él las manos extraía el corazón, a cuya vista el jefe de los buitres caía en picado, como uno de esos modernos aviones que luego había yo de conocer, y se llevaba el corazón que le ofrecía el Descuartizador en sus manos abiertas. El buitre que le seguía en categoría descendía a recoger el hígado y se retiraba con él a una roca para co mérselo. Los riñones, los intestinos eran repartidos entre los buitres dirigentes.
Luego se cortaban en trozos pequeños las tiras de carne para dárs elas a los buitres del «pueblo». A uno de los pajarracos le tocaba medio cerebro y un ojo, a otro la restante mitad del cerebro y otro ojo, y a cada uno de ellos algún pedazo. En poquísimo tiempo -es increíble el poco tiempo que bastaba- habían sido devorados todos los órganos y la carne toda, no quedando sobre la losa más que los huesos pelados. Entonces se machacaban éstos con pesadas mazas hasta pulverizarlos. ¡A los buitres les gusta mucho ese polvo!
Estos Descuartizadores eran gente de extraordinaria habilidad. Les enorgullecía su oficio y sólo por pura afición examinaban todos los órganos para averiguar la causa de la muerte. Una larga experiencia les permitían hacer esto con notable precisión. En realidad, no había un motivo serio que justificase este interés, pero constituía para ellos una tradición indagar la enfermedad por la cual «abandonaba el espíritu su vehículo». Por supuesto, si una persona había sido envenenada -intencionada o accidentalmente- se descubría infaliblemente. El tiempo que pasé estudiando con ellos me fue de gran provecho en mi carrera. Tardé muy poco en aprender a disecar cadáveres. El jefe de los Descuartizadores se colocaba a mi lado y me iba indicando todo lo que merecía mi atención. Por ejemplo, me decía: «Este hombre, mi Honorable Lama, ha muerto de una obstrucción circulatoria.
Vamos a cortarle esta arteria… Aquí está, es un coágulo que impedía pasar a la sangre.» O bien: «Esta mujer, mi Honorable Lama, según me parece a primera vista, debe de haber muerto de alguna deficiencia en una glándula.
Veamos.» El hombre hacía varios cortes con su cuchillo en la carne de la mujer y por fin encontraba la confirmación de sus primeras impresiones.
Para ellos era una satisfacción poderme enseñar cuanto sabían. Estaban enterados de que yo practicaba con ellos por orden directa del Más Profundo. Si yo no estaba allí y recibían un cadáver que presentaba un interés especial desde el punto de vista médico, me avisaban y no lo «desmenuzaban» hasta que yo llegara.
Pude examinar centenares de cadáveres y nada tiene de extraño que dominase luego la cirugía. El cuerpo humano me resultaba tan conocido por dentro como por fuera. Este procedimiento es infinitamente más eficaz que el habitual en las Facultades de Medicina occidentales, donde varios estudiantes han de distribuirse un cadáver en las salas de disección. Estoy plenamente convencido de que aprendí más ciencia médica – sobre todo más práctica- con los Descuartizadores que, más tarde, en una escuela médica equipada con todos los últimos adelantos.
En el Tíbet los cadáveres no pueden ser enterrados. Costaría muchís imo trabajo a causa de lo muy rocoso que es nuestro suelo y de la fina capa de tierra que lo cubre. Tampoco es factible la cremación, por motivos económicos. Escasea la leña, y para quemar un cuerpo humano tendríamos que encargarnos del transporte a lomos de yaks y a través de altísimas montañas.
Costaría un dineral. Tampoco podemos utilizar el procedimiento de arrojar los cadáveres al agua, ya que la corrupción de éstos infectaría el agua de los ríos que han de beber los vivos. De manera que sólo nos queda un medio: hacerlos desaparecer por el aire gracias a la colaboración de los buitres, que se comen, no solamente la carne, sino también los huesos convenientemente pulverizados Nuestro sistema se diferencia del occidental sólo en dos cosas los occidentales entierran a sus muertos y dejan que se los coman los gusanos en vez de los buitres; y en segundo lugar, en Occidente se entierra, a la vez que el cuerpo humano, la posibilidad de conocer la causa de la muerte. Nadie puede estar seguro de que los certificados de defunción que extienden los médicos expresen la verdadera causa de la muerte. En cambio, nuestros Descuartizadores tienen siempre buen cuidado de cerciorarse de qué ha muerto una persona.
Todos los ciudadanos del Tíbet «desaparecen» del modo que he explicado, excepto los lamas de más elevada categoría que son Encarnaciones Anteriores. A éstos se les embalsama y se les coloca en un ataúd con tapa de cristal para exhibirlos luego en un templo, o bien se les embalsama y se les recubre de oro. Esté último procedimiento es de un gran interés. Yo intervine muchas veces en esas operaciones. Ciertos norteamericanos que han leído mis notas sobre este asunto no pueden creer que empleásemos de verdad oro; dicen que «ni siquiera los norteamericanos, con toda su técnica, podrían hacerlo». Desde luego, reconozco que no era nuestra especialidad la producción en masa, sino que trabajábamos como artesanos. No podíamos fabricar ni un solo reloj que valiese un dólar. En cambio, éramos capaces de recubrir de oro un cadáver.
Una tarde me llamaron de parte del Abad, que me habló así:
– Una Encarnación Anterior está a punto de abandonar su cuerpo. Está en la Valla de la Rosa. Quiero que vayas para que puedas presenciar su Conservación en lo Sagrado.
Así que de nuevo tuve que sufrir las incomodidades de un viaje a caballo hasta Sera. En esta lamasería me llevaron enseguida a la habitación del anciano abad. Sus colores áuricos estaban a punto de extinguirse y sólo tardó una hora en convertirse en espíritu puro. Por ser abad y un sabio notable, no era necesario enseñarle el camino que había que emprender por el Bardo. Tampoco era preciso que esperásemos los tres días de siempre. Dejamos al cadáver sentado en la actitud del loto durante aquella noche mientras los lamas lo velaban.
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