Salman Rushdie - Los Versos Satánicos
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«¿Qué es lo que quieres? -le apostrofó él-. ¿Qué buscas aquí?» «He venido a ver tu caída -repuso ella al instante-. Mira -agregó-, ya he conseguido que hicieras el ridículo.»
La gente se apartaba de Gibreel, aquel tipo raro de la gabardina grande y el sombrero aplastado, ese hombre habla solo, dijo una voz infantil, y la madre respondió shhh, cariño, no hay que burlarse de las desgracias de la gente. Bien venido a Londres. Gibreel Farishta corrió hacia las escaleras del Metro. Rekha, en su alfombra, le dejó marchar.
Pero cuando él, atropelladamente, llegó al andén de la dirección Norte de la Línea Victoria, volvió a verla. Ahora estaba en un cartel publicitario de la pared del otro lado que anunciaba el sistema telefónico automático internacional. Envíe su voz hasta la India en una alfombra mágica -instaba-. Sin djinns y sin lámparas maravillosas. Él lanzó un alarido que nuevamente hizo que sus compañeros de viaje dudaran de su cordura y huyó al andén de la dirección Sur, por cuya vía entraba un tren. Saltó al interior del coche y allí estaba Rekha Merchant, delante de él, con la alfombra arrollada en el regazo. Las puertas se cerraron estrepitosamente a su espalda.
Aquel día Gibreel Farishta huyó en todas las direcciones, en el Metro de la ciudad de Londres y, dondequiera que iba, Rekha Merchant daba con él; en las interminables escaleras mecánicas de Oxford Circus se sentaba a su lado, y en los atestados ascensores de Tufnell Park se le apretaba por detrás de un modo que, en vida, hubiera considerado escandaloso. En los confines de la Metropolitan Line, arrojó los fantasmas de sus hijos desde lo alto de unos árboles que parecían garras y, cuando él salió a respirar delante del Banco de Inglaterra, se lanzó histriónicamente desde la cúspide de su frontón neoclásico. Y, aunque él no tenía la menor idea de la verdadera forma de aquélla, la más proteica y camaleónica de las ciudades, estaba seguro de que, mientras él circulaba por sus entrañas, constantemente cambiaba de forma, de manera que las estaciones cambiaban de línea y se sucedían en una secuencia aparentemente casual. Más de una vez emergió, medio asfixiado, de aquel mundo subterráneo en el que ya no regían las leyes del espacio y del tiempo, y trató de parar un taxi; pero ninguno se detenía, y él tenía que volver a sumirse en aquel laberinto infernal, aquel laberinto sin salida, y proseguir su huida épica. Por fin, exhausto y sin esperanza, se rindió a la lógica fatal de su locura y salió al azar en la que supuso debía de ser última fútil estación de su prolongado e inútil viaje en busca de la quimera de la renovación. Salió a la amarga indiferencia de una calle de desperdicios esparcidos por el viento, próxima a un cinturón infestado de camiones. Ya había oscurecido y él, con paso inseguro, utilizando sus últimas reservas de optimismo, entró en un parque al que las ectoplásmicas luces de tungsteno daban un aire espectral. Cuando cayó de rodillas en la soledad de la noche de invierno, vio una figura de mujer que avanzaba lentamente hacia él a través de la hierba cubierta de nieve, y supuso que era su némesis, Rekha Merchant, que venía a darle el beso de la muerte, a arrastrarle a un submundo más profundo que aquel en el que ella le había enloquecido. Ya no le importaba, y cuando llegó la mujer, él había caído de bruces sobre los antebrazos, con la gabardina colgando alrededor de él, dándole el aspecto de un gran escarabajo moribundo que, por misteriosas razones, llevara un sucio sombrero de fieltro gris.
Como a mucha distancia, oyó que de la garganta de aquella mujer partía un grito en el que se mezclaban la incredulidad, la alegría y cierto resentimiento, y, poco antes de perder el sentido, comprendió que, por el momento, Rekha le permitía hacerse la ilusión de que había llegado a lugar seguro, para que, al fin, su victoria fuera aún más dulce.
«Estás vivo -dijo la mujer, repitiendo las palabras que le dijo la primera vez que lo vio-. Has recobrado la vida. Eso es lo que importa.»
Sonriendo, él se quedó dormido ante los pies planos de Allie mientras caía la nieve.
IV AYESHA
Incluso las visiones seriadas han emigrado; ya se conocen la ciudad mejor que él. Y, en las secuelas de Rosa y Rekha, los mundos soñados de su otro yo arcangélico empiezan a parecer tan tangibles como las cambiantes realidades que habita cuando está despierto. Esto, por ejemplo, ha empezado a aparecérsele: un bloque residencial construido al estilo holandés en una parte de Londres que más adelante él identificará como Kensington, a la que el sueño lo transporta volando a gran velocidad, por delante de los almacenes Barkers y de la pequeña casa gris con doble ventana salediza, en la que Thackeray escribió La feria de las vanidades, y de la plaza con el convento en el que siempre están entrando niñas de uniforme, pero nunca vuelven a salir, y de la casa en la que Talleyrand pasó su vejez, cuando, tras mil y un cambios de lealtad y principios, asumió la apariencia de embajador de Francia en Londres, y llega a un edificio de siete pisos que hace esquina, con balcones de hierro forjado verde hasta el cuarto piso, y ahora el sueño le hace subir por la fachada de la casa y, al llegar al cuarto piso, aparta las pesadas cortinas del balcón de la sala de estar y por fin allí se queda sentado, sin dormir, como siempre, con los ojos muy abiertos a la tenue luz amarilla, mirando el futuro, el Imán barbudo del turbante.
¿Quién es? Un exiliado. No confundir ni permitir que la expresión degenere en todas esas palabras que lanza la gente: emigrado, expatriado, refugiado, inmigrante, silencio, astucia. Exilio es sueño con un retorno glorioso. Exilio es visión de revolución: Elba, no Santa Elena. Es una paradoja interminable: mirar hacia delante de tanto mirar atrás. El exilio es una pelota que se lanza al aire. Él queda colgado, congelado en el tiempo, convertido en fotografía; inmovilizado, suspendido imposiblemente sobre su tierra natal, esperando el momento inevitable en que la fotografía empiece a moverse y la tierra reclame lo que es suyo. En estas cosas piensa el Imán.
Su hogar es un piso alquilado. Es una sala de espera, una fotografía, aire.
El grueso papel de la pared, rayas verde oliva sobre fondo crema, se ha descolorido un poco, lo suficiente para que se noten los rectángulos y óvalos más vivos en los que estaban los cuadros. El Imán es enemigo de imágenes. Cuando él llegó al piso, los cuadros se deslizaron de las paredes y salieron de la habitación sin hacer ruido, hurtándose al furor de su muda reprobación. No obstante, algunas representaciones son toleradas. En la repisa conserva unas cuantas postales con vistas de su patria, que él llama, simplemente, Desh: una montaña que se alza junto a una ciudad; una pintoresca escena aldeana bajo un gran árbol; una mezquita. Pero en su dormitorio, en la pared situada frente al duro camastro en el que él duerme, está colgado un icono más potente, el retrato de una mujer de una fuerza excepcional, famosa por su perfil de estatua griega y por su pelo negro, tan largo como alta es ella. Una mujer poderosa, su enemiga, su oponente: él la guarda cerca. Al igual que, allá lejos, en los palacios de su omnipotencia, ella apretará el retrato de él debajo de su real manto o lo ocultará en un medallón en su garganta. Ella es la Emperatriz y su nombre es -¿y cuál si no?- Ayesha. En esta isla, el Imán exiliado y, en la patria, en Desh, Ella. Cada uno tramando la muerte del otro.
Las cortinas, grueso terciopelo oro, están cerradas todo el día, porque, de lo contrario, el mal podría entrar en el apartamento: lo diferente, lo extranjero, la nación extraña. La triste circunstancia, de que él está aquí y no allá, que centra todos sus pensamientos. En las raras ocasiones en las que el Imán sale a la calle, para respirar el aire de Kensington, en el centro de un cuadrilátero formado por ocho hombres jóvenes con gafas negras y americanas abultadas, él junta las manos delante del pecho y mantiene la mirada fija en ellas, para que ningún elemento ni partícula de esta detestada ciudad -este sumidero de iniquidad que al brindarle refugio lo humilla, porque el Imán tiene que estar en deuda con ella, a pesar de la lujuria, la codicia y la vanidad que rigen sus actuaciones- pueda alojarse, como una mota de polvo, en sus ojos. Cuando abandone este aborrecido exilio para volver en triunfo a aquella otra ciudad situada bajo la montaña de la postal, tendrá a gala poder decir que ha permanecido ignorante de la Sodoma en la que se vio obligado a esperar; ignorante y, por consiguiente, incontaminado, inalterado, puro. Y otra de las razones para mantener las cortinas cerradas es la de que, naturalmente, alrededor de él hay ojos y oídos, y no todos son amigos. Los edificios naranja no son neutrales. En algún lugar al otro lado de la calle habrá lentes zoom, equipos de vídeo, micros ultrasensibles y, naturalmente, siempre el riesgo de los francotiradores. Encima, debajo y a los lados del Imán están los apartamentos seguros ocupados por sus guardias personales que pasean por las calles de Kensington disfrazados de mujeres, con velos y alhajas, porque toda precaución es poca. La paranoia es requisito para la supervivencia del exiliado.
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