Salman Rushdie - Los Versos Satánicos
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Pero ahora, sin embargo, estaba el refugio de aquel compartimiento del tren que, afortunadamente, no tenía nada de milagroso: los apoyabrazos estaban deshilachados, la lamparita de lectura de encima de su hombro no funcionaba, el espejo faltaba del marco, y, por si no fuera suficiente, estaba el reglamento: las pequeñas señales circulares rojas y blancas prohibiendo fumar, los rótulos que penalizaban el uso indebido de la alarma, las flechas que indicaban los puntos hasta los cuales -y no más allá- se permitía abrir las pequeñas ventanas correderas. Gibreel hizo una visita al aseo y también allí una pequeña serie de prohibiciones e instrucciones le alegraron el corazón. Cuando llegó el revisor, con la autoridad de su máquina de taladrar medias lunas en los billetes, Gibreel, tranquilizado por estas manifestaciones de la ley, empezó a animarse e inventar explicaciones racionales. Había tenido mucha suerte al escapar de la muerte, luego había sufrido una especie de delirio y ahora volvía a ser él mismo, podía esperar que, de un modo u otro, retomaría el hilo de su vieja vida, es decir, de su vieja vida nueva, la vida nueva que él planeara antes de la, hum, interrupción. Mientras el tren lo alejaba y alejaba de la zona crepuscular de su llegada y subsiguiente misterioso cautiverio, transportándolo por unas vías metálicas paralelas halagüeñamente previsibles, sintió que la atracción de la gran ciudad empezaba a ejercer su mágico efecto en él, y renació su antiguo don de esperanza, su talento para acoger el cambio, para volver la espalda a las penalidades pasadas y encarar el futuro. Bruscamente, se levantó y se dejó caer en una butaca del lado opuesto del compartimiento, volviendo la cara simbólicamente hacia Londres, aun a costa de renunciar a la ventanilla. ¿Qué le importaban a él las ventanillas? Todo lo que él deseaba ver de Londres lo tenía allí, ante los ojos de la imaginación. Pronunció su nombre en voz alta: «Alleluia.»
«Aleluya, hermano -dijo el único otro ocupante del compartimiento-. Hosanna, señor, y amén.»
«Aunque debo agregar, caballero, que mis creencias se sustraen enteramente a cualquier denominación -prosiguió el desconocido-. Si usted hubiera dicho "La-ilaha" yo le habría contestado con un rotundo "illallah".»
Gibreel comprendió que su cambio de asiento y su inadvertido enunciamiento del poco corriente nombre de Allie habían sido erróneamente interpretados por su compañero como manifestaciones de carácter social y teológico. «John Maslama -exclamó el individuo poniendo en la mano de Gibreel una tarjeta que había sacado de una maletita de piel de cocodrilo-. Personalmente, yo sigo mi propia variante de la fe universal inventada por el emperador Akbar. Dios, diría yo, es algo similar a la Música de las Esferas.»
Era evidente que Mr. Maslama reventaba de ganas de hablar y, ahora que se había destapado, no cabía sino aguantar el chaparrón hasta que agotara su sentenciosa verborrea. Puesto que el sujeto tenía complexión de campeón de lucha libre, parecía desaconsejable hacerle enfadar. Farishta descubrió en sus ojos el brillo del Verdadero Creyente, una luz que hasta hacía poco había visto todos los días en el espejo al afeitarse. «He conseguido situarme bastante bien -se jactaba Maslama con su bien modulado acento de Oxford-. Para un hombre de color, excepcionalmente bien, habida cuenta de las peregrinas circunstancias en las que estamos inmersos como sin duda reconocerá.» Con una manaza que recordaba un jamón hizo un pequeño pero elocuente movimiento indicando la opulencia de su atuendo: temo de raya fina con muy buena hechura, reloj de oro con su colgante y su cadena, zapatos italianos, corbata de seda con escudo y gemelos de orfebrería en blancos puños almidonados. Encima de esta indumentaria propia de un milord inglés había una cabeza de asombroso tamaño, cubierta de espeso y planchado pelo, dotada de cejas de increíble frondosidad debajo de las que relampagueaban los ojos feroces de los que Gibreel ya había tomado buena nota. «Muy elegante», concedió, puesto que comprendía que algo había que decir. Maslama asintió. «Yo siempre me he inclinado hacia el ornato», reconoció.
Había hecho lo que él llamaba su primer montón con la producción de cancioncitas publicitarias, «la música del diablo» que arrastra a las mujeres a la lencería y el rojo de labios, y a los hombres, a la tentación. Ahora poseía tiendas de discos en toda la ciudad, un próspero club nocturno llamado «Cera Caliente» y un almacén lleno de relucientes instrumentos musicales que era su orgullo y alegría. Era indio de la Guayana, «pero allí ya no queda nada. La gente se marcha más aprisa de lo que vuelan los aviones. -Se hizo rico en poco tiempo-… por la gracia de Dios Todopoderoso. A mí me gusta santificar el domingo, confieso que tengo debilidad por los himnos ingleses y cuando yo canto tiemblan las tejas.»
La autobiografía terminó con una breve mención de la existencia de una esposa y una docena de niños. Gibreel le dio la enhorabuena, confiando en que se haría el silencio, pero entonces Maslama soltó la bomba: «No tiene usted que contarme nada de sí mismo -dijo jovialmente-. Naturalmente, yo sé quién es usted, a pesar de que no espera uno encontrar a semejante personaje en la línea Eastbourne-Victoria. -Guiñó un ojo con una amplia sonrisa y puso Un dedo al lado de la nariz-. Chitón. Yo respeto la intimidad de las personas, desde luego, ni que decir tiene.»
«¿Yo? ¿Quién soy yo?» La sorpresa hizo reaccionar a Gibreel de un modo absurdo. El otro movió pesadamente la cabeza, ondulando las cejas como suaves antenas. «La pregunta clave, en mi opinión. Éstos son tiempos difíciles para un hombre moral. Cuando un hombre abriga dudas respecto a su esencia, ¿cómo va a saber si es bueno o malo? Pero usted debe de encontrarme pesado. Yo respondo mis propias preguntas por mi fe en Ello. -Maslama señaló el techo del compartimiento- y, por supuesto, usted no siente la menor confusión acerca de su identidad, ya que es el famoso, podría decirse el legendario, Mr. Gibreel Farishta, estrella de la pantalla y, últimamente, cada vez más, siento mencionarlo, del vídeo pirata; mis doce hijos, mi esposa y yo somos viejos e incondicionales admiradores de sus divinas hazañas.» Agarró y comprimió la mano derecha de Gibreel.
«Dado que yo personalmente me inclino por la idea panteísta -siguió rugiendo Maslama-, mi propia simpatía hacia su trabajo se debe a su buena disposición para encarnar a deidades de toda índole imaginable. Usted, señor mío, es una coalición arco iris de lo celestial; una ONU de dioses ambulante. Usted es, en suma, el futuro. Permítame saludarle. -Aquel hombre empezaba a despedir el tufo del loco auténtico y, a pesar de que hasta el momento no había dicho ni hecho todavía algo que se apartara de lo puramente propio del tipo, Gibreel empezaba a alarmarse y a medir la distancia hasta la puerta con rápidas miraditas de ansiedad-. Yo sustento la opinión -decía Maslama- de que comoquiera que uno lo llame, el nombre no es más que un código, una clave, Mr. Farishta, detrás de la cual se esconde el verdadero nombre.» Gibreel guardaba silencio, y Maslama, sin disimular su decepción, se vio obligado a hablar por él. «Cuál es ese nombre verdadero, me parece oírle preguntar», dijo, y entonces Gibreel dejó de dudar: aquel hombre era un desequilibrado, y probablemente su autobiografía era tan falsa como su fe. Gibreel pensó que, dondequiera que fuera, le perseguían las ficciones, ficciones que se simulaban seres humanos. «Yo lo he atraído sobre mí -Se acusó-. Al temer por mi propia razón, he despertado, sabe Dios en qué oscuro recoveco, a este loco parlanchín y acaso peligroso.»
«¿No lo sabe? -gritó de pronto Maslama, levantándose de un salto-. ¡Charlatán! ¡Embustero! ¡Farsante! ¿Pretende ser el inmortal de la pantalla, avatar de ciento y un dioses y no tiene ni la más r emota? ¿Cómo es posible que yo, un pobre chico de Bartica en Essequibo, que ha triunfado por su propio trabajo, sepa estas cosas y Gibreel Farishta, no? ¡Me río yo!»
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