Miguel Delibes - Las Ratas

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Visión trágica y dura de un pueblo castellano, Las ratas -galardonada con el Premio de la Crítica 1962- es uno de los libros en que mejor ha reflejado Delibes el drama de la Castilla rural. En la novela, el medio geográfico y social parece determinar de modo decisivo el ser y el existir de sus criaturas, el destino parece jugar con esos personajes, pobres lugareños aferrados al terruño, vivos y elementales, que defienden rabiosamente su libertad. Entre ellos surge poderosamente la figura del Ratero, y sobre todo la del Nini, que intenta rebelarse contra la sordidez que le rodea, pero su rebeldía es callada, dulce, sin vanidad, y le levanta a la altura de símbolo: el bien contra el mal, el candor contra la astucia…

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– Vamos, Justo, no te hagas de rogar.

Y dijo la Dominica, la del Antoliano:

– Eso está muy feo, Justo.

Y Justo se volvió a ella:

– ¿Cuál está feo, Dominica?

Y Dominica dijo:

– Hacerse de rogar.

Entonces el Justito levantó las manos en actitud conciliadora y dijo: «Está bien». Y con afectada parsimonia se llegó al pozo, extrajo un acetre de agua y le prendió fuego. Las llamas ascendieron caracoleando hacia el alto ciclo oscurecido y el Justito sacó de lo hondo del pecho el vozarrón de Alcalde y dijo:

– ¡Amigos! De la Cotarra Donalcio al Pezón de Torrecillórigo hay un mar de petróleo aquí debajo. El Jefe lo ha dicho así. Mañana seremos ricos. Ahora sólo os pido una cosa: calma y discreción.

Un alarido de entusiasmo coreó sus palabras. Los hombres y las mujeres se estrujaban, volaban al aire las sucias boinas caponas y el Pruden se despojó de la raída americana de pana parda y brincaba sobre ella como enloquecido. De vez en cuando se apartaba y decía: «Pisa, Dominica. Debajo está la fortuna. Hay que abrigarla». Y Mamés, el Mudo, babeando se dirigió al Alcalde, como si fuera a echar un discurso, pero sólo dijo: «Je» y por la comisura de la boca le escurría una espuma amarillenta. Y volvió a repetir: «Je». Entonces la Sabina, como trastornada, voceó: «¡El Mudo ha hablado! ¡El Mudo ha hablado!». Y la señora Librada, negra y fruncida como una uva pasa, dijo: «Es un milagro. El Mudo ha hablado». Y el Virgilio, encaramado en los hombros del Malvino, chilló: «¡Frutos, los cohetes!». El Frutos, el Jurado, regresó del Ayuntamiento en un santiamén y los cohetes rasgaron las tinieblas del cielo con su estela iluminada y detonaban en lo alto con una explosión breve, como abortada. La señora Clo avanzaba hacia la Sabina a trompicones, abriéndose paso entre el gentío, pero al ver al Virgilio en los hombros del Malvino le voceó: «Baja, Virgilio. Te vas a caer». Luego le preguntó a la Sabina: «Sabina, ¿es cierto que habló el Mudo?», y la Sabina dijo: «Ha dicho `olé"; todos lo oyeron». Doña Resu, a sus espaldas, se santiguó. Tan sólo el Guadalupe y sus hombres parecían descentrados en aquella algarabía, cerrados en corro, cabizbajos. El Capataz, al fin, se abrió paso a empellones y se encaró con el Justito. Dijo oscuramente:

– ¿Y nosotros, Justo? ¿Qué vamos a sacar nosotros de todo esto?

El Alcalde exultaba. Le dijo:

– Os daremos una parte, claro. Aquí hay petróleo para todos. Os traeréis vuestras mujeres y vuestros hijos y viviréis con nosotros.

Nadie durmió aquella noche en el pueblo y, a la mañana, tan pronto se presentó el señor Gobernador con dos hombres graves y enigmáticos en el coche grande, la multitud excitada y soñolienta hizo corro en derredor de ellos. Mas cuando Justito prendió un fósforo y lo arrimó al acetre y el fósforo se apagó, se difundió en torno un murmullo de decepción. El Justito había empalidecido, pero aún insistió tres veces con el mismo resultado, hasta que, finalmente, el señor Gobernador le invitó a entrar en la casa con la herrada y los dos hombres graves y enigmáticos. Al salir, el gentío le rodeó expectante, y el señor Gobernador, a quien Justito empujaba por las posaderas, se encaramó torpemente al brocal del pozo y dijo con voz engolada:

– Campesinos: habéis sido objeto de una broma cruel. No hay petróleo aquí. Pero no os desaniméis por ello. Tenéis el petróleo en los cascos de vuestras huebras y en las rejas de vuestros arados. Seguir trabajando y con vuestro esfuerzo aumentaréis vuestro nivel de vida y cooperaréis a la grandeza de España. ¡Arriba el campo!

Nadie aplaudió. Al descender del arcén del pozo el señor Gobernador se pasó nerviosamente un pañuelo blanquísimo por la calva reluciente, propinó un golpecito amistoso al Justito y murmuró: «Lo siento». Luego levantó la voz y dijo: «De veras que lo siento». Y dirigiéndose a los dos señores graves y enigmáticos, dijo, señalándoles el automóvil: «Cuando gusten». Un mecánico uniformado les abrió la portezuela y el coche grande se perdió en el camino tras una nube de polvo.

13

Al rebasar la línea de sombra, el tío Ratero entornó los párpados, deslumbrado por los destellos del sol naciente. Desde el interior de la cueva, a contraluz, parecía más rechoncho y macizo de lo que era y su inmovilidad y la boina capona hundida hasta las orejas le daban la apariencia de una estatua. Los brazos le pendían a lo largo del cuerpo, y las manos, de dedos todos iguales como tajados a guillotina, le alcanzaban holgadamente las rodillas. Al cabo de unos segundos, el hombre abrió los ojos y posó la mirada sobre los vastos campos de cereales incendiados de amapolas. El reiterativo canto de los grillos tenía ahora un ritmo tonificante, como una energía por primera vez desplegada. Los ojos del Ratero se fueron elevando poco a poco hasta los grises tesos lejanos, como barcos con las desnudas quillas al sol y, finalmente, resbalaron por las peladas laderas hasta detenerse en el puentecillo de tablas que enlazaba la cueva con el pueblo:

– Habrá que bajar -dijo entonces con un gruñido casi inaudible.

El Nini se adelantó hasta él, seguido de los perros, y se detuvo a su lado. Sus ojos estaban aún adormilados, pero el dedo pulgar de su pie derecho acariciaba mecánicamente a la perra tuerta a contrapelo y la Fa permanecía inmóvil, complacida, mientras el Loy, el cachorro, jugueteaba alocadamente en torno suyo.

– Será peor -dijo el niño-. Desbarataremos las camadas y no adelantaremos nada.

El hombre se sonó alternativamente las ventanas de la nariz y después se pasó por ella el dorso de la mano. Dijo:

– Algo hay que comer.

Desde que las ratas empezaron a escasear se acentuó el hermetismo del tío Ratero. La sucia boina calada hasta las orejas le dibujaba la forma del cráneo y el niño se preguntaba a menudo qué es lo que se fraguaría allí debajo. Años atrás por estas fechas, tras la merienda de Santa Elena y San Casto, el Ratero había hecho los ahorros suficientes para salvar el verano, pero la temporada última fue mala y ahora, llegada la veda, el hambre se alzaba ante ellos como un negro fantasma.

– Por San Vito se abre el cangrejo. Tal vez venga buen año -insistía el niño.

El tío Ratero suspiró hondo y no dijo nada. Sus pupilas se habían elevado de nuevo y se clavaban en los mondos cerros grises que cerraban el horizonte. Agregó el Nini:

– Para el verano subiremos al monte a descortezar las encinas; el Marcelino, el de los curtidos, lo paga bien. Será mejor aguardar.

El Ratero no respondió. Silbó tenuemente y el Loy, el cachorro, acudió a su silbido. Entonces el Ratero se acuclilló y dijo sonriendo: «Éste ve bien» y comenzó a hacerle zalemas y el Loy gruñía con simulada cólera y hacía que mordía sus toscas manos. Los días de ocio eran largos y, de ordinario, el Ratero los llenaba adecentando la cueva, o adiestrando al cachorro en el cauce o charlando parsimoniosamente, al caer el sol, en el poyo de la puerta del Antoliano o en la taberna del Malvino. Algunas noches, antes de retirarse, iban todos juntos al establo a ver ordeñar al Rabino Chico. Y le decían: «Hoy sin hablar, Chico». Y cuando el Rabino Chico concluía se decían entre sí: «Dio menos leche, date cuenta». Y, al siguiente día, le decían: «Háblale a la vaca mientras la ordeñas, Chico». Y entonces el Rabino Chico iniciaba un monólogo melifluo y conseguía una herrada más y ellos se daban de codo y se decían con ademanes aprobatorios: «¿Qué te parece? Está chusco eso». A veces, mientras fumaban indolentemente en el establo o en el poyo del taller del Antoliano, la conversación recaía en el ratero de Torrecillórigo y el Antoliano decía: «Sacúdele, Ratero. ¿Para qué quieres las manos?». Entonces el tío Ratero se estremecía levemente y farfullaba: «Deja que le ponga la vista encima». Y decía el Rosalino: «Al hijo de mi madre le podían venir con ésas». Y si la tertulia era en la taberna, el Malvino se llegaba al tío Ratero y le decía:

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