Ayn Rand - Los que vivimos
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– Es un viaje de casi toda la noche -añadió sin mirarla el gigante rubio.
Kira asintió con la cabeza.
– ¡Tan joven! -murmuró moviendo la cabeza una de las mujeres, y suspiró.
Cuando llegó el momento de partir, el hombre abrió la puerta contra un viento helado que ululaba en medio de la oscuridad y murmuró entre sus barbas:
– Ande usted cuanto pueda, y cuando vea un centinela échese al suelo y arrástrese.
.-Gracias- susurró Kira mientras la puerta se cerraba tras ella.
La nieve le llegaba a las rodillas y cada paso parecía una caída hacia adelante, mientras mantenía con su mano cerrada la falda de encaje. A su alrededor, un azul que no era azul, un color que no era color, algo que parecía no haber existido jamás, se extendía hasta el infinito. A veces le parecía estar muy alta, sobre un círculo llano; otras veces creía que aquella blancura era una alta muralla que se cerraba sobre su cabeza.
El cielo era bajo, con manchas grises y negras y de vez en cuando listas azules que nadie hubiera recordado haber visto jamás a la luz del día, o puntos que ni tenían color ni eran tampoco simples rayos de luz. Kira, para no verlo, inclinaba la cabeza hacia el suelo.
Ante ella no había luces; sabía, sin necesidad de volver la cabeza, que las que había dejado tras sí habían desaparecido desde hacía mucho tiempo. No llevaba nada. Había dejado la maleta y los vestidos viejos en el pueblo; si lograba pasar al otro lado, le bastaría con el pequeño fajo de billetes que llevaba cosido en el forro de su chaqueta, que de vez en cuando tocaba cautelosamente. Las rodillas le dolían de la tensión de los músculos, como si llevase rato subiendo una escalera interminable. Estudiaba su dolor con curiosidad, como si fuera algo exterior a ella. En el rostro, le parecía sentir clavarse agudos alfileres; inútilmente intentaba frotarse las mejillas con sus guantes blancos.
Sólo oía el ligero crujir de la nieve bajo sus botas. Intentaba caminar más de prisa, no oír el rumor de sus pies, aislarse de lo desconocido que la rodeaba.
Sabía que debía andar durante horas; pero en medio de aquel desierto no había horas, no había más que pasos, pasos de unos pies que se hundían profundamente en una nieve sin fin. No debía pensar más que en que tenía que andar. Debía dirigirse hacia el Oeste; he aquí el problema fundamental. Pero ¿acaso tenía problema alguno? ¿Tenía alguna pregunta que formular? En todo caso, al otro lado de la frontera encontraría la respuesta. No debía pensar. Sólo tenía que salir del país; luego ya vería. Dentro de los guantes blancos, los dedos le dolían. Sentía sus huesos crispados, sus junturas cerradas como una tenaza. Debía de ser el frío -pensaba, y confusamente se preguntaba si haría mucho frío aquella noche.
Densas nubes de nieve pulverizada se levantaban en el viento y corrían por el cielo lejano. Kira veía encima de su cabeza líneas negras, y granitos brillantes como de níquel que centelleaban entre las nubes. Ella se inclinaba más para no ser vista. Había algo que le dolía en la cintura, como si cada paso empujase su espina dorsal hacia adelante, y sentía palpitar su corazón como si fuera a estallar junto a su espalda.
De vez en cuando palpaba el fajo de billetes, debajo de la chaqueta. Debía vigilar para no perderlo. Aquella bolsita y sus piernas eran en aquel momento las únicas cosas que le importaban en el mundo. Cuando veía un árbol -alta pirámide de un abeto irguiéndose súbitamente en medio de la nieve-, se detenía y permanecía por un momento sin aliento, con las rodillas dobladas, agazapada como un criminal en peligro, con todos los nervios en tensión. No oía nada. Debajo de las ramas no se movía nada. Kira seguía su camino, sin saber por cuánto tiempo se había detenido. No sabía si adelantaba; tal vez no hacía más que dar vueltas a un mismo punto. En la inmensidad del blanco desierto que la rodeaba no había ningún cambio. ¿Acaso cambiaría jamás? Era como una hormiga que se arrastrase por una mesa blanca, dura y brillante. A veces abría los brazos y volvía la vista a su alrededor, hacia la oscuridad del cielo, hacia la blancura de la tierra, y se preguntaba si en el mundo no habría realmente espacio para ella, si habría verdaderamente alguien que quisiera clavarse los pies en un sitio determinado. Pero ya lo había olvidado todo: sólo sabía que tenía que seguir andando.
Sus piernas ya no eran suyas. Se movían debajo de ella como una rueda, como palancas que se levantasen y se bajasen en un ritmo que repercutía por todo su ser como algo extraño a ella. De pronto, se dio cuenta de que no estaba cansada, de que estaba libre y podía seguir andando durante años. Y luego sintió, de pronto, un agudo dolor en medio de la espalda y vaciló; luego, una pierna rígida volvió a levantarse y a posar el pie en el suelo, y Kira echó a andar de nuevo, inclinada, con los brazos junto al pecho hecha un ovillo, como si quisiera ahorrar esfuerzo a sus piernas.
En algún punto estaba la frontera, y había que atravesarla. De golpe, se le ocurrió pensar en un restaurante alemán que había visto una vez en el cine: sobre la puerta de entrada había un cartel en letras blancas, muy sencillas que ponía: "Café Diggy-Daggy". En el país que abandonaba no había cafés como aquél, cafés aseados y relucientes, con un piso brillante como el de un salón de baile. E inconscientemente, sin oírlo, iba repitiendo como una plegaria: "Cafés Diggy-Daggy… Café… Dig… gy… Dag… gy…", intentando andar al ritmo de las sílabas. Ya no necesitaba mandar a sus piernas que corriesen; corrían por instinto, como un animal que huyese del acoso de los cazadores, con el afán desesperado de salvar su vida. Sus labios helados murmuraban: -Eres un buen soldado, Kira Argounova, eres un buen soldado…
Ante ella, la nieve azulada se levantaba confusamente, en suaves ondulaciones. Al acercarse, las ondulaciones no cambiaban, sino que seguían rígidas, como colinas en medio de la oscuridad. Blancos conos de negros puntos se erguían sobre el cielo. Luego, Kira vio una figura oscura que se movía en línea recta a través de las colinas, a través del horizonte. Vio sus piernas que se abrían y se cerraban como tijeras; vio una negra bayoneta que brillaba sobre el fondo oscuro del cielo.
Se tendió de bruces en el suelo. Vagamente, como bajo la influencia de un anestésico, sintió que la nieve helada le mordía las muñecas por debajo de las mangas del abrigo y entraba en sus botas. Pero se quedó quieta, con el corazón latiendo contra la nieve. Luego levantó un poco la cabeza y empezó a arrastrarse lentamente sobre el vientre, con la barbilla a ras del suelo. Se detuvo un momento; luego volvió a arrastrarse.
El ciudadano Iván Ivanovitch tenía seis pies de altura, una boca muy grande y una nariz muy corta, y cuando estaba perplejo tenía la costumbre de rascarse el pescuezo y guiñar un ojo. El ciudadano Iván Ivanovitch había nacido en 1900, en un sótano de un sórdido callejón de la ciudad de Vitebsk. Era el noveno hijo de la familia, y a los seis años había tenido que empezar a trabajar de aprendiz de zapatero. Su patrono le pegaba con una correa y le alimentaba de gachas. Tenía diez años cuando logró hacer por sí sólo su primer par de zapatos: se los puso con orgullo, y se paseó muy ufano de sentirlos crujir. Este era el primer gran recuerdo del ciudadano Iván Ivanovitch.
A los quince años sedujo a la hija del droguero vecino. La había llevado a una cuadra desierta. Ella no tenía más de doce años y un pecho plano como el de un muchacho, y había gritado desesperadamente. Pero Iván Ivanovitch le dio quince copecs y una libra de azúcar cande, y le hizo prometer que no diría nada a nadie. Este era el segundo gran recuerdo del ciudadano Iván Ivanovitch. A los dieciséis años hizo el primer par de botas para un general; lo limpió con todo esmero, escupiendo en la franela con que lo frotaba, y luego fue él mismo a llevárselo al general, que le dio un rublo de propina y una palmada en el hombro. Este era su tercer gran recuerdo.
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