Marcos Aguinis - La gesta del marrano
Здесь есть возможность читать онлайн «Marcos Aguinis - La gesta del marrano» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:La gesta del marrano
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:5 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 100
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
La gesta del marrano: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «La gesta del marrano»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
La gesta del marrano — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «La gesta del marrano», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
Este magnífico virrey inspiró mi comportamiento en el Auto de Fe que ahora evoco. Me opuse a que lo hicieran en la catedral con la misma firmeza que él hubiera tenido, y exigí que repitiesen el ceremonial del anterior, que no les había resultado tan oneroso. Solicitaron ayuda económica, los desvergonzados. Les demostré (con artilugios) que estaba más pobre que ellos. En fin, irritados a más no poder, amenazaron con suspender el Auto. Está bien -dije-, que lo suspendan.
Avanzaba el día. La gente se había volcado a la calle. Los reos estaban listos, con sus corozas, sambenitos y cirios verdes. Se sucedían las idas y venidas de funcionarios entre mi palacio y el de la Inquisición. Conseguí doblegarlos (¡gracias, conde de Villar, que me ayudaste desde el otro mundo!). Recién al mediodía se puso en marcha la comitiva hacia el Tribunal. Antes, ya habían hecho desfilar a los reos ante las puertas del palacio para que mi mujer los pudiese ver desde la celosía de una ventana. El espectáculo no es demasiado frecuente. La ceremonia se cumplió de acuerdo a mi voluntad. Gaitán y Verdugo trituraron sus muelas. En el tablado sólo yo gocé de almohadas a los pies. Se lo tenían merecido. Fue un enérgico tirón de orejas.
Pero no les hizo gran efecto. Mis espías pudieron leer la carta tempestuosa que escribieron a la Suprema de Sevilla. Dijeron que no pudieron dilatar más la celebración del Auto de Fe porque los relajados tenían mala salud, y que se podían morir antes de la ejecución, con lo que el Auto de Fe perdía su fuerza aleccionadora. Tampoco podían romper conmigo. Escribieron que soy colérico y tenaz (¡no les pude agradecer el elogio!) y su enfrentamiento, de seguir, podía derivar en disturbio y escándalo. Dijeron que las cosas iban mal en el Virreinato por mi culpa. Que había que poner remedio urgente porque mi brazo acá es poderoso y la Suprema, aunque más poderosa que yo, estaba lejos.
75
Fray Manuel Montes -recordó Francisco- había anunciado su decisión de gestionar mi admisión a la Universidad de San Marcos. La voz monocorde y apagada no entró en detalles. Era la misma voz que en el confesionario, mediante esporádicas puñaladas, me extraía el tuétano de los pecados y lograba hacerme expresar una desesperada adhesión a la religión verdadera. El temor de no ser aceptado en San Marcos incrementaba mis esfuerzos por agradar. Pero nunca podía enterarme, por su expresión de ultratumba, si había tenido éxito. Sospeché que habló con el rector de San Marcos y el Real Tribunal del Protomedicato. Así como la Universidad se encargaba de la enseñanza, el Protomedicato era responsable del control profesional: perseguía a los charlatanes, reconocía títulos, vigilaba el funcionamiento de los hospitales.
Fray Manuel me notificó que debía presentarme a clase. Lo dijo con la misma indiferencia de siempre. Alternaría entre Lima y el Callao: seguiría los cursos en Lima y podría entrenarme en el hospital del Callao junto a mi padre; en Lima pernoctaría en el convento. Me conmovió la generosidad escondida tras su apariencia de cadáver. Sentí gratitud e imité a Martín: caí de rodillas y tomé su mano para besarla. Su piel era fría y blanduzca como la de un reptil. La retiró espantado.
– ¡No me toques! -reprochó.
– Quiero expresarle mi felicidad.
– Reza, entonces.
Se limpió en el hábito la mano que rocé.
Fui a la Universidad con excitación. Se abría un mundo deslumbrante. Existía una biblioteca grandiosa con todos los libros que conocí en Ibatín y Córdoba y muchísimos cuya existencia ni sospechaba. Por sus claustros circulaban eruditos en ciencia natural, filosofía, álgebra, dibujo, historia, teología, gramática. Flotaban los espíritus de Aristóteles, Guy de Chauliac, Tomás de Aquino, Avenzoar. Y existían remembranzas de las viejas Universidades de Bolonia, Padua y Montpellier. Referencias salpicadas unían a esta casa de estudios con las famosas escuelas médicas de Salemo, Salamanca, Córdoba, Valladolid, Alcalá de Henares y Toledo. Desde la cátedra se leían durante hora y media los textos luminosos que, de cuando en cuando, el profesor glosaba con elegancia. Algunos nombres sonaron familiares y yo me exaltaba: Plinio, Dioscórides, Galeno, Avicena, Maimónides, Abulcasis, Herófilo.
Supe que Abulcasis, el cirujano más grande de España, también fue cordobés de nacimiento, y reunió sus experiencias en una enciclopedia de treinta libros que pronto fue traducida del árabe al griego y latín. Me encandiló el reencuentro con Plinio, de quien sólo había captado sus narraciones fantásticas; era más que eso: era un empíreo de sabiduría. El pensamiento saltaba por encima de las barreras: los egregios padres y santos de la Iglesia alternaban con las ideas de moros, judíos y paganos.
A las clases no sólo asistían estudiantes, sino doctores, licenciados, bachilleres, clérigos y nobles. La lectura de los grandes textos constituía un acontecimiento solemne. En religioso silencio escuchábamos las frases que goteaban el oro de la verdad.
76
Es odioso reconocerlo -pensaba el iracundo inquisidor Andrés Juan Gaitán-, pero negarlo sería mentir. Los obispos del Virreinato no tienen simpatía por el Santo Oficio. Desde el comienzo nuestras relaciones fueron tensas. Y no por culpa del Santo Oficio, que llegó a estas tierras salvajes para poner orden en las costumbres disolutas y defender la fe.
El Señor, que lee en el interior de las almas, sabe que pienso con justicia al indignarme con el primer arzobispo de Lima, Jerónimo de Loaysa, porque no nos acogió amorosamente. Publicó un edicto nombrándose inquisidor ordinario. Quería retrotraer la sagrada guerra por la fe a los tiempos primitivos en los que aún no se había creado el Tribunal del Santo Oficio y eran ellos, los prelados, quienes se encargaban de perseguir las herejías. Con ese gesto evidenció que competía con nosotros y deseaba marginarnos.
Tampoco perdonaré a otro obispo, el del Cuzco, Sebastián de Lartaun, quien manifestó públicamente que le pertenecían los asuntos del Santo Oficio… Me hubiera gustado ponerle una antorcha en la lengua. Fue tan injusto y provocador que prendió a un comisario y lo afrentó encerrándolo engrillado en una mazmorra.
Ocurre que los obispos estaban acostumbrados a que todos los asuntos fueran de su jurisdicción y el Santo Oficio les cercena una cuota de poder. En algunos casos nos peleamos (lo reconozco horrorizado) como mercaderes por un cliente. ¡Qué indigno!
El hueso más duro de pelar es la competencia por nuestros propios funcionarios. ¡Quisiera descuartizar a los obispos que nos disputan incluso este campo! ¡Deberían arder como los marranos! ¿Puede haber algo más injusto y perjudicial? El Santo Oficio, para cumplir su sagrada misión, necesita colaboradores sacrificados y eficientes. Entre los más notables, por su distribución estratégica, están los comisarios. Conforman el brazo largo que puede atrapar en lugares inverosímiles a esos excrementos del demonio que son los herejes. Pero resulta que los comisarios, por su delicada función, deben ser clérigos y, en consecuencia, sujetos también al obispo. Pero ni el obispo ni su tribunal ordinario quieren entender que, desde el momento en que un clérigo pasa a integrar el Santo Oficio (tribunal extraordinario), queda incorporado a una legión superior. La legión superior, el Santo Oficio, tiene sobrados instrumentos para controlar, juzgar y castigar sus faltas, sin el concurso del nivel inferior. Pero no. Desconfían y perturban. Aprovechan cualquier error y artilugio para menoscabar nuestra autoridad.
Como si no fuera suficiente la antipatía de los obispos, también sufrimos la de las órdenes religiosas… Muchas veces hemos tenido que encomendar ciertas tareas a los miembros de las órdenes; lo hacemos para salvaguardar la religión verdadera. ¿Y qué dicen sus superiores? Que encomendamos las tareas sin consultados, y por ende, producimos escándalo y alboroto. Pero ¿cómo los vamos a consultar si las misiones, para ser eficientes, necesitan permanecer en secreto?
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «La gesta del marrano»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «La gesta del marrano» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «La gesta del marrano» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.