Lorenzo Silva - Carta Blanca

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Carta blanca se abre y se cierra con una guerra, la del RIF, en el Norte de Africa, y la Guerra Civil española pero es, sobre todo, la historia de una pasión, porque las huella de un amor verdadero son las que marcan de verdad el alma y el destino, un destino marcado inevitablemente por el desencanto, el conocimiento de los límites de la crueldad humana y el refugio del amor contra todo, frente a todo, como única redención y salida. Lorenzo Silva ha escrito, con la madurez de una prosa directa y sin concesiones, una novela soberbia, madura, descarnada, profundamente apasionada, que indaga en nuestro pasado y nos ofrece la figura carismática y apabullante de un antihéroe atípico y atractivo que debe vivir en una época convulsa en donde se extreman los sentimientos y la auténtica relevancia de nuestros actos.

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Los legionarios siguieron así durante un buen trecho. Caminando en silencio y sin que nada ni nadie les saliera al paso, cada uno ocupado en lo suyo. Ninguno iba pensando en nada en especial; si acaso, en la comezón que les producía no saber exactamente adónde los llevaba el sargento, y en la perspectiva de lo que una vez alcanzaran su destino se proponían hacer. También ésta era una idea difusa, aunque para unos más que para otros. A Faura, por cierto, esa indefinición no le resultaba antipática. Desde el día en que había traspuesto el umbral del banderín de enganche, se había convertido en un jugador, en el sentido más extremo de la palabra. Le gustaba sentirse a merced del azar, y más cuanto más abultada y crucial resultara la apuesta. Lo que le incomodaba, al contrario, era la certidumbre, en las cosas pequeñas como en las grandes. Por suerte, certidumbres allí había pocas. Y las que había (que siempre les mandarían donde pintaran bastos) daban para cualquier cosa menos para hacerse muchos proyectos,

Caminaron y caminaron, tanto rato y tan absortos en la sola marcha, en su monotonía y en sus invisibles peligros, que acabó sucediendo lo que era habitual en tales casos: perdieron la noción del tiempo. Cuando Faura miró su reloj, ya hacía unas dos horas que habían salido de Segangan. Lo único que tenían ante sí era el camino y los relieves sucesivos que iba atravesando; al fondo sólo se vislumbraba otra montaña tapando todo el horizonte. Pero nadie osaba abrir la boca. El sargento seguía marchando en cabeza, imprimiendo un ritmo endiablado, que los hombres necesitaban de todo su resuello para seguir.

Atrás, por donde iban Navia y López, creyó Faura escuchar un leve murmullo, que le sonó quejoso y contrariado. Pero no entendió lo que cuchicheaban. Al que sí se le entendió fue a Klemper.

– Mi sargento -llamó el austriaco a Bermejo.

– Dime, cabo -repuso el otro, sin volverse ni aminorar la marcha.

– ¿Puedo hacerle una pregunta?

– Eso depende. Klemper calló durante unos segundos. Era una dudosa invitación.

– Mi sargento -volvió a hablar, con cautela-, ¿está usted seguro de que sabe adónde vamos?

– Tan seguro como que en tu pueblo no sabéis bailar pasodobles -le espetó Bermejo, con chulería.

– Habría que verlo, al cabo, bailando -le rió la gracia Gallardo.

Klemper era el más viejo de todos, y también el que más tiempo llevaba jugándose el pellejo. Haberlo conservado entero hasta entonces atestiguaba que no era hombre que se precipitara, pero también que no le faltaba decisión para hacer o decir lo que creía que debía.

– ¿Y podríamos saber si ese sitio tiene un nombre? -preguntó.

– Lo tiene -contestó Bermejo, enigmático.

– ¿Me lo va a decir?

El sargento se detuvo y se dio la vuelta. El pelotón frenó en seco.

– ¿Tanto te importa? ¿Qué más da un nombre moro que otro?

Klemper le miró a los ojos, sin arrugarse.

– Dijo que sería hora y media. Ya llevamos bastante más y eso que vamos con la lengua fuera. Nos estamos alejando demasiado.

– Bueno, a lo mejor calculé mal. Pero ya no queda mucho.

– Tenemos suerte de no habernos tropezado con nadie desde que pasamos el blocao -insistió Klemper- Pero la suerte se rompe si se abusa. ¿Puede saberse adónde nos lleva?

– ¿Qué coño te pasa? -se le encaró Bermejo-. ¿Tienes miedo?

– No. Pero si para ir adonde sea hay que alejarse más, creo que deberíamos volvernos -dijo el austriaco, firme-. Haber llegado hasta aquí ya es exponerse mucho, y ahora va y nos dice que todavía falta.

Bermejo se quedó midiéndole con arrogancia. Pero en su fuero interno sabía que Klemper era el mejor y más diestro soldado de los que marchaban a sus órdenes, y que de asustadizo, lo había probado donde debía probarlo, no tenía nada. Al sargento podía moverle el orgullo, reconcomerle el rencor, incluso ofuscarle la locura; pero nada de eso le volvía lo bastante idiota como para pensar que enfrentarse con el cabo, delante del resto, fuera a convenirle. Aflojó el gesto.

– Vamos, Klemper, no nos calentemos sin necesidad. Hemos tenido que parar a limpiar el camino, por eso estamos tardando un poco más de la cuenta. Pero hazme caso, que te digo que ya casi llegamos.

– Mi sargento -replicó Klemper, serio-, si no me dice adónde vamos, yo no sigo. Y que los demás hagan lo que quieran.

Faura, como el resto de los hombres, asistía con expectación a la discusión entre el cabo y el sargento. Si iba a más, y si propiciaba la división del pelotón, cada uno tendría que escoger su bando. Por simpatizar, Faura simpatizaba más con el austriaco, que le parecía un hombre más hecho y cabal que Bermejo, ya antes de que el hallazgo de los restos de su hermano le enturbiara al sargento el juicio. por lo demás, cualquiera se percataba de que, puestos a enemistarse con alguien, era mucho peor enemistarse con el de más graduación. De todos modos, Faura no iba a decidirse en virtud de ninguna de esas consideraciones. Haría lo que hicieran los otros, simplemente. Como solía.

Bermejo se despojó del chambergo y se atusó con los dedos el cabello desgreñado. Luego, dobló el sombrero y se lo metió bajo el correaje. No era exactamente un ademán conciliador. Tampoco hostil.

– Bien, cabo, lo quieres saber, pues te lo cuento. Vamos ahí mismo.

Y volviéndose al frente señaló hacia el monte que tenían delante.

– ¿Ahí? ¿Qué es ahí? -preguntó Klemper.

– Pues eso que ves. El monte. Yebel Harcha se llama. No creo que nos lleve ya más de un cuarto de hora. ¿Te vale o sigues queriendo darte la vuelta? Ya sabes que puedes hacer lo que gustes.

Klemper no parecía tenerlas todas consigo.

– ¿Por qué? -inquirió.

– ¿Cómo que por qué?

– Por qué vamos precisamente ahí. El sargento distendió sus labios en una amplia sonrisa.

– Ahí empieza la cábila de los buyahi -explicó-. Los que hicieron lo de Zeluán. Ahí es donde viven esos maricones. Y ahí es donde podemos devolverles el golpe. Te dejo que escojas tú. Una vez que lleguemos al pie del monte, vamos al aduar que te dé la gana.

Los integrantes del pelotón miraron alternativamente al camino, al sargento y al cabo. Era verdad que les quedaba poco trecho hasta las estribaciones del monte. Mucho más era el esfuerzo que habían hecho para llegar allí. Y todos recordaban lo que les había contado el suboficial de intendencia sobre los buyahis y su participación en la matanza de soldados españoles. Siendo así, nadie iba a objetarle nada al sargento. Por si hacía falta, Casals expresó el sentir de la tropa:

– Vamos allá de una vez, mi sargento. Conmigo puede contar.

– Y conmigo -se sumó Balaguer.

Klemper no interpretó que el silencio de los demás pudiera leerse como un apoyo a sus reticencias. Miró hacia el monte y, como el resto, alcanzó a distinguir la mancha de un par de aduares encaramados a sus faldas. Acaso durante un segundo quiso aún resistirse. Después, al recordarlo, Faura daría en sospechar que al cabo no le preocupaba tanto el peligro como le repelía la propuesta del sargento. De todos, él incluido, Klemper era el único que albergaba algún sentimiento humanitario. Tal vez porque era el que había convivido con el horror durante más tiempo y en más sitios, y eso le movía a apiadarse algo de quienes lo sufrían, así fuera en la mínima medida en que pudiera ser piadoso un mercenario enrolado para cortejar a la muerte. Pese a todo, y cualesquiera que fueran en aquel momento sus reservas y sus aprensiones, acabó rindiéndose a la evidencia: su destino estaba uncido al de aquel sargento devorado por la obsesión de vengarse y al de aquellos hombres resueltos ya a seguirle. No tenía elección. Como soldado, le costaba menos violentar su propio criterio, y si era preciso, despojarse de él, que darles la espalda a sus compañeros de armas.

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