Boris Vian - El Lobo-Hombre

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El protagonista es un lobo, pero no un lobo cualquiera, sino un lobo pacífico y culto.
Este lobo, llamado Denís, vive en los alrededores de París, sabe leer, y no mata para comer, sino que es vegetariano. De vez en cuando roba una botella de leche de un repartidor, pero le desagrada enormemente, por ser de origen animal. El caso es que le gusta observar a los humanos, y colecciona todo aquello que tenga relación con ellos: neumáticos, ropa, libros…
Muchas veces ha observado cómo las parejas buscan lugares solitarios para poder estar tranquilas en `sus asuntos`, y Denis se marcha recatadamente para no molestar. Un día se acerca a los alrededores de un bar y ve cómo el `Mago del Siam` (Siam es una especie de juego en Francia) sale en compañía
de una joven, para… en fin, os imagináis para qué, ¿no? Pues bien, en eso que Denís les está mirando, el mago se da cuenta, y se lanza tras él, arreándole un mordisco a nuestro pobre lobo.
A partir de ahí, a Denís le sucede algo muy extraño. Durante las horas diurnas de aquellos días en los que hay luna llena, Denís se transforma en humano. Cuando descubre esto, decide sacarle partido, y en su primer día como humano se viste con las ropas que había ido recogiendo con su forma lupina, y se dirige a París, donde compra una bicicleta para desplazarse. Entra en un restaurante para comer, y allí conocerá a una muchacha, con la que finalmente se irá a su hotel y mantendrán una apasionada relación. Pero lo que Denís interpreta como algo sin importancia, para la muchacha es un negocio, e intenta cobrarle a Denís sus servicios.

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– Bueno, ya está -murmuró el joven-. He mantenido la palabra empeñada.

Una masa contundente se estrelló de improviso sobre su sien, haciéndole derrumbarse sin sentido.

El agente F-5 emitió un silbido casi imperceptible. Una canoa se aproximó al lugar.

– Súbelo a bordo -dijo-. Este cerdo me ha evitado un desagradable trabajito.

El hombre de la canoa tiró del cuerpo del aprendiz.

– Una inyección de N.R.F. [15]-continuó el otro-, y lo devolvemos a casita.

Registraron el cuerpo inerte. La herida había dejado de sangrar. Uno de ellos recogió el arma y la arrojó lo más lejos que pudo.

La billetera, el cinturón. Había que deshacerse también de todo aquello. A continuación, empujaron el cuerpo hacia la orilla. Era preciso que alguien llegase a dar con él. F-5 tenía necesidad de cubrirse las espaldas con relación a Mackinley.

El zumbido de la pequeña canoa parecía sonar con sordina. F-5 se subió a ella. El frágil casco se sumergió un poco más en el agua acusando su peso.

– Vamos -dijo-. Nos queda trabajo todavía.

La mancha negra de la embarcación desapareció entre las sombras.

(1949)

Los perros, el deseo y la muerte

Cuento publicado originalmente con el seudónimo de «Vernon Sullivan». (N. del E.)

Me han jodido… Mañana voy a la silla. Pero lo escribiré en cualquier caso, pues me gustaría dejar una explicación. El jurado, como es natural, no comprendió nada. Además, Slacks está muerta. Me resultaba difícil hablar sabiendo que no me creerían. Si Slacks hubiera podido arrojarse del coche, si hubiera podido venir a contarlo… Pero por fin todo ha terminado. Ya no hay nada que hacer. Al menos en este mundo.

Lo malo, cuando se es taxista, son las maniáticas costumbres que se adoptan. Se circula durante todo el día y, por fuerza, acaban por conocerse todos los barrios. Hay algunos que se prefieren a otros. Conozco tipos, por ejemplo, que se dejarían hacer picadillo antes de llevar a un cliente a Brooklyn. Yo los llevo de buen grado. Los llevaba, quiero decir, porque ya no podré volver a hacerlo. Sí, es cuestión de costumbre. Como ésa que me dio de pasar casi todas las noches, hacia la una, por el Three Deuces. Cierta vez llevé a ese sitio a un cliente borracho perdido. Se empeñó en que entrara con él. Cuando salí, conocía de sobra el género de chicas que en aquel antro podían encontrarse. El resto vino rodado, como podrán comprobar por ustedes mismos…

Todas las noches, entre la una menos cinco y la una y cinco, pasaba por el lugar. Ella salía mas o menos a esa hora. En el Deuces actuaban cantantes con mucha frecuencia, y yo sabía quién era ella. La llamaban Slacks porque llevaba pantalones más a menudo que cualquier otro tipo de indumentaria [16]. Después los periódicos dijeron también que era lesbiana. Casi siempre salía acompañada por los dos mismos fulanos, su pianista y su contrabajo, y se metían los tres en el coche del primero. Hacían un pase por otro antro, como diversión, y regresaban más tarde al Dcuces para acabar la noche. Esto lo supe más tarde.

Nunca permanecía demasiado tiempo allí. No podía conservar libre mi taxi durante todo el rato ni tenerlo estacionado demasiado tiempo. Siempre había más clientes en aquel lugar que en ningún otro sitio del recorrido habitual.

Pero, en la noche de la que hablo, tuvieron una agarrada entre los tres que resultó cosa seria. Ella le atizó al pianista un soberano puñetazo en el rostro. Tenía la mano singularmente pesada la maldita. Lo tiró al suelo con tanta facilidad como lo hubiese hecho un poli. Desde luego, él iba bastante bebido, pero aunque hubiera estado sobrio creo que se habría caído. Sólo que, borracho como una cuba, quedó tendido en la acera, mientras que el otro intentaba reanimarle arreándole bofetadas tales como para arrancarle la cocotera. No pude ver el final porque la chica optó por largarse. Abrió la portezuela del taxi y se sentó a mi lado, en el traspontín. Después encendió un mechero, y se puso a contemplarme colocándomelo debajo de las narices.

– ¿Quiere que encienda la luz?

Contestó que no, y apagó el mechero. Nos pusimos en marcha. Un poco más lejos, después de haber girado en York Avenue, le pregunté la dirección, pues me di cuenta de que todavía no me había dicho nada.

– Todo recto.

A mí me daba lo mismo, claro está; el contador estaba funcionando. Así que continué recto. A esa hora sigue habiendo gente en los barrios de las boîtes , pero en cuanto se deja el centro, se acabó: las calles están desiertas. Nadie lo cree, pero pasada la una, es peor que los suburbios. Algunos coches solamente, y un tipo de vez en cuando.

Después de la idea de sentarse a mi lado, no cabía esperar gran cosa de la normalidad de la chica. La veía de perfil. Tenía el pelo negro llegándole hasta los hombros, y el tono de piel tan pálido que le daba aspecto casi enfermizo. Los labios pintados de un rojo casi negro, daban a su boca la apariencia de una oscura madriguera. El coche seguía su camino. Por fin se decidió a hablar.

– Déjeme conducir.

Paré el automóvil. Estaba decidido a no llevarle la contraria. Había visto la manera en que acababa de poner fuera de combate a su amigo, y no me apetecía en absoluto tener que vérmelas con una hembra como aquélla. Me disponía a echar pie a tierra cuando me agarró por el brazo.

– No merece la pena. Pasaré por encima de usted. Haga sitio.

Se sentó primero sobre mis rodillas y, a continuación, se deslizó a mi izquierda. Era de carnes firmes como una barra de hielo pero su temperatura era muy otra.

Se dio cuenta de que la cosa me había afectado; se puso a sonreír, pero sin malicia. Tenía aspecto de estar casi contenta. Cuando arrancó, pensé que la caja de velocidades de mi viejo cacharro iba a explotar. Nos hundimos como veinte centímetros en los respectivos asientos, tan brutal fue su manera de poner el coche en marcha.

Nos acercábamos a la parte del Bronx después de haber atravesado Harlem River, y seguía pisando el acelerador como una loca. Cuando me movilizaron tuve ocasion de ver conducir en Francia a determinados fulanos. Desde luego sabían darle marcha a un automóvil, pero, aun así, no lo castigaban ni la cuarta parte que aquella furia con pantalones. Los franceses se limitan a ser peligrosos. Ella era un cataclismo. Sin embargo, yo seguía sin decir nada.

¡Oh, el asunto les hace sonreír! Seguramente piensan que con mi estatura y mis músculos habría podido poner en su sitio a la damisela. Pero no, tampoco ustedes lo hubieran intentado después de ver la boca de aquella chica y el aspecto de su cara al volante del coche. Pálida como un cadáver, y aquel agujero negro… La miraba de reojo sin decir ni pío y procuraba estar atento al mismo tiempo. No me hubiese gustado nada que un poli nos hubiera visto a los dos en el asiento de delante.

Como ya he dicho, tampoco podrían ustedes creer la poca gente que se ve a partir de determinada hora en una ciudad como Nueva York. La chica daba una vuelta tras otra metiéndose por no importa qué calle. Circulábamos manzanas enteras sin encontrar ni un gato y, de vez en cuando, distinguíamos a uno o dos individuos. Un mendigo, en ocasiones una mujer y personas que regresaban de su trabajo. Hay tiendas que no cierran antes de la una o las dos de la madrugada y otras que incluso permanecen abiertas toda la noche. Cada vez que veía un fulano sobre la acera de la derecha, la chica daba un volantazo y procuraba pasar rozando el bordillo, lo más cerca posible del individuo en cuestión. Antes de llegar a su altura frenaba un poco. Después, daba un acelerón justo en el momento de pasar a su lado. Yo continuaba sin decir ni mus, pero a la cuarta vez que lo hizo, le pregunté:

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