Miguel Delibes - Las Ratas

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Visión trágica y dura de un pueblo castellano, Las ratas -galardonada con el Premio de la Crítica 1962- es uno de los libros en que mejor ha reflejado Delibes el drama de la Castilla rural. En la novela, el medio geográfico y social parece determinar de modo decisivo el ser y el existir de sus criaturas, el destino parece jugar con esos personajes, pobres lugareños aferrados al terruño, vivos y elementales, que defienden rabiosamente su libertad. Entre ellos surge poderosamente la figura del Ratero, y sobre todo la del Nini, que intenta rebelarse contra la sordidez que le rodea, pero su rebeldía es callada, dulce, sin vanidad, y le levanta a la altura de símbolo: el bien contra el mal, el candor contra la astucia…

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– Aviva, Pruden, que te se quema el arroz.

Pero a media tarde irrumpió sobre el Cerro Merino una nubecilla blanca y tras ella otras nubes más densas y apelmazadas. Los hombres del pueblo no quitaban ojo al cerro y al oscurecer, Justito, el Alcalde, dio orden al Frutos de preparar los cohetes contra el nublado. A esas horas el cielo se había encapotado totalmente y el Pruden, con la Sabina, el Mamertito, el Rabino Chico y el Críspulo -el chico mayor del Antoliano- terminaban de amontonar en morenas el trigo de su parcela. Un viento cálido se desató al ponerse el sol e hizo ondear los campos sin segar y provocó violentas tolvaneras en los caminos. El cielo se mostraba cada vez más sombrío y el Nini despachó en un momento el frangollo preparado por el Ratero y se acuclilló a la puerta de la cueva. La noche se había echado de repente y la atmósfera era cada vez más pesada e irrespirable. Empero, no llovía aún, ni tronaba, y el primer resplandor del rayo asustó al chiquillo. La Fa levantó de golpe la cabeza y rutó cuando el estrépito del trueno descendió dando tumbos cárcava abajo. Un hedor a azufre se mezcló con el seco aroma del bálago y de la mies madura. El tío Ratero asomó a la boca de la cueva, miró a lo alto, a lo oscuro, y dijo:

– Buena se prepara.

Al Loy se le erizaron los pelos del espinazo y al elevarse en el cielo el primer cohete, apuntando al gran vientre tenebroso de la nube, ladró airadamente sin saber a qué. El estampido del cohete semejó al agudo grito de un niño en una acalorada discusión de adultos. Tras él, el cielo se abrió en una luz vivísima que hizo destellar la cadena de tesos como si fueran de plata. El trueno siguió a la luz sin transición y fue un trallazo fulminante y quebrado como un latigazo.

– Va a ser peor que la de San Zenón. ¿No recuerda? -dijo el Nini.

Un segundo cohete fue lanzado desde la Plaza y a éste siguieron otro y otro, sin interrupción ni método, a la desesperada. Se diría un cazador disparando chinas con un tiragomas contra una manada de elefantes. Un nuevo relámpago inundó la cuenca de una claridad lívida y al estruendo del trueno siguió el gemido del huracán barriendo los cuetos y los campos, levantando densos remolinos de polvo que se empinaban hacia el cielo, girando en espirales inverosímiles. Al ceder el viento empezaron a caer las primeras gotas; eran unas gotas prietas, turgentes, como uvas, que restallaban en la tierra reseca y al fraccionarse en minúsculas partículas, se evaporaban de nuevo sin dejar huella. Dijo el Ratero tras el Nini:

– Más vale así.

– ¿Qué vale más?

– El agua.

– ¿El agua?

– En seco sería peor.

El niño denegó con la cabeza sin cesar de mirar abajo, a las casas del pueblo:

– Será lo mismo -dijo sentenciosamente-. Tal como están los trigos será lo mismo.

Los relámpagos desgarraban el firmamento por todas partes, encadenándose en una suerte de fantástico duelo. Los truenos horrísonos del noroeste se confundían con las exhalaciones del sudeste y con el repiqueteo del pedrisco que rebotaba sobre la piel tirante del teso como palillos batientes sobre el parche de un tambor. Eran granos del tamaño de huevos de paloma, pero, pese a su volumen, el viento los arrastraba para amontonarlos allí donde un matojo o una quebrada del cueto les prestaba su abrigo.

– Se han juntado dos nublados -dijo el niño.

– Dos -respondió el Ratero.

– Como en el cincuenta y tres por San Zenón, ¿no recuerda?

– Lo mismo.

Poco a poco cedía la canícula y se elevaba de los campos castigados el tonificante vaho de la tierra húmeda. La granizada remitía a intervalos y entonces, a la cruda luz de las exhalaciones, el Nini distinguía a los hombres oscuros, como mudos muñecos, moviéndose alocadamente en la Plaza. Ya no era sólo el Frutos, sino el Justito, y el José Luis, y el Virgilio, y el Antoliano, y el Matías, y el Rabino Grande, y todos los hombres del pueblo quienes rivalizaban en lanzar al aire los cohetes en un desesperado intento por ahuyentar la amenaza. Mas los cohetes, cuando ascendían, eran una efímera estela, sin brillo ni potencia, que estallaban sordamente contra un cielo bajo y opresivo. La cuenca, en derredor, asumía una apariencia fantasmagórica a la cárdena luminosidad de los relámpagos y la torre de la iglesia, el pajero, la Cotarra Donalcio, el Pezón de Torrecillórigo, los chopos de la ribera eran, bajo aquella luz extraña, como cómplices de una turbia pesadilla. A ratos, los ramalazos de granizo formaban una cerrada cortina, tupida e impenetrable. El Nini decía:

– Es aún peor que la del cincuenta y tres.

El Ratero, inmóvil tras él, en las tinieblas replicaba:

– Peor.

La furia del cielo se desató sobre la cuenca y durante cinco horas se prolongaron las luminarias de las exhalaciones, los sordos retumbos de los truenos, el martilleo contumaz de la piedra sobre los campos. A las cuatro de la madrugada cesó repentinamente de llover y las nubes se concentraron al norte, sobre el Pezón de Torrecillórigo, y una luna alta y húmeda rasgó súbitamente los últimos flecos de la borrasca. La tierra toda que abarcaba la vista parecía cubierta de nieve y los granizos, al deshacerse en el suelo, producían un rumor viscoso, como el de los cangrejos dentro de la sera. De cuando en cuando, tras el Pezón de Torrecillórigo, aún se abría el cielo en una culebrilla incandescente, pero el retumbo del trueno tardaba ahora en llegar y era algo redondo, uniforme, sin aristas.

El Nini bajó al pueblo tan pronto amaneció. La cárcava estaba húmeda y resbaladiza y el niño se desvió por la ladera para sujetar sus pies en los tomillos. Abajo los campos parecían muertos. La huerta y los tres chopos de la ribera erguían tímidamente su patética desnudez y los graznidos de las chovas en los vanos del campanario hacían más ostensible el gran silencio. Los trigos, arracimados desordenadamente por la violencia cambiante del ciclón se acostaban mansamente sobre el lodo. A trechos, entre las espigas decapitadas, rebrillaban las charcas. Por los caminos y junto a las linderas vacían los cadáveres de los trigueros y las alondras, rígidos sobre los granos de trigo y los cascabillos desparramados. Los barbechos del Poderoso emanaban unas alacres fumarolas, como las que despedían los sembrados en los días soleados del invierno tras una noche de helada. Un pesado hedor a cieno entremezclado con el del bálago se cernía sobre los campos. Dos urracas, envalentonadas con el desastre, jugueteaban sobre el viejo potro, esponjándose al sol.

Al entrar en el pueblo, el Nini sintió el llanto resignado de las mujeres a través de los postigos. Al pie de la trasera del Pruden, medio enterrada en el cieno, había una golondrina. En el alero, asomando sus cabecitas blanquinegras por la abertura del nido, piaban incansablemente las crías. Las callejas estaban desiertas y en los relejes había más barro que en pleno invierno. En la Plaza, la señora Clo barría briosamente los dos escalones de acceso al estanco. En la tapia de adobes, bajo las bardas del corral, un cartelón de letras desiguales decía: «¡Vivan los quintos del 5ó!». El Ley se detuvo, olisqueando en el zaguán del José Luis y el Nini le silbó tenuemente. La señora Clo le vio entonces, se apoyó en la escoba y le dijo moviendo la cabeza de arriba abajo y mordiéndose el labio inferior:

– Nini, hijo. ¿Qué te parece este castigo? -Ya ve.

– ¿Es que somos tan malos, Nini, como para merecer esto?

– Eso será, señora Clo.

Frente a los establos, salpicado de barro, estaba el automóvil del Poderoso y en la misma esquina don Antero y varios desconocidos hablaban dramáticamente con los hombres del pueblo. El Justito, y el José Luis, y el Matías Celemín, y el Rabino Chico, y el Antoliano, y el Agapito, y el Rosalino, y el Virgilio se encontraban allí, los ojos patéticamente abiertos, las espaldas vencidas como bajo el peso de un enorme fardo. Y don Antero, el Poderoso, decía:

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