Salman Rushdie - Los Versos Satánicos
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«Saladin empezó a gritarme que me bajara, en parte porque entre la gente había cantidad de tipos de las Brigadas Especiales que iban hacia el coche desde todas las direcciones, pero principalmente porque se sentía recondenadamente violento.» Pero él seguía saltando, subiendo más arriba y cayendo con más fuerza, calado hasta los huesos, agitando la larga melena: Jumpy el saltarín, saltando hacia la mitología de los viejos tiempos. Y Wilson y Marcia, encogidos en el asiento de atrás. ¡Ho! ¡Ho! ¡Ho Chi Minh! En el último momento, Jumpy se llenó los pulmones de aire y se zambulló de cabeza en un mar de caras mojadas y amigas; y desapareció. No pudieron dar con él: negrata de mierda. «Saladin estuvo una semana sin dirigirme la palabra -rememoró Jumpy-. Y, cuando me habló, fue para decirme: "Espero que te darás cuenta de que esos policías hubieran podido acribillarte, y no te acribillaron."»
Seguían sentados en el borde de la cama, uno al lado del otro. Jumpy oprimió el antebrazo de Pamela. «Sólo quiero decir que sé lo que es eso. ¡Pumba, bam! Aquello fue increíble. Y parecía necesario.»
«Ay, Dios mío -dijo ella, volviéndose a mirarle-. Ay, Dios mío, perdona, pero así ha sido.»
Por la mañana, le costó una hora comunicar con la Compañía Aérea, a causa del volumen de llamadas que seguía generando la catástrofe, más de veinticinco minutos de insistir -pero él me llamó, era su voz -, mientras, al otro extremo del hilo telefónico, una voz femenina, adiestrada especialmente para tratar con seres humanos en estado de crisis, comprendía sus sentimientos, se identificaba con ella en este momento de dolor y derrochaba paciencia, pero evidentemente, no le creía ni una palabra. Lo siento, señora, no quiero ser brutal, pero el avión estalló a diez mil metros de altura. Al final de la conversación, Pamela Chamcha, habitualmente la más serena de las mujeres, que para llorar se encerraba en el cuarto de baño, gritaba al teléfono: por Dios, mujer, ¿por qué no se guarda sus discursos bondadosos y presta atención a lo que le digo? Finalmente, colgó con fuerza el auricular y se revolvió contra Jumpy Joshi, que al ver la expresión de sus ojos derramó el café de la taza que le llevaba, porque empezaron a temblarle las manos de miedo. «Gusano de mierda -le acusó-. Conque todavía está vivo, ¿eh? Seguramente bajó del cielo volando y se metió en la primera cabina de teléfono, para quitarse el jodido traje de Superman y llamar a su mujercita.» Estaban en la cocina y Jumpy reparó en una serie de cuchillos suspendidos de una cinta magnética en la pared situada a la izquierda de Pamela. Él abrió la boca para decir algo pero ella no le dejó. «Sal de aquí antes de que haga algo. No me explico cómo pude picar. Tú y tus jodidas voces telefónicas: debí figurármelo.»
A principio de los años setenta, Jumpy tenía una discoteca ambulante instalada en su minifurgoneta amarilla. La llamaba «El Pulgar de Finn» en honor de Finn MacCool, el legendario gigante dormido de Irlanda, otro capullo, como decía Chamcha. Un día, Saladin gastó una broma a Jumpy. Le llamó por teléfono adoptando un acento vagamente mediterráneo y solicitando los servicios del Pulgar musical en la isla de Skorpios en nombre de Mrs. Jacqueline Kennedy Onassis, por unos honorarios de diez mil dólares y traslado a Grecia en avión privado para hasta seis personas. Era algo terrible que hacer a una persona tan inocente y tan íntegra como Jamshed Joshi. «Necesito una hora para pensarlo», dijo, y entonces sufrió un calvario del espíritu. Cuando Saladin llamó al cabo de una hora y oyó que Jumpy rehusaba la oferta de Mrs. Onassis por razones políticas, comprendió que su amigo iba para santo y de nada servía tratar de tomarle el pelo. «Mrs. Onassis se sentirá muy apenada sin duda», concluyó, y Jumpy respondió, preocupado: «Por favor, dígale que no es cuestión personal. En realidad, personalmente yo la admiro mucho.»
Hace demasiado que nos conocemos, pensó Pamela cuando Jumpy se fue. Podemos mortificarnos el uno al otro con recuerdos de dos décadas.
Sobre el tema de las confusiones a que pueden dar lugar las voces, pensaba aquella tarde mientras conducía a excesiva velocidad por la M4 en su viejo MG, lo cual le producía un placer que, según había confesado siempre alegremente, era «ideológicamente del todo malsano»; sobre ese tema, precisamente yo debería ser más caritativa.
Pamela Chamcha, née Lovelace, era poseedora de una voz que, durante toda su vida, ella había tratado de contrarrestar por todos los medios. Era una voz que sugería trajes de tweed, pañuelos a la cabeza, pudding, palos de hockey, tejados de paja, jaboncillo para limpiar botas de montar, fines de semana en el campo, monjas, bancos de propiedad en la iglesia, perros grandes y materialismo y, pese a sus esfuerzos por reducir su volumen, era sonora y llamaba tanto la atención como un borracho vestido de smoking que arrojara panecillos en un Club. Fue la tragedia de su juventud que, gracias a aquella voz, fuera asediada por los terratenientes y los galanes y los buenos partidos de la City, a los que ella despreciaba de corazón, mientras que los ecologistas y los pacifistas y los revolucionarios con los que ella instintivamente se encontraba a gusto la trataban con suspicacia rayana en la aversión. ¿Cómo podía ella estar del lado de los ángeles, si en cuanto abría la boca sonaba como un parásito? Al pasar por Reading, Pamela aceleró y rechinó los dientes. Una de las razones por las que, reconozcámoslo, había decidido poner fin a su matrimonio antes de que el destino lo deshiciera por ella, era la de que una mañana al despertar se había dado cuenta de que Chamcha no estaba enamorado de ella sino de su voz que apestaba a pudding de Yorkshire y a madera de roble, esa voz cordial y rubicunda de la vieja Inglaterra soñada en la que con tanto afán deseaba habitar él. Fue un matrimonio contrariado porque cada uno de ellos buscaba en el otro lo que el otro trataba de descartar.
No hay supervivientes. Y, a medianoche, el idiota de Jumpy con su estúpida falsa alarma. Quedó tan impresionada por la noticia que no tuvo tiempo de impresionarse por haberse acostado con Jumpy y haber copulado de una forma, reconozcámoslo, bastante satisfactoria, déjate de disimulos, se reprendió a sí misma, ¿cuánto tiempo hacía que no te divertías tanto? Ella tenía mucho que afrontar y aquí estaba ahora, afrontándolo por el procedimiento de escapar a la mayor velocidad. Unos cuantos días de recreo en un hotel campestre caro y el mundo puede empezar a parecer un agujero infernal menos jodido. Lujoterapia; deacuerdodeacuerdo, reconoció, ya lo sé: una recaída en el sistema de clases. A hacer puñetas. Si alguien tiene objeciones, que se joda.
Después de Swindon se puso a cien millas por hora, y el tiempo empeoró bruscamente. Súbitas nubes negras, rayos, aguaceros; ella mantenía el pie en el acelerador. No hay supervivientes. Siempre se le moría la gente dejándola con la boca llena de palabras y nadie a quien escupírselas. Su padre, el especialista en Lenguas Clásicas, que podía hacer frases de doble sentido en griego antiguo y del que ella heredó la voz, su legado y su maldición; y su madre, que sufrió por él durante la guerra, cuando era piloto explorador -ciento once veces regresó de Alemania, de noche, volando en un avión lento, iluminado por sus propias balizas, lanzadas para guiar a los bombarderos- y que, cuando él volvía a casa con el ruido de los antiaéreos en los oídos, le juraba que nunca le dejaría, y por eso le siguió a todas partes, incluso al callejón sin salida de la depresión y de las deudas, porque él no tenía cara de póquer y, cuando acabó su propio dinero, echó mano del de ella, y, finalmente, a la azotea de un edificio alto a la que al fin se encaminaron los dos. Pamela nunca los perdonó, especialmente, por hacerle imposible decirles que les negaba el perdón. Para desquitarse, se impuso la tarea de desterrar todo lo que conservaba de ellos. Por ejemplo, la inteligencia: se negó a estudiar. Y, ya que no podía cambiarse la voz, le hizo expresar ideas que los suicidas conservadores de sus padres habrían reprobado. Se caso con un indio. Y, puesto que él resultó igual que ellos, le hubiera dejado. Había decidido dejarle. Cuando, una vez más, fue burlada por la muerte.
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