Antes de seguir contando lo referente a la eliminación de los cadáveres quizá sea conveniente escribir algo más sobre los puntos de vista tibetanos sobre la muerte. Nuestra actitud en esto es completamente distinta de la de los pueblos occidentales. Para nosotros un cuerpo no es más que una cáscara o caparazón, mero material envolvente del espíritu inmortal. Para nosotros un cadáver vale menos que un traje viejo y gastado. En el caso de que una persona muera normalmente, es decir, no a consecuencia de un acto violento inesperado -accidente o no-, consideramos que se produce el siguiente proceso: el cuerpo está ya defectuoso, estropeado, enfermo y se ha hecho tan incómodo para el espíritu que ya éste no puede aprender más.
Así, ha llegado la hora de desechar esa cubierta, ese cuerpo. Paulatinamente se va retirando el espíritu y se exterioriza fuera de la carne. La forma del espíritu es exactamente del mismo perfil que su versión material y puede ser vista con toda claridad por una persona clarividente. En el momento de la muerte el Cordón que une el cuerpo físico con el espiritual se debilita y acaba partiéndose. Entonces el espíritu se suelta y se va a la deriva. Esto es lo que llamamos muerte. Pero a la vez se produce un nacimiento a una nueva vida, pues el Cordón es semejante al cordón umbilical que debe ser cortado para lanzar a una criatura recién nacida a una existencia propia. En el momento de la muerte se extingue en la cabeza el brillo o relumbre de la fuerza vital. Este relumbre puede ser visto también por un clarividente. Decimos que el cuerpo tarda en morir tres días. Se requiere ese tiempo para que cese toda actividad física y el espíritu, alma, ego, o yo, se libere por completo de su envoltura carnal. Creemos que existe un doble etéreo formado durante la vida del cuerpo. Este doble puede convertirse en un fantasma.
Probablemente todos ustedes habrán mirado fijamente a una luz intensa y al volver la cabeza han seguido viendo la misma luz durante un rato.
Estimamos que la vida es eléctrica, un campo de fuerzas, y el doble etéreo que permanece después de la muerte es semejante a la luz que vemos después de mirar a un foco real; o sea, en términos eléctricos es como un fuerte campo magnético residual.
Si el cuerpo tiene poderosas razones para adherirse a la vida, entonces se intensifica el doble etéreo hasta formar lo que se conoce corrientemente por un fantasma y vagará por los sitios que le son familiares. Por ejemplo, un avaro puede tener tal apego a sus sacos de dinero que todo su ser esté concentrado en ello. Lo más probable es que muera pensando con terror en lo que irá a ser de su dinero y, de este modo, en el momento de su muerte se fortalece su «personalidad etérea». El feliz heredero de los sacos de dinero se sentirá muy inquieto durante las noches. Dirá que «el viejo Fulano de Tal está rondando su dinero». Y tiene razón: es muy probable que el fantasma de Fulano de Tal esté furioso por que sus manos (espirituales) no puedan apoderarse de ese dinero.
Hay tres cuerpos básicos: el cuerpo carnal, en el cual aprende el espíritu las arduas lecciones de la vida; el cuerpo etéreo o magnético, que nos vamos haciendo cada uno de nosotros con nuestras ambiciones y nuestras pasiones de toda clase; y, por último, un tercer cuerpo, el puramente espiritual, el «alma inmortal». Tal es nuestra creencia lamaísta y no, necesariamente, la creencia budista ortodoxa. Una persona que muere tiene que pasar por tres etapas: hay que eliminar su cuerpo físico, tiene que disolver se su doble etéreo y su espíritu ha de ser ayudado para que encuentre el camino que le conducirá al mundo del espíritu. En el Tíbet auxiliamos al hombre con miras a su muerte antes de que ésta ocurra. El adepto no necesita estos auxilios, pero el hombre o mujer ordinarios -o sea los trappa- han de ser guiados en todas esas etapas. Puede resultar interesante la descripción de todo esto.
Un día, el Honorable Maestro de la Muerte me mandó llamar y me dijo:
– Ha llegado la hora de que estudies los métodos prácticos para liberar el alma, Lobsang. Me acompañarás.
Anduvimos por largos pasillos, descendimos por resbaladizos escalones y por fin llegamos a donde se alojaban los trappas. Allí, en un «hospital», un anciano monje estaba a punto de emprender el camino que todos debemos tomar antes o después. Había tenido un ataque y estaba muy débil.
Le faltaban las fuerzas casi por completo y en seguida vi que se le desvanecían sus colores áuricos. Había que mantenerlo consciente a toda costa hasta que le faltase por completo la vida. El lama que me acompañaba tomó entre las suyas las manos del monje y le habló cariñosamente -Te acercas, anciano, al momento en que te librarás de las penalidades de la carne. Sigue mis consejos para que puedas escoger el mejor camino, el camino más fácil. Tus pies se enfrían. Tu vi da se va escapando y se acerca el momento en que nada quede de ella en tu cuerpo. Piensa con calma, anciano, y te convencerás de que nada hay que temer. Tu vida va saliendo de tus piernas y tu vista se apaga. Y el frío trepa por tu cuerpo, siguiendo la estela que deja tu vida al marcharse. Serénate en estos últimos instantes, anciano, pues nada has de temer porque se te vaya la vida hacia la Mayor Realidad. Las sombras de la noche eterna te empañan la vista y la respiración te falla por momentos. Se acerca el instante en que tu espíritu se verá definitivamente libre para disfrutar de los placeres del otro mundo. Serénate, anciano; ha llegado el momento de tu liberación.
Mientras hablaba, el lama iba acariciando la cabeza del moribundo desde la nuca a la coronilla siguiendo un sistema que, según está bien probado, libera el espíritu sin dolor. Prosiguió hablándole en voz suave y convincente explicándole los obstáculos que encontraría en su camino y la manera de evitarlos. Le describió con toda exactitud su camino, el camino que ha sido «cartografiado» por los lamas telepáticos que han pasado al Otro Lado y que han seguido comunicándose desde allí por telepatía con sus antiguos compañeros.
– Se te apaga la vista, anciano, y te falla la respiración. Se te enfría el cuerpo y ya no oyen tus oídos los ruidos de esta vida. Serénate, anciano, y marcha en paz, porque ya está aquí la Muerte contigo. Sigue el camino que te hemos indicado y gozarás de paz y alegría.
Seguía acariciando la cabeza del anciano mientras el aura de éste se extinguía del todo. De pronto el lama emitió un sonido explosivo que forma parte de un antiquísimo ritual. Ese ruido inesperado y violento, libera del todo el espíritu, que se debilita para soltarse definitivamente del cuerpo.
La fuerza vital se había concentrado por encima del cuerpo en una móvil masa en forma de nube y se retorcía confusamente hasta formar como una esquemática reproducción del cuerpo, al que aún se hallaba sujeto por el Cordón de Plata. Poco a poco se fue adelgazando y deshilachando el Cordón y, como cuando se rompe el cordón umbilical, el anciano nació a su nueva vida. Lentamente, como una nube que se eleva en el cielo o como el humo del incienso en el templo, se fue alejando aquella forma espiritual. El lama siguió dando instrucciones, por medio de la telepatía, para guiar al espíritu en la primera etapa de su viaje.
– Estás muerto, nada tienes ya que hacer aquí, todos tus vínculos con la carne han sido cortados. Estás en el Bardo. Sigue tu camino y nosotros seguiremos el nuestro. Continúa por la senda que te hemos indicado.
Abandona por completo este Mundo de la Ilusión y penetra en la Mayor Realidad. Has muerto. Sigue tu camino.
Las nubecillas de incienso calmaban todas las inquietudes de aquella atmósfera con sus suaves vibraciones. A lo lejos se oían tambores con sus apagados redobles. En lo alto de la terraza de la lamasería una trompeta de bajos tonos enviaba al campo su sereno mensaje funerario. Y por los corredores nos llegaban los sonidos normales de esta vida, el suave roce de las botas de fieltro, los mugidos de algún yak, ruido de conversaciones… Pero en esta pequeña habitación había un silencio total, el silencio de la muerte, sólo interrumpido por el murmullo de las instrucciones telepáticas que el lama seguía enviando. Otra muerte, otro anciano que había emprendido la eterna rueda de las existencias, quizás aprovechando lo que había aprendido en esta vida, pero obligado a proseguir hasta que alcanzase la budeidad mediante un larguísimo esfuerzo.
Читать дальше