Marcos Aguinis - La gesta del marrano

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En los años que precedieron a la conquista de América estalló la persecución de los judíos en españa, que culminó con su expulsión en masa. Esta novela narra la historia de Francisco Maldonado da Silva y sus peripecias frente al fanatismo inquisitorial, la hipocresía y la despótica corrupción del Nuevo Mundo. Una novela que también habla elocuaentemente de nuestro tiempo y del derecho a la libertad de conciencia.

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– ¿Los indios son cristianos nuevos como nuestro padre?- preguntó Isabel, atónita.

– ¿Y qué otra cosa pueden ser?

Movió las manos y con ellas las anchísimas mangas. Francisco tuvo la fugaz impresión de que iban a salirle algunos de los peces que recogió en el río. Habló de cristianos nuevos que deberían ser imitados con humildad por muchos viejos, como Juan de Ávila, Luis de León, Juan de la Cruz y Pablo Santamaría. Provienen de familias judías de rabinos. «En La Rioja, mi vicario era también cristiano nuevo. Me prestó mucha ayuda, aunque era un pecador insistente. Todos los días cometía una falta menor. ¡Todos los días! ¡Qué hombre! Yo le suplicaba y le reprendía y hasta amenazaba. Inútil. Llegué a pensar que pensé correctamente, que el Señor utilizaba a este vicario para demostrar que yo no era tan persuasivo como dicen por ahí.»

– Fray Bartolomé Delgado lo arrestará a usted -descerrajó Francisco.

– ¿Por qué? -se asombró el fraile.

– Porque usted critica a los que persiguen cristianos nuevos. Usted defiende a los cristianos nuevos.

– Pero no a los herejes -levantó la voz y un destello marcial le iluminó la cara.

Se produjo un silencio incómodo.

– No a los herejes -repitió el fraile, bajando al tono habitual.

– ¿Mi padre es hereje? -titubeó Felipa.

– No lo sé. Lo determinará el Tribunal del Santo Oficio.

– Usted dijo que tenía un corazón noble.

– Lo dije. Pero la herejía es otra cosa. La herejía es un ataque a Dios y una alianza con el demonio. Es gravísima.

– Nos dijo que no tuviéramos vergüenza -intervino, medrosamente Isabel.

– Lo dije. No tengan vergüenza y sean fuertes para evitar la tentación. Si Diego Núñez da Silva ha pecado, lo sabremos. Puede arrepentirse. Si no cometió algo atroz, lo van a reconciliar.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó Francisco.

– Perdonar, tras alguna penitencia adecuada.

– Entonces nuestra madre podrá salir tranquilamente a la calle.

– Puede salir ahora.

– No -replicó Francisco-, porque le dicen cosas feas.

– Hijo, cállate -protestó Aldonza con el puño en la boca, frenando otro acceso de tos.

– Ni ella ni mis hermanas se animan a salir -añadió Francisco-. Es humillante caminar hasta la iglesia, ir a misa.

– ¡Absurdo! -exclamó el fraile.

– Es verdad -insistió Francisco-. ¿Qué pasó la última vez?

– Nos tiraron cáscaras -contó Felipa.

Amanece. Una fresca y húmeda quietud le besa la cara. Varias mulas y soldados aguardan ante la puerta del convento. Los brazos que aferran a Francisco lo ayudan a montar. Oye que dicen «sargento», «equipaje para la prisión», «Santiago».

¿Lo llevan a Santiago de Chile? Un oficial pronuncia «Maldonado da Silva». Resuena «Silva».

«Silva» -evoca Francisco-, del linaje de Hasdai y Samuel Hanaguid.

31

A la madrugada se produjo un griterío. Francisco Solano no había exagerado cuando anunció que compartiría su desayuno con los pájaros del amanecer. Desmenuzó la torta en migajas y atrajo sobre sí una bandada hambrienta. Catalina experta ya en atrapar avecillas para enriquecer el caldero, se abalanzó sobre ese fantástico amontonamiento con su red de cáñamo, lo cual horrorizó al fraile. La negra creyó que usaba esas migas para atraerlas y que debió ayudarlo a cazarlas. Francisco Solano la empujó y Catalina supuso que estaba enojado porque atrapó escasas piezas: se lanzó con renovada energía contra otro conjunto de pájaros que picoteaba aceleradamente. El fraile le gritó que se fuera y ella replicó a los gritos que hacía cuanto podía.

No quedaba más torta e Isabel le ofreció unas frutas. Comió higos y partió hacia el convento. Quería llegar para la misa. Antes de irse comentó que en unos días hacia el Paraguay, donde se encontraría con Fray Bolaños, su entrañable amigo. Ofreció venir a buscarlos para la misa de la mañana siguiente.

– ¿Venir a buscarnos?

Sí, aclaró, para caminar juntos hacia la iglesia. De esa forma enseñaría a los malos cristianos cómo se debe tratar a quienes padecen una situación difícil. Aldonza volvió a toser.

Por la tarde apareció fray Isidro: se había enterado de la visita del franciscano. Se había enterado la ciudad, exageró.

– Nos explicó por qué no le gusta que nos llamen cristianos nuevos -Francisco le espetó a quemarropa.

– Tu madre no lo es.

– Mi padre sí lo es, y yo también, y mis tres hermanos -prosiguió Francisco enfáticamente-o Nos mostró que es un nombre malo, un nombre para identificar a los judíos.

– Puede ser -sus ojos protruidos buscaron otro interlocutor para zafar el asedio.

– ¿Qué son los judíos? -planteó a continuación.

Se echó atrás con sorpresa y algo de susto.

– ¿Qué son los judíos?

Fray Isidro pasó los dedos por su rala cabellera blanca y después circuló el dedo mayor por el borde de la tonsura. No era sencillo responder a tal demanda.

– ¿Para qué lo quieres saber?

– Porque me han dicho judío, marrano judío.

– ¿Quién te lo ha dicho?

– Le pregunto qué significa, y usted me pregunta quién me lo ha dicho.

– No puedo responderte. Más adelante lo sabrás.

– ¡Es ridículo! Necesito saberlo ahora. Por favor.

– La impaciencia no es una…

– ¡Qué impaciencia, padre! -imploró.

– ¿Qué quieres saber?

– ¿Es verdad que adoran una cabeza de cerdo?

– ¡Cómo! ¡Eso es un disparate! Dime, ¿quién te ha dicho semejante disparate? -Lorenzo.

– ¿El hijo del capitán?

– Sí.

– No adoran una cabeza de cerdo. No adoran ningún animal, ninguna imagen.

– Lorenzo dice que sí. ¿Por qué no comen cerdo los judíos, entonces?

– Porque sus leyes lo prohíben. Una cosa no relación con la otra.

– ¿Por qué los judíos son unos marranos, entonces?

– ¡Una cosa no tiene relación con la otra! ¡Te lo acabo de afirmar!

– ¿Por qué me gritan marrano judío?

Lo apretó, con ambos brazos y zamarreó.

– Hablan así los cristianos ignorantes e irresponsables.

– Usted no me dice la verdad.

– ¡La verdad!… ¡Es tan complicado explicarte! Mira: tu padre es cristiano nuevo, y eso desagrada a los viejos.

– ¿Quiere decir que es judío?

– Lo quieren seguir identificando como judío. ¿No te lo dijo Francisco Solano?

– Fue judío, entonces. O ¿ es judío?

– Sus antepasados fueron judíos.

– No comía cerdo.

– No. Pero no adoraban eso que te han dicho. No adoraban imagen alguna.

– ¿En qué creen, entonces?

– Sólo en Dios.

– ¿Por qué son distintos de nosotros?

La aparición de Felipa le permitió librarse de este diálogo. La joven dijo que su madre se sentía mal y le rogaba que fuese a verla. El clérigo, antes de encaminarse al aposento de Aldonza, le ordenó a Francisco que rezara diez padrenuestros y diez avemarías: «te confortarán».

Francisco Solano cumplió su promesa. Vino al día siguiente acompañado por Andrés, su giboso ayudante.

Aldonza parecía más pequeña y encorvada con su negro pañolón ocultándole el cabello, la frente, y parte de las mejillas; sólo dejaba ver las ojeras azules. El fraile pidió que marchara a su derecha. Esa sola distinción le provocó ahogos. Isabel se colocaría a su izquierda. Francisco adelante y Felipa atrás. Siguiendo a Felipa, como cierre del conjunto, venía Andrés: Dibujaban una cruz. Una cruz humana que iba a la iglesia con espíritu exhibicionista. En el centro sobresalía la huesuda cabeza de Francisco Solano que provocó rumores en cadena. Esta lección de solidaridad sólo fue entendida por algunos.

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