Salman Rushdie - Los Versos Satánicos

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Su nariz le informó de que el sanatorio, o como se llamara aquel sitio, empezaba a apestar; olores de selva y de corral se mezclaban a un aroma rico, como de especias exóticas que estuvieran friendo en mantequilla clarificada: coriandro, jengibre, canela, cardamomo, clavo. «Esto pasa de la raya -se dijo él con firmeza-. Ya es hora de empezar a aclarar las cosas.» Sacó las piernas de la cama, trató de levantarse e inmediatamente cayó al suelo, por la falta de costumbre de usar aquellas nuevas extremidades. Tardó alrededor de una hora en resolver el problema; aprendió a andar sujetándose a la cama y dando traspiés hasta adquirir confianza. Al fin, y tambaleándose, llegó hasta el biombo más próximo; y entonces, entre dos de los biombos de su derecha apareció la cara del oficial Stein, con una sonrisa sardónica, seguida rápidamente del resto del individuo, que volvió a juntar los biombos a su espalda con sospechosa rapidez.

«¿Se encuentra mejor», preguntó Stein con su amplia sonrisa.

«¿Cuándo vendrá el doctor? ¿Cuándo podré ir al water? ¿Cuándo podré marcharme?», preguntó Chamcha de un tirón. Stein respondió sosegadamente: el médico llegaría en seguida; la enfermera Phillips le daría un orinal; podría marcharse en cuanto estuviera restablecido. «Por cierto, fue usted muy amable al contraer esa pulmonía -agregó Stein con la gratitud del autor cuyo personaje, inesperadamente, le resuelve un peliagudo problema técnico-. Hace mucho más verosímil la historia. Al parecer, estaba usted tan enfermo que perdió el conocimiento. Somos nueve que lo recordamos perfectamente. Gracias. -Chamcha no pudo encontrar palabras-. Y, otra cosa -prosiguió Stein-, a la vieja chiflada de Mrs. Diamond resulta que la encontraron muerta en la cama, completamente fiambre, y el otro caballero se esfumó. No se descarta la posibilidad de un hecho delictivo.»

«En suma -dijo, antes de desaparecer para siempre de la nueva vida de Saladin-, yo le sugiero, ciudadano Saladin, que no incordie con una denuncia. Perdone la franqueza, pero con esos cuernos y esas pezuñas no resultaría un testigo muy fidedigno. Que usted lo pase bien.»

Saladin Chamcha cerró los ojos y, cuando volvió a abrirlos, su verdugo se había convertido en la enfermera fisioterapeuta Hyacinth Phillips. «¿Por qué ese afán de echar a andar? -preguntó-. Lo que desee no tiene más que pedírmelo a mí, Hyacinth, y veremos lo que puede hacerse.»

* * *

«Ssst.»

Aquella noche, a la luz verdosa de la misteriosa institución, despertó a Saladin un siseo salido de un bazar indio.

«Ssst. Tú, Belcebú. Despierta.»

Delante de él había una figura tan imposible que Chamcha sintió el deseo de taparse la cabeza con la sábana; pero no pudo, porque, ¿acaso no estaba él mismo…? «Eso es -dijo la criatura-, ya ves que no era el único.»

Tenía un cuerpo perfectamente humano, pero cabeza de tigre feroz, con tres hileras de dientes. «Los guardianes de noche se duermen a veces -explicó-. Y nosotros podemos hablar.»

En aquel momento, una voz de una de las otras camas -cada cama, ahora lo sabía Chamcha, tenía su propia cerca de biombos- gimió con fuerza: «¡Oh, cómo sufre este pobre cuerpo!» Y el hombre-tigre, o Mantícora, como él se llamaba, gruñó de irritación. «Ese lloricas -exclamó-. Y, total, lo único que le han hecho es dejarle ciego.»

«¿Quién ha hecho el qué?» Chamcha estaba confuso.

«La cuestión es -prosiguió el Mantícora-: ¿vas a soportarlo?»

Saladin seguía perplejo. El otro parecía sugerir que aquellas mutaciones eran obra de… ¿de quién? ¿Cómo podía nadie? «No sé cómo se puede culpar a nadie…»

El Mantícora rechinó sus tres hileras de dientes con manifiesta frustración. «En ese lado hay una mujer que ya es casi búfalo de agua -dijo-. Hay empresarios nigerianos a los que les han salido gruesas colas. Y un grupo de turistas del Senegal que, simplemente, al cambiar de avión, fueron convertidos en viscosas serpientes. Yo estoy en el ramo de la confección; desde hace años, soy un modelo masculino muy cotizado con base en Bombay y presento una amplia gama de sastrería y camisería. Pero ¿quién va a querer contratarme ahora?» Prorrumpió en súbito e inesperado llanto. «Vamos, vamos -dijo Saladin Chamcha automáticamente-. Todo se arreglará, estoy seguro. Ten valor.»

La criatura se dominó. «La cuestión es que algunos de nosotros no queremos seguir tolerándolo -dijo con vehemencia-. Saldremos de aquí antes de que nos conviertan en algo peor. Noche tras noche, siento que otra parte de mí empieza a cambiar. Por ejemplo, últimamente no hago más que peer… con perdón… ¿te das cuenta? A propósito, pruébalos -pasó a Chamcha un paquete de chicle de menta extra fuerte-. Disimulan el aliento. He sobornado a un guardián para que me surta.»

«Pero, ¿cómo lo hacen?», inquirió Chamcha.

«Nos describen -susurró el otro solemnemente-. Eso es todo. Tienen el poder de la descripción, y nosotros sucumbimos a las imágenes que ellos trazan.»

«Cuesta creerlo -argumentó Chamcha-. Yo he vivido aquí muchos años y nunca me había ocurrido…» Su voz se extinguió porque el Mantícora le miraba entornando los ojos con suspicacia. «¿Muchos años? -preguntó-. ¿No serás un confidente? Sí, eso es: ¿un espía?»

En un rincón apartado del pabellón sonó entonces un lamento. «Dejadme ir -aullaba una voz de mujer-. Oh, Jesús, yo quiero irme. Jesús, María, tengo que irme, dejadme ir. Ay, Dios. Ay, Jesús, Dios mío.» Un lobo con aspecto de crápula asomó la cabeza entre los biombos de Saladin y habló ansiosamente al Mantícora. «Los guardianes no tardarán -siseó-. Es ella otra vez, Berta Cristal.»

«¿Cristal…?», empezó Saladin. «La piel se le volvió de cristal -explicó el Mantícora con impaciencia, ignorando que estaba dando vida a la peor de las pesadillas de Chamcha-. Y esos hijos de puta se lo hicieron añicos. Ahora ella no puede ni ir al tocador.»

Una voz nueva siseó en la noche verdosa. «Por el amor de Dios, mujer. Hazlo en el jodido orinal.»

El lobo se llevaba el Mantícora. «¿Está o no está con nosotros?», preguntó. El Mantícora se encogió de hombros. «Está indeciso -respondió-. No se cree lo que está viendo, y eso es lo malo.»

Huyeron al oír crujir las pesadas botas de los guardianes.

* * *

Al día siguiente, el médico seguía sin aparecer, y también Pamela, y Chamcha, desconcertado, se dormía y despertaba como si ambos estados ya no tuvieran que ser considerados contrarios, sino complementarios para crear un perenne delirio de los sentidos. Soñó con la reina, que la abrazaba tiernamente en el acto del amor. Ella era el cuerpo de la Gran Bretaña, el avatar del Estado, y él la había elegido, había copulado con ella; era su Amada, la luna de sus delicias.

Hyacinth venía a horas fijas a montarle y sacudirle y él se sometía sin rechistar. Pero, al terminar, ella le susurró al oído: «¿Usted está de acuerdo con los demás?», y él comprendió que estaba implicada en la gran conspiración. «Si lo está usted, cuenten conmigo», dijo él. Ella asintió, satisfecha. Chamcha sintió que le invadía un dulce calor y empezó a pensar en coger uno de los puños pequeñitos, pero fuertes, de la fisioterapeuta, pero en aquel momento, de la dirección del ciego llegó una voz: «Mi bastón, he perdido el bastón.» «Pobre infeliz», dijo Hyacinth, y bajándose de Chamcha se acercó corriendo al invidente, recogió el bastón, se lo puso en la mano a su dueño y volvió a Saladin. «Hasta esta tarde -le dijo-. ¿De acuerdo? ¿No hay problemas?»

Él quería que se quedara, pero la mujer se movía con rapidez. «Soy una mujer muy ocupada, Mr. Chamcha. Cosas que hacer, gente que atender.»

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