Salman Rushdie - Los Versos Satánicos
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Chamcha estaba perplejo. Luego, observó que en el suelo del furgón había aparecido un gran número de cositas blandas y redondas. Se sintió abrumado por la mortificación y la vergüenza. Al parecer, hasta sus procesos naturales eran caprinos. ¡Qué humillación! ¡Él, que era -que tanto se había esforzado por ser- un hombre sofisticado! Semejante degradación podía ser propia de la chusma de las aldeas de Sylhet o de los talleres de reparación de bicicletas de Gujranwala, pero él era de otra madera. «Miren ustedes, señores míos -empezó tratando de adoptar un tono de autoridad que era bastante difícil de conseguir en aquella postura tan poco digna, tendido de espaldas esparrancado, entre montones de bolitas de su propio excremento-, señores míos, les conviene reparar su error antes de que sea tarde.»
Novak puso una mano detrás de la oreja. «¿Qué ha sido ese ruido?», preguntó, mirando en derredor, y Stein dijo: «A mí que me registren.» «Ha sonado así -describió Joe Bruno que, haciendo bocina con las manos, bramó-: ¡Maa-aa-aa!» Entonces los tres volvieron a reír, de manera que Saladin no pudo saber si estaban insultándole o si sus cuerdas vocales habían sido infectadas, como temía él, por aquella macabra demoniasis que le había acometido sin el menor aviso. Estaba tiritando otra vez. La noche era muy fría.
El funcionario Stein, que parecía ser el jefe de la trinidad o, por lo menos, primus inter pares, volvió bruscamente al tema de las bolitas que rodaban por el suelo del furgón. «En este país -informó a Saladin-, cada cual limpia lo que ensucia.»
El policía dejó de mantenerle echado y tiró de él obligándole a arrodillarse. «Eso es -dijo Novak-. Límpialo.» Joe Bruno puso una mano grande en la nuca de Chamcha y le empujó la cabeza hacia el suelo. «Empieza -dijo en tono coloquial-. Cuanto antes empieces, antes acabarás.»
Mientras realizaba (por no tener alternativa) el ritual último y más inmundo de su humillación injustificada -o, dicho con otras palabras, mientras las circunstancias de su vida milagrosamente salvada se hacían más infernales y escandalosas-, Saladin Chamcha empezó a advertir que los tres funcionarios de inmigración ya no se conducían de un modo tan extraño como al principio. En primer lugar, ya no se parecían entre sí en nada. El oficial Stein, a quien sus colegas llamaban «Mack» o «Jockey», resultó un hombre corpulento con una narizota en forma de montañas rusas y un acento exageradamente escocés. «Así se hace -observó con aprobación mientras Chamcha masticaba tristemente-. ¿Actor has dicho? A mí me gusta ver trabajar a un buen cómico.»
Esta observación indujo al oficial Novak -es decir, «Kim»-, que había adquirido una coloración alarmantemente pálida, una cara ascética y delgada que recordaba un icono medieval, y un pliegue en el entrecejo que sugería un profundo tormento interior, le indujo, decía, a lanzarse a una breve perorata acerca de los artistas de las series de telefilmes y presentadores de concursos de televisión que más le gustaban, mientras que el oficial Bruno, que, según observó Chamcha con cierta sorpresa, se había convertido en un sujeto extraordinariamente bien parecido, con el pelo brillante y engominado, peinado con raya en medio y una barba rubia que contrastaba dramáticamente con el tono más oscuro del cabello, Bruno, el más joven de los tres, preguntó lascivamente qué había de las mujeres, que eso era lo bueno. Este nuevo enfoque animó a los tres a rivalizar en la narración de anécdotas de la más diversa especie que dejaban sin terminar, cuajadas de frases de doble significado, pero cuando los cinco policías trataron de meter baza, los tres funcionarios cerraron filas, adoptaron un aire severo y pusieron a los policías en su lugar. «Los niños -les reprendió Mr. Stein- son para vistos y no para oídos.»
Para entonces Chamcha sufría violentas arcadas provocadas por su comida y se obligaba a no vomitar, porque sabía que semejante error no haría sino prolongar sus desdichas. Gateaba por el suelo del furgón, buscando las bolitas de su tortura que rodaban de un lado al otro, y los policías, que necesitaban una válvula de escape para la frustración engendrada por el rapapolvo del oficial de inmigración, empezaron a insultar rotundamente a Saladin y a tirar del pelo de su anca, para aumentar su incomodidad y su bochorno. Luego, los cinco policías, con acento de desafío, iniciaron su propia versión de la conversación de los funcionarios de inmigración y se pusieron a analizar los méritos de diversas artistas de cine, jugadores de dardos, luchadores profesionales y similares; pero, puesto que la arrogancia de «Jockey» Stein les había puesto de mal humor, no conseguían mantener el tono abstracto e intelectual de sus superiores y empezaron a pelearse acerca de los respectivos méritos del equipo del Tottenham Hotspur que consiguió el «doblete» en los años sesenta y el poderoso Liverpool de la actualidad, conversación en la que los partidarios del Liverpool provocaron a los fans del Tottenham diciendo que el gran Danny Blanchflower era un jugador «de lujo», un bollito de crema, flor por el apellido y por naturaleza, a lo que la afición ofendida respondió gritando que, en el Liverpool, los sarasas eran los seguidores, que los del Tottenham podían despedazarlos con los brazos atados a la espalda. Desde luego, todos los policías estaban familiarizados con las técnicas de los hooligans futboleros, ya que habían pasado muchos sábados de espaldas al campo, vigilando a los espectadores en los diversos estadios del país, y a medida que la discusión se acaloraba, llegaron al extremo de desear demostrar a sus colegas oponentes exactamente lo que quería decir aquello de «despedazar», «zumbar», «embotellar» y demás. Los coléricos bandos se miraban con ojos llameantes y de repente, todos a la vez, se volvieron contra la persona de Saladin Chamcha. Bien, el barullo en el furgón era cada vez mayor -y es cierto que Chamcha en parte era responsable, porque él había empezado chillando como un cerdo- y los jóvenes bobbies pateaban y sacudían diversas partes de su anatomía utilizándolo al mismo tiempo de conejo de Indias y de válvula de escape, procurando, eso sí, a pesar de su excitación, limitar los golpes a las partes más blandas y carnosas, a fin de reducir al mínimo el riesgo de fracturas y hematomas; y cuando Jockey, Kim y Joey vieron lo que hacían sus subordinados, optaron por la tolerancia, porque hay que dejar que los chicos se diviertan.
Además, aquella conversación acerca del espectáculo indujo a Stein, Bruno y Novak al examen de asuntos de más trascendencia y ahora, con expresión solemne y voces graves, hablaban de la necesidad, en este día y época, de aumentar la observación, no simplemente en el sentido de «mirar», sino en el de «vigilar». La experiencia de los jóvenes policías era extraordinariamente importante, declaró Stein: mirar al público, no al juego. «La vigilancia permanente es el precio de la libertad», proclamó.
«Eech -gritó Chamcha, incapaz de evitar la interrupción-. Aaaj, unnnch, ouoooo.»
Al cabo de un tiempo, invadió a Saladin una extraña abulia. No tenía la menor idea de cuánto tiempo llevaban viajando en el furgón de sus desdichas, ni hubiera podido aventurar una suposición acerca de la proximidad de su destino, a pesar de que en sus oídos repicaba con más y más fuerza el sonsonete de eleoene, deerreeese, Londres. Los golpes que llovían sobre él los sentía suaves como caricias de enamorada; la grotesca visión de su cuerpo transformado ya no le horrorizaba; incluso las últimas bolitas de cabra habían dejado de remover su martirizado estómago. Aturdido, se acurrucó en su pequeño mundo, tratando de hacerse lo más pequeño posible, con la esperanza de que al fin conseguiría desaparecer del todo y así recobrar la libertad.
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