Salman Rushdie - Los Versos Satánicos

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Lo que no dijo a la clase fue esto: mientras el fantasma de Maurice Wilson describía con minucioso detalle su propia ascensión -y también sus descubrimientos póstumos, por ejemplo, el ritual nupcial lento, tortuoso, infinitamente delicado e invariablemente improductivo del yeti, que él había presenciado recientemente en el Collado Sur-, ella pensó que su visión del excéntrico de 1934, el primer ser humano que intentara escalar el Everest en solitario, una especie de abominable hombre de las nieves también él, no fue casual sino una señal, una declaración de parentesco. Una profecía, quizá, porque fue en aquel momento cuando nació su sueño secreto, el imposible: el sueño de una ascensión en solitario. También era posible que Maurice Wilson fuera el ángel de su muerte. «Yo quería hablaros de fantasmas -decía- porque la mayoría de los montañeros, cuando bajan de las cumbres, se callan estas cosas por vergüenza. Pero existen, tengo que reconocerlo, a pesar de que yo soy de la clase de personas que siempre mantienen los pies bien asentados en tierra.»

Esto era una broma. Sus pies. Ya antes de subir al Everest había empezado a tener fuertes dolores, y su médico, la doctora Mistry, una mujer de Bombay poco amiga de rodeos, le dijo que tenía arcos caídos. «Lo que vulgarmente se llama pies planos.» Sus arcos, que siempre fueron débiles, se habían debilitado más aún por el uso prolongado durante años de zapatillas y calzado perjudicial. La doctora Mistry no pudo proponer grandes soluciones: ejercitar los dedos aprisionando objetos, subir corriendo las escaleras descalza, usar calzado apropiado. «Todavía es joven -le dijo-. Tiene que cuidarse. Si no, a los cuarenta años será una inválida.» Cuando Gibreel -¡maldita sea!- se enteró de que había subido al Everest como si pisara puntas de lanza, él empezó a llamarla su silkie. Él había leído un libro de cuentos de hadas en el que encontró la historia de la sirena que dejaba el océano y tomaba forma humana por el amor de un hombre. Ahora tenía pies en lugar de cola, pero cada paso era un martirio, como si caminara sobre cristales rotos; a pesar de todo, ella seguía andando, alejándose del mar, tierra adentro. Tú lo hiciste por una puñetera montaña, le dijo. ¿Lo harías por un hombre?

Ella había ocultado el dolor a sus compañeros de expedición porque la atracción del Everest era arrolladora. Pero ahora el dolor continuaba y era cada día más fuerte. El azar, un defecto congénito, le ataba los pies. Fin de la aventura, pensó Allie; traicionada por los pies. La obsesionaba la imagen de los pies vendados. Condenados chinos, pensaba, haciendo eco al fantasma de Wilson.

«Para algunas personas es tan fácil la vida -sollozó en brazos de Farishta-. ¿Por qué a ellas no les fallan sus condenados pies?» Él le dio un beso en la frente. «Para ti siempre será una lucha -dijo él-. Lo deseas demasiado.»

La clase esperaba, impaciente toda aquella charla de fantasmas. Las chicas querían que les explicara el caso, su caso. Querían encontrarse en la cumbre. Ella deseaba preguntar: ¿Vosotras sabéis lo que es que toda tu vida se concentre en un momento, en un par de horas? ¿Sabéis lo que es cuando no puedes ir más que hacia abajo? «Yo estaba en la segunda cordada, con el sherpa Pemba -dijo-. El tiempo era perfecto, perfecto. Tan claro que te parecía que podrías ver a través del cielo lo que hubiera más allá. La primera cordada ya debe de estar arriba, dije a Pemba. El tiempo se mantiene y podemos subir. Pemba se puso muy serio, lo cual era una novedad, ya que era uno de los más bromistas de la expedición. Él tampoco había estado en la cumbre. Hasta entonces yo no había pensado en subir sin oxígeno, pero al ver que Pemba se disponía a intentarlo, pensé: de acuerdo, yo también. Fue un capricho estúpido, de aficionado, pero de repente quise ser una mujer sentada en lo alto de la condenada montaña, un ser humano, no una máquina que respira. Pemba dijo: Allie Bibi, no hacer, pero yo eché a andar. Al poco rato, nos cruzamos con los que bajaban y yo vi la expresión de sus ojos. Estaban tan contentos, tan eufóricos, que ni se dieron cuenta de que yo no llevaba el equipo de oxígeno. Mucho cuidado, nos gritaron. Cuidado con los ángeles. Pemba respiraba a buen ritmo y yo acompasé la respiración aspirando y expulsando el aire al unísono con él. Sentía la cabeza ligera y sonreía de oreja a oreja, y cuando Pemba me miraba veía que él estaba igual que yo. Parecía una mueca, como de dolor, pero era una alegría loca. -Era una mujer que había alcanzado la trascendencia, los milagros del alma, por el duro esfuerzo físico de subirse por una alta roca cubierta de hielo-. En aquel momento -dijo a las chicas que subían con ella, siguiendo cada paso de la ascensión-, lo creí todo: que el universo tiene un sonido, que puedes levantar un velo y ver la faz de Dios, todo. Vi los Himalayas a mis pies, y aquello también era la faz de Dios. Pemba debió de ver en mi expresión algo que le alarmó, porque me gritó: Cuidado, Allie Bibi, la altura. Recuerdo que floté por el último repecho y llegué arriba, y allí estábamos, y por todos los lados el suelo bajaba. Qué luz; el universo purificado en luz. Yo quería arrancarme la ropa y dejar que me empapara la piel. -En la clase, ni una risita; todas estaban bailando desnudas con ella en el techo del mundo-. Entonces empezaron las visiones, los arco iris que se ondulaban y danzaban en el cielo, el resplandor que caía como una cascada del sol, y había ángeles, los otros no bromeaban. Yo los vi, y el sherpa Pemba los vio. Los dos estábamos de rodillas. Sus pupilas tenían un blanco puro y las mías también, estoy segura. Probablemente, habríamos muerto allí, seguro, cegados por la nieve y enloquecidos por la montaña, pero entonces oí un ruido, una detonación seca como el disparo de un rifle. Aquello me despertó. Tuve que gritar a Pem hasta que también él reaccionó y empezamos a bajar. El tiempo cambiaba rápidamente; se acercaba una ventisca. Ahora el aire estaba denso, ahora, en lugar de aquella levedad, aquella ligereza, había pesadez. Apenas llegamos al punto de reunión los cuatro nos metimos en la pequeña tienda del Campamento Seis, a ocho mil doscientos metros. Allá arriba no hablas mucho. Cada cual tenía su propio Everest que escalar una y otra vez, durante toda la noche. Pero sí pregunté: "¿Qué fue aquel ruido? ¿Alguien disparó una escopeta?" Me miraron como si estuviera desquiciada. ¿Quién haría una estupidez semejante a esta altitud, dijeron; además, Allie, sabes perfectamente que no hay ni un arma en toda la montaña. Tenían razón, naturalmente, pero yo lo oí, de eso estoy segura: bang, bing, el disparo y el eco. Y eso es todo -dijo, terminando bruscamente-. Fin. La Historia de mi vida.» Agarró un bastón con puño de plata y se dispuso a marchar. Mrs. Bury, la maestra, se adelantó para pronunciar las frases de ritual. Pero las chicas no se dejaban distraer. «¿Y qué fue, Allie?», insistieron; y ella, que de repente parecía tener diez años más de sus treinta y tres, se encogió de hombros. «No lo sé -dijo-. A lo mejor, el fantasma de Maurice Wilson.»

Salió de la clase apoyándose pesadamente en el bastón.

* * *

La City -el mismo Londres, yaar, nada menos- estaba vestida de blanco, como una plañidera en un funeral. «A ver de quién, el funeral, mister -se preguntaba Gibreel Farishta, frenético-; no será el mío, puñeta, espero y deseo.» Cuando el tren entró en la estación Victoria, él saltó sin esperar a que se parase del todo, se torció un tobillo y cayó de bruces entre las carretillas de equipaje y las risas burlonas de los londinenses que esperaban el tren, agarrándose en su caída a su sombrero cada vez más maltrecho. A Rekha Merchant no se la veía por ninguna parte y, aprovechando el momento, Gibreel corrió entre la gente que se apartaba a su paso, como un poseso, sólo para encontrarla en la puerta de billetes, flotando pacientemente en su alfombra, invisible para todos los ojos menos los suyos, a un metro del suelo.

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