Claro: alguien capaz de cargar por toda su vida el estigma de un diploma menor para obedecer el mandato de sus mayores, debe ser el primero a quien conviene recurrir cuando se necesita gente leal y responsable, que sepa cumplir la palabra empeñada.
En el mundo de los negocios, un grado universitario, aunque proceda de una carrera breve que por su facilidad atrae a sectores subalternos de la clase media, siempre califica mejor que una identidad obtenida por el escalafón de una carrera de empleado.
En algunos ámbitos, se presentaba con el peso de la expresión "mecánico" aludiendo a su capacidad para ordenar las piezas y arreglar un conjunto de modo que funcione aún cuando el ensamble parezca irreparable.
El Karina Apart fue resutado de uno de esos arreglos que a cualquiera le parecerían imposibles y que serían imposibles sin la intervención de voluntades capaces de ensayar nuevos ensambles de partes cuando todo indica que el resultado nunca funcionará como se espera.
Al negocio lo había ideado un hombre de gobierno caído en desgracia. Al iniciar la sociedad, los inversores daban por descontado que sus influencias conseguirían exceptuar al terreno donde construirían el edificio de las limitaciones de uso y de altura que protegían el estilo señorial de esa zona de la ciudad.
Avanzado el proyecto, con la tierra comprada a un valor más alto del previsto, completados los planos y los costosos estudios de estructura y entregados diversos anticipos a contratistas de obra, por un cambio de figuras entre fracciones del partido de gobierno, el mentor del negocio perdió su cargo, y en lugar de conciliar con sus reemplazantes la protección de "su quintita", abandonó el cargo, y, como se suele decir, siguió "girando poder en descubierto" cuando todos sabían que era "un naipe descartado" al que no valía la pena ni apostarle "una fichita de diez centavos", lo que significó la interrupción de todo flujo de favores y condenó al desgraciado al laberinto de pasillos y salas de espera que en la jerga se refiere con la fórmula "hacer banco".
"Hacer banco" procede del fútbol: el banco de suplentes o de penalizados es el lugar donde quienes no pueden jugar deben aguardar que su equipo les conceda otra oportunidad de probar suerte con la pelota. "Poner una fichita" procede de la jerga del juego: siempre se aconseja al apostador distribuir su riesgo destinando parte del capital a números o cartas que están siendo favorecidas. "Poder en descubierto" procede de la jerga bancaria: como quien dispone de una libreta de cheques puede simular que su cuenta tiene fondos prometiendo pagos que nunca se harán efectivos, quien dispone de un cargo, o de una imagen asociada al poder, puede girar un capital inexistente, con la ventaja de que, a diferencia del sistema financiero, la contabilidad del poder es vaga, suele pasar por alto los saldos de cuenta negativos y, hasta a veces computa como un saldo de poder positivo cualquier evidencia de que alguien se haya aventurado a sobregirar.
Tomando riesgos, haciendo banco y distribuyendo con paciencia sus fichitas de inversión y poder, el mecánico consiguió que el Karina, esa torre de dicisiete pisos enclavada en un barrio palaciego, fuera habilitado al cabo de dos años de la finalización de la obra. Estaba ahí, rodeado de mansiones señoriales, sedes diplomáticas y departamentos de lujo, como una excrecencia kitsch o una avanzada del desvarío postmoderno sobre la adustez de un pasado más sobrio e hipócrita, y, tal vez por ello, más verdadero.
Como en toda la ciudad, también en los alrededores del Karina hay edificios de renta. Son construcciones que poco difieren de los apartamentos de propiedad horizontal, donde cada familia es dueña del piso que ocupa y de una proporción de los espacios comunes que debe compartir con sus vecinos.
Viéndolos desde afuera o recorriendo sus galerías y pasillos no es posible determinar si sus ocupantes son propietarios o inquilinos. Ocurre con frecuencia que algunos departamentos son propiedad de sus ocupantes y otros, en el mismo piso, alojan gente que paga un alquiler al verdadero dueño. Son los inquilinos, que, por pagar adquieren un derecho temporario al uso de la propiedad territorial.
Uno los ve bajar del taxi o estacionar su automóvil y entrar con sus bolsos de compra o con sus ropas de oficina y tiende a pensar que son propietarios de sus viviendas, aunque sean meros inquilinos.
En los alredores del Karina no tiene sentido determinarlo: no hay grandes diferencias de categoría social entre los privilegiados que tienen propiedades y los no menos privilegiados que pueden permitirse el pago de una renta.
En cambio todo distingue a los vecinos tradicionales de los que entran y salen del Apart Hotel.
Los clientes del Karina no habían arraigado en la zona hasta su ingreso al apart. Y no eran pasajeros como el público de los hoteles convencionales: como ellos, procedían de otros barrios, y de otras ciudades o suburbios, aunque todos debían compartir el deseo de permanecer allí.
Además estaban los trabajadores: custodios, ordenanzas, telefonistas, mucamas y dependientes del bar: más de treinta personas.
– Demasiada gente trabaja ahí… -Se dijo en vísperas de la inauguración, a la vista de tanto personal con uniformes y delantales que estaban entrenando.
La presencia de trabajadores era ingrata para la gente de la zona. Estaban habituados a convivir con el personal del consulado ruso, las secretarias de las escribanías y consultoras que se habían instalado recientemente y los empleados de algún comercio: no eran muchos por cada lugar de empleo y se habían ido integrando gradualmente al barrio.
El Apart, con sus rotaciones de turnos, sus uniformes y su nítido recorte en el paisaje de la cuadra, era una intrusión de la industria en un espacio antes reservado a la vida familiar y al funcionamiento de pequeñas instituciones que poco se diferenciaban de las familias.
El Karina era la antítesis de lo familiar. Se decía que era un lugar para divorciados: hombres que escapan de su mujer y han perdido el hábito de administrar una casa. Los aparts también parecen alojamientos ideales para las prostitutas caras: allí pueden vivir y prestar sus servicios sin los inconvenientes de un hotel, donde su clientela tendría que identificarse.
Habría niños, pero serían niños de paso: ninguna familia elegiría un apart como vivienda permanente.
La gente temía a los traficantes de drogas que siempre andan mudando de vivienda e identidades y que por su propia afinidad con la policía elige los lugares más vigilados.
También se temía a travestis y transexuales. La televisión comenzaba a integrarlos como atracciones en sus programas y el público trataba a aprender a distinguirlos por la calle. En el barrio del Karina, cada vez que un grupo de personas veía a una mujer más alta que el promedio y con músculos marcados por la gimnasia, se abría la discusión acerca de si sería o no un travesti. Generalmente se acordaba que sí. Para los vecinos, cualquier persona que entrara o saliese del apart debía merecer la peor identidad posible: narcotraficante, contrabandista paraguayo, policía, homosexual, travesti, prostituta: gente extraña.
Algunos enviaron cartas a funcionarios y legisladores y aparecieron copias en la prensa. Se propuso una asamblea de propietarios que nunca llegó a concretarse.
La iniciativa de concertar un oscurecimiento cerrando y embanderando con trapos negros las ventanas de los departamentos que rodeaban al Karina pareció impracticable. Sin embargo la idea se contagió a uno que imprimió un volante y a unos porteros que se ocuparon de distribuirlo por los edificios cercanos, y, en vísperas de la inauguración, una familia que tenía un frigorífico, hizo traer una camioneta con peones, rollos de película de poliestireno negra, y unas cintas adhesivas, también de un gris oscuro, casi negro, que usaban para los embalajes de la planta de congelados.
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