Marcos Aguinis - La gesta del marrano

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En los años que precedieron a la conquista de América estalló la persecución de los judíos en españa, que culminó con su expulsión en masa. Esta novela narra la historia de Francisco Maldonado da Silva y sus peripecias frente al fanatismo inquisitorial, la hipocresía y la despótica corrupción del Nuevo Mundo. Una novela que también habla elocuaentemente de nuestro tiempo y del derecho a la libertad de conciencia.

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Don Diego plegó la comisura de sus párpados.

– El buen médico debe reconocer sus limitaciones. Cuidado con los éxitos imposibles, porque los paga el enfermo. A veces, lo único que cabe hacer, porque algo hay que hacer, es ayudado a bien morir.

– No me parece un buen consejo, papá.

– Yo opinaba lo mismo a tus años.

El hospital era un edificio oscuro, con ventanas estrechas y polvorientas. Sus paredes habían sido levantadas con adobe y calicanto. El techo se reducía a un entramado de cañas largas unidas mediante hojas de palmera. Constaba de tres salas donde se alineaban jergones y esteras. Podía albergar muchos enfermos, especialmente heridos. El Callao era el puerto principal del Virreinato y recibía tripulaciones agotadas. También abundaban las víctimas de peleas protagonizadas por mercaderes, negros, hidalgos y algún noble. Cuando desembarcaban los restos de un naufragio, ni el vestíbulo quedaba libre: se acostaban dos o tres pacientes en cada jergón y se cubría con paja el pasillo para los restantes. Esas jornadas eran agotadoras y exigían el concurso de frailes y monjas para brindar consuelo, distribuir raciones y sacar los cadáveres. Aquí Francisco adquirió su formación práctica.

El envejecido Diego Núñez da Silva se acuclilló ante un hombre de mediana edad que tenía el rostro desfigurado por una quemadura. Lo examinó de cerca, prolijamente.

– Está mejor.

El hombre sonrió agradecido.

– Le aplicaré otra capa de ungüento -miró hacia su bandeja con varios cazos llenos de sustancias verdes, amarillas, rojas y marfileñas. Eligió la última. Parecía cebolla. La depositó suavemente sobre las llagas húmedas.

– ¿Es cebolla? -cuchicheó Francisco.

– ¡Ahá!

– ¿No se curaría más rápido espontáneamente? -guiñó.

– En este caso gana la cebolla. ¿Te cuento? -se incorporó con ayuda de su hijo y marchó hacia otro enfermo-: Ambrosio Paré fue cirujano de guerra. Lo llamaron para atender a un quemado grave. Corrió a buscar los ungüentos de rutina. En el camino tropezó con una de las prostitutas que marchaban tras los ejércitos. Ella dijo que las quemaduras se curan mejor con cebolla picada. Paré, abierto a toda información, ensayó el método…

Se interrumpió; estaba agitado; inspiró hondo cuatro o cinco veces; prosiguió.

– El resultado fue satisfactorio. Pero aquí viene lo interesante para ti -levantó el dedo índice-. Otro hombre habría dicho «la cebolla cura todas las quemaduras». Él, en cambio, antes de afirmar semejante cosa, se preguntó, igual que tú ahora: «¿No se habría curado la herida con mayor rapidez sin la cebolla?» Ahí tienes al médico verdadero: se hace preguntas, investiga siempre. ¿Qué hizo, entonces? Probar otra vez. ¿Cómo? Pues cuando se le presentó un soldado con el rostro quemado bilateralmente, le aplicó cebolla en una mejilla y a la opuesta dejó sin tocar. Comprobó que la tratada curó más rápido. Yo hice lo mismo hace unos años.

Se sentó junto a otro herido. Necesitaba descansar; mientras recuperaba el aliento, contempló al paciente que volaba de fiebre. Un barbero bizco y greñudo le aplicaba paños mojados en la cabeza, el pecho y los muslos. Un disparo de arcabuz le desgarró el brazo izquierdo. Las balas tienen el tamaño de una nuez y producen heridas grandes y deshilachadas. Don Diego quitó el paño. Apareció el cráter bermellón con un reborde azulino; ampollas doradas estaban a punto de romperse; pequeñas lombrices danzaban en el interior de la herida. Con una pinza fue extrayéndolas una por una y las arrojó al brasero. El paciente emitía sonidos inconexos; su delirio febril había aumentado.

– Debería cauterizar con aceite de saúco hirviendo -reprochó el barbero.

Don Diego negó con la cabeza. Examinó los cazos de su bandeja y eligió yema de huevo seca, que espolvoreó en el centro del boquete. Después roció con aceite de rosas y trementina.

– Esto es mejor.

El barbero gruñó, disconforme.

– Siga con los paños frescos. Y trate de hacerle beber mucha agua. Dentro de un rato vendré con el nitrato de plata para hacerle una topicación.

Fueron hacia la botica en busca del producto. Cuando estuvieron lejos del barbero, reconoció que ese herido evolucionaba mal. Pero no usaría el aceite de saúco abrasante. Entraron en la botica y pidió nitrato de plata. El boticario era un hombre calvo de barba en abanico; usaba mandil de herrero. Dijo que se sentaran y esperasen. Estaba preparando un frasco de teriaca [28]. Se habían terminado sus reservas en el Callao y también en Lima. Había emergencia.

– Apúrese, entonces -ironizó don Diego.

Francisco se acomodó en un banco y aflojó su espalda. Inhaló el escándalo de olores que vociferan en una botica y se sintió repentinamente feliz. Su padre, aunque desgastado, parecía haber recuperado algo de fuerza y humor. Ocurría cuando funcionaba como médico, evocaba a Paré y Vesalio (aún no reconocidos por la Universidad, pero tolerados por la Inquisición) o se burlaba de la teriaca.

– Es una mistificación estúpida -dijo.

– Cállese, incrédulo -chistó el boticario mientras estrujaba en el mortero la carne de víbora.

– No se olvide que debe agregarle sesenta y tres ingredientes.

– Ya los tengo preparados.

– Que no vayan a ser sesenta y cuatro ni sesenta y uno -sonrió-. Fallaría.

– Quisiera verlo a usted con un veneno en el estómago. Quisiera verlo si no correría a pedirme la teriaca.

– Seguro que correría. Pero a vomitar el veneno… La teriaca me lo haría absorber más rápido.

– Usted es un ignorante presuntuoso.

– Claro que sí -carcajeó-. Si soy presuntuoso, debo por fuerza ser ignorante. ¿Conoce usted algún presuntuoso que sea sabio?

– ¿De qué está compuesta la teriaca, papá?

– Ya oíste -intervino el boticario mientras se rascaba la lustrosa calva-: carne de víbora y sesenta y tres ingredientes. ¿Te los nombro?

– Creo que no vale la pena -terció don Diego-: basta con poner un poco de lo que hay en cada frasco. Y si no llegas a las sesenta y tres sustancias agregas una hoja de lechuga, granos de maíz y orina de perro.

– Usted se burla porque es un incrédulo. Ojalá lo envenenen., ¡Suplicará por la teriaca! -su barba en abanico se elevaba como la cola de los pavos. Llenó un perol con nitrato de plata.

– Tome. Y váyase. Así trabajo tranquilo.

Regresaron donde el herido por bala de arcabuz. El barbero bizco y rudo le seguía aplicando trapos mojados. Continuaba la fiebre. Don Diego levantó el apósito.

– Le haré las topicaciones. Son muy efectivas.

– No mejorará sin la cauterización -murmuró el barbero con disgusto.

Don Diego tomó el hisopo como una pluma de escribir y lo untó en el frasco. Pintó la herida desde el centro húmedo hacia los bordes inflamados e irregulares. El paciente proseguía emitiendo broncos quejidos, sin noticias del tratamiento que le efectuaban. Alrededor sonaban los pedidos de ayuda. Bastaba que se atendiera con esmero a uno para que los restantes empezaran a desesperarse. El médico le hablaba a su hijo mientras movía el hisopo con destreza. No era un pecado reconocer que le debía este procedimiento a los moros. Aunque se los consideraba hombres de sangre abyecta, descubrieron las propiedades benéficas del alcohol y el bicloruro de mercurio. Enseñaron a usar el nitrato de plata.

– ¿Lo sabía? -se dirigió al barbero.

– No soy hombre de letras -se excusó altivamente, uniendo más sus ojos bizcos.

81

El pecado cubre al mundo como las tinieblas cubrían el abismo antes de la Creación -decía con rabia el inquisidor Andrés Juan Gaitán-. Los hombres que deberían combatido con más energía son los que con más irresponsabilidad se entregan a sus brazos.

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