Marcos Aguinis - La gesta del marrano

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La gesta del marrano: краткое содержание, описание и аннотация

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En los años que precedieron a la conquista de América estalló la persecución de los judíos en españa, que culminó con su expulsión en masa. Esta novela narra la historia de Francisco Maldonado da Silva y sus peripecias frente al fanatismo inquisitorial, la hipocresía y la despótica corrupción del Nuevo Mundo. Una novela que también habla elocuaentemente de nuestro tiempo y del derecho a la libertad de conciencia.

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El matadero funcionaba sobre una especie de meseta donde hombres con el torso sudado y largos puñales se ocupaban de carnear. Poderosos ganchos esperaban a las reses chorreantes y entre las grandes ruedas olfateaban los perros con esperanzas de conseguir una ración. Un hidalgo miserable -como ya casi eran Diego y Francisco- se entretenía arrojándoles piedras: eran sus hambrientos competidores. Un vehículo inició la partida; los esclavos habían terminado de llenado y azuzaron a los bueyes. Un ato de intestinos resbalaba por su abertura posterior desenrollándose como una serpiente rojiza; los perros saltaron sobre la entraña y la rompieron a tarascones. El hidalgo los agredió con un bastón largo: no toleraba vedas comer.

En el potrero el desorden de cerdos y vacas se mezclaba con las risotadas de los carniceros. También rió Francisco cuando uno de esos hombres cayó en el barro al escapársele un lechón. El lechón huyó a un potrero vacío creyendo que así se salvaba. El hombre, un mestizo barrigón, se levantó bramando y emprendió su caza, pero el cerdo volvió a zafarse. Manchas de légamo le cubrieron la cara y el pecho. Blasfemó mientras lo amenazaba con su cuchillo. El animal corría despavorido hacia un lado y otro buscando la salida. El mestizo lo fue cercando y lo atrapó nuevamente; pero nuevamente se escabulló. Para el carnicero ya no era un trabajo sino una venganza. Negros, mestizos, mulatos y los pocos españoles que estaban allí se amontonaron para ver el inmundo espectáculo. El carnicero se jugaba la honra con un puerco. Era el remedo de una corrida de toros sobre charcos calientes. Se le acercaba con sigilo y luego lo corría a los gritos: era una forma insólita de carnear. Le descargó una cuchillada al costado y otra al garrón. Brotó una cinta carmesí sobre el cuero negro. El animal consiguió voltear nuevamente a su agresor y siguió corriendo en tres patas. El improvisado público ovacionaba al cerdo. El redondo abdomen del mestizo estaba cubierto de barro y de sangre; su boca chorreaba espuma. Blandió el cuchillo en el aire y, ciego de ira, embistió contra su enemigo. Un cabezazo del animal le hizo volar el cuchillo. El hombre rodó y se incorporó en seguida como un monstruo que emerge del pantano. Sacudió la cabeza crenchuda para quitarse la mugre de los ojos, recuperó el arma y volvió a saltar sobre la bestia. La abrazó con sus piernas y empezó a propinarle puñetazos y cuchilladas. La hoja entraba y salía entre los chorros de sangre. Le tironeó de las orejas y consiguió abrirle un profundo tajo en la garganta. El cerdo se encorvó y cayó; el carnicero se desplomó a su lado. El cuello del animal era un cráter que escupía lava roja. Francisco sintió pena por la víctima. El embadurnado carnicero levantó los brazos y profirió un rugido triunfal. Luego, inclinado sobre el cuerpo aún caliente, se dispuso a gozar de su trabajo y venganza. Lo arrastró y lo colgó, lo abrió por el medio y extrajo las vísceras. Le cortó la cabeza y la puso sobre la suya, como una corona.

– ¡Marrano! -le gritaban festivamente desde la empalizada.

– ¡Marrano! -gritó Francisco, contagiado por la brutal comedia.

Al mestizo le brillaban los ojos y los dientes tras el revoque de excrementos. Haciendo pasos de danza se desplazó ante el público que vitoreaba obscenidades. Amenazó arrojar la cabeza del lechón a la cara de un negro, después se dirigió a un mulato, luego la puso sobre sus genitales y finalmente la tiró con fuerza al otro lado de la empalizada. La concentración se volcó sobre ella como si fuera una pelota. Francisco advirtió que no estaban a su lado ni Diego ni Luis. Tampoco en el amontonamiento que se disputaba la inservible cabeza. El hidalgo miserable venía corriendo con las manos llenas de piedras para lastimar a los perros. Un español le gritaba a un grupo de esclavos «holgazanes de mierda», exigiéndoles que completaran el cargamento de su carreta.

Diego apareció tras de él y dijo:

– Nos vamos.

Se alejaron del matadero por el mismo camino. Atravesaron el portón ruinoso y empezaron a descender hacia el río.

– ¿Y Luis? -preguntó Francisco.

Diego cruzó sus labios con el índice. Caminaba a largas y presurosas zancadas. Francisco lo seguía al trote.

– ¿Y la mula?

Diego insistió en que se apurase y no hablara.

Al rato oyeron los insultos.

– ¡Marranos! ¡Marranos!

– ¡A correr! -ordenó Diego.

Se apartaron del camino. Los matorrales ofrecían buena cobertura. Penetraron en la vegetación que les arañaba los brazos y la cabeza. Oyeron las voces amenazantes a pocos metros y se convirtieron en estatuas. Refulgían unos cuchillos. «¡Marranos, marranos!» Permanecieron en cuclillas, envueltos por las zarzas, hasta que los perseguidores se fueron. El alivio les llegó suavemente, como un despertar. Los pájaros cantaban cerca y uno de ellos revoloteaba encima.

– ¿Qué pasó? ¿Por qué nos perseguían?

Diego le palmeó un hombro. Suspiró y sonrió. Abrieron la cortina de arbustos y regresaron al camino.

– Corramos -dijo Diego.

– ¿Por qué?

– Para alcanzar a Luis.

A los pocos minutos divisaron la mula y el negro que rengueaba a su lado. Luis los vio acercarse, pero no detuvo la marcha. Era preciso llegar cuanto antes. Diego le hizo una señal de aprobación: la mula transportaba una talega henchida de carne. Fue un operativo exitoso.

– Una pequeña compensación -dijo mientras evaluaba la cantidad de comida robada-. No equivale ni a uno de los candelabros que nos expropió el comisario.

– Yo lo quiero matar -dijo Francisco y, contrayendo la frente, enfatizó-: En serio.

– ¿Al comisario? -Diego sacudió la cabeza-. Yo también lo quiero matar, estrangular, apuñalar. Pero, ¿quién puede matar semejante cerdo? Es el rey de los cerdos. En todo sentido.

– Es un marrano.

– Francisquito.

– ¿Qué?

– No vuelvas a decir marrano.

– ¿Por qué?

– Dile puerco, cerdo, chancho o hijo de Satanás. No digas marrano.

Quedó perplejo.

– Marranos -explicó oscureciéndose-, nos llaman a nosotros. Marrano le dicen a nuestro padre.

– ¡Cómo supone que niego a Dios! -exclamó Francisco-. ¿No le estuve explicando cuánto me esmero en estudiar su palabra y obedecerle?

– Usted lo niega, hijo, lo niega -se desespera el fraile, asfixiado por el encierro de la celda y los argumentos del cautivo.

– Recuerde el evangelio de San Mateo, por favor -insiste Francisco-. Ahí Jesús afirma: «No todo el que dijere ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino aquel que hiciere la voluntad de mi Padre.» Yo hago la voluntad del Padre. Y por eso me castiga la Inquisición.

Fray Urueña se seca la frente. Es muy difícil doblegar a Lucifer. «Este hombre terminará en la hoguera», piensa.

25

El capitán de lanceros Toribio Valdés se dirigió personalmente a la casa de los Núñez da Silva acompañado por fray Bartolomé. Su actitud acusadora se olía de lejos. El capitán ingresó con paso hostil. El clérigo, bamboleándose, traía su pesado felino en brazos. Se sentaron en la sala y exigieron la comparecencia de la familia. Aldonza, como de costumbre, ofreció servirles unos dulces. Ellos, muy solemnes, dijeron que no; los traía un asunto grave. Diego transmitió a Francisco una señal tranquilizadora: sabían de se trataba.

– Hay actos piadosos y actos aberrantes -dijo el fraile con ronca severidad, Entre sus párpados abultados ardían las pupilas.

El capitán asintió, complacido por la ampulosa apertura.

– Los actos aberrantes pueden ser corregidos con los piadosos. En cambio -interpuso un silencio abrasador-, ¿qué se puede esperar de quienes cometen actos aberrantes mientras sobre ellos flota la sospecha del pecado? La desamparada familia era un conjunto de reos que escuchaban con la boca entreabierta.

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