Marcos Aguinis - La gesta del marrano

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En los años que precedieron a la conquista de América estalló la persecución de los judíos en españa, que culminó con su expulsión en masa. Esta novela narra la historia de Francisco Maldonado da Silva y sus peripecias frente al fanatismo inquisitorial, la hipocresía y la despótica corrupción del Nuevo Mundo. Una novela que también habla elocuaentemente de nuestro tiempo y del derecho a la libertad de conciencia.

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– Pero los negros armados a veces cometen tropelías. Son un peligro real.

– No cuando acompañan a funcionarios -replicó el inquisidor.

– En esas condiciones disminuye el peligro, sí.

– Le pido un decreto de excepción, entonces.

– ¿Un decreto de excepción?

– Que los negros puedan llevar armas cuando acompañan a los inquisidores, al fiscal y al alguacil mayor del Santo Oficio.

– Lo pensaré.

Gaitán acarició su cruz. No le satisfizo la respuesta.

– ¿Puedo solicitar a Su Excelencia un plazo?

– No le doy un plazo, sino mi promesa de contestarle a la brevedad.

El inquisidor advirtió que la audiencia llegaba a su fin. Este maldito poeta metido a virrey -pensó- quiere tener la última palabra y sacarme de aquí sin un compromiso. Pues no me iré antes de refregarle un recordatorio en su carita de malviviente.

El marqués de Montesclaros se incorporó. Era la señal inequívoca. El inquisidor debía hacer lo mismo y despedirse, según las normas del protocolo. Pero el inquisidor pareció víctima de una súbita ceguera: ni lo vio ni se movió, abstraído en la cruz que ocupaba la superficie de su pecho. Competían el poder del César y el poder de Dios. Andrés Juan Gaitán, representante de Dios, era casi Dios. Con estudiada voz de ultratumba le descerrajó el debido discurso. Habló sentado, como si gozara de la cátedra, a un virrey crispado y prisionero.

– Desde la fundación de la Iglesia -dijo como si le hablara a sus propias flacas manos ocupadas en acariciar la cruz-, castigo del crimen de herejía estuvo a cargo de los sacerdotes. Para que no hubiera descuidos, el papa Inocencio III creó el Tribunal de la Inquisición. Gran Papa, gran santo. Y para que la Inquisición no padeciera vallas en su tarea sublime, tanto los papas como los reyes la han eximido de la jurisdicción civil e incluso de la eclesiástica ordinaria. Todos sus miembros gozan de prerrogativas. Prerrogativas, privilegios e inmunidades para que su tarea redunde en el aumento de la fe. Como los asuntos relativos a la fe pertenecen en última instancia al Papa, la jurisdicción principal del Santo Oficio es eclesiástica. La jurisdicción civil, en cambio, y la de un virrey, y la de una Audiencia por extensión, están por debajo de aquélla. Así como la tierra está debajo del cielo.

Elevó lentamente la cabeza. Simuló sorprenderse. Como si no hubiera advertido que le estaba faltando el respeto al virrey. Hizo una reverencia disfrutando su pequeña victoria. Giró y caminó con estudiada majestad hacia la puerta, dueño del tiempo y del espacio.

El marqués masticaba algunas frases: todas las prerrogativas… todas las prerrogativas.

70

El tabuco de mi padre -contaría Francisco- quedaba a la vuelta del hospital portuario. Me costó disimular la pena que sentía por este hombre vencido que adoptó, incomprensiblemente, una marcha bamboleante y grotesca. Me dolía su sonrisa, de perpetua disculpa. Era una lastimosa reproducción del médico que años atrás pisó firme en Ibatín. Sus manos terrosas colgaban como trapos. Miraba el suelo, desconfiado de su vista. Cuando me llevó por primera vez a su casa se detuvo frente a una puerta formada por listones que unían dos travesaños.

– Aquí es -murmuró avergonzado.

Empujó y entró. No tenía llave ni candado ni tranca una de las tres bisagras estaba rota. Me abochornó el agujero negro que era su vivienda. De repente se iluminó el portal de Ibatín y el patio de naranjos. El color pastel era revuelto con círculos azulinos. La intensidad de esa imagen me produjo un mareo. Avancé hacia el rectángulo oscuro y olí la salobre humedad del interior. A medida que se apagaba el' relumbre de Ibatín, empecé a divisar las paredes de adobe parcialmente encaladas, el piso de tierra y el techo cañizo por donde se filtraba la nubosidad del Callao.

– Nunca llueve -justificó mi padre.

Vi sus objetos. Pocos y ruinosos. Una mesa sobre la que se apilaban papeles, libros, una jarra de latón y un cazo de barro. Un estante con más libros. Un jergón de paja bajo ese estante con un blandón de bronce junto a la cabecera. Dos bancos, uno adherido a la mesa y el otro a la pared. En el fondo se tocaban un cofre y una alacena sin puertas. Varios clavos fijados en el muro eran los percheros. Se quitó el sambenito y lo colgó de uno de esos clavos.

Abrió los brazos huesudos: «Estás en tu casa», quería decir. Una casa lúgubre, testimonio de su caída. Corrió el segundo banco hasta la mesa. Después abrió el cofre: buscaba elementos que mejorasen la fisonomía del recinto y expresaron su alegría por mi llegada. Su preocupación por mi bienvenida resultaba intolerable. Enfatizaba su decadencia.

Descargué mi equipaje y la mula agradeció con un estremecimiento. Lo instalé en el centro de la pieza. El golpe sordo llamó la atención de mi padre. Su mirada pretendía decir: «¿Qué traes?» Extraje mis ropas, la gruesa Biblia y una talega. Le invité a que se acercara. No entendió. Que se acercara, que abriese la talega. «¿Un regalo?», supuso conmovido. Sí -quería explicarle, pero mis labios no podían emitir sonido-, es un regalo que viene de Córdoba; me lo entregó tu fiel esclavo Luis antes de mi partida y lo he vigilado como un tesoro de rey a lo largo del viaje.

Papá se inclinó, palpó el rústico saco e inmediatamente refulgieron sus ojos con la intensidad de otros tiempos. Reconocí el relámpago fugaz. Sus dedos abrieron el nudo y en seguida extrajo un escoplo; lo frotó contra su manga y lo acercó a la luz. Una sonrisa que por fin no era disculpa llenó su cara. Lo dejó cuidadosamente sobre la mesa como si fuera de cristal. Sacó una cánula, también la frotó e hizo chispear junto a la luz. Recogió, acarició el estuche de brocato y lo agitó para oír la respuesta de la llave española. Meneó la cabeza con una expresión de gratitud infinita.

Entonces le conté de Luis. Correspondía narrarle su prodigio: cómo escondió las piezas, cómo soportó el castigo del capitán Toribio Valdés y el interrogatorio del comisario. Pero me detuve cuando iba a describir sus escapadas al matadero para calmar nuestra hambre con sus hurtos. Aún no podía descender al pozo de la tragedia. Me mantuve, pues, en los límites anecdóticos del viaje. Debía circunvalar el árbol hasta adquirir aliento y atreverme a seguir una rama, y finalmente deslizarme por el grueso tronco hasta la raíz. Mejor comenzar por lo reciente; era menos doloroso.

– Vi al virrey, ¿sabes?; estaba cruzando el puente de piedra. Lorenzo insistía en que él lo miró; y que esa mirada era una invitación concreta para incorporarse a su cuerpo de oficiales.

Nada dije, en cambio, del palacio inquisitorial ni la aparición del inquisidor Gaitán. Lorenzo era un buen amigo -volví a hablar de él para diferenciado de su padre, el capitán de lanceros-. Creo que hará carrera, que oiremos de sus hazañas. Luego rememoré otras peripecias del viaje. Mencioné personas que papá conocía: Gaspar Chávez, Juan José Sevilla y Diego López de Lisboa. Ante sus nombres le tembló el mentón y bajó los párpados. No hizo comentarios. No hizo comentarios sobre nada. Se limitaba a escuchar con interés. A menudo se retorcía los dedos. Durante horas, en su húmedo tabuco resonó mi monólogo. Parecía lo mejor, lo soportable.

Cuando se agotó mi viaje retrospectivo y llegué al comienzo, a los detalles de mi partida, me encontré hablando del convento dominico de Córdoba. Me despedí de fray Bartolomé -dije-, a quien efectué una sangría. Sí, una sangría… Y me dispersé contando la hazaña porque era duro narrar otras cosas como el triste fin de Isidro Miranda, encerrado en su celda por demente. En forma salteada le conté de mis lecturas, la confirmación y el aprecio que me brindó el formidable obispo Trejo y Sanabria. Después no pude resistir y hablé de mis hermanas. «Estaban bien» (repetí expresiones de mi madre), bajo el amparo de un monasterio.

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