Juan Marsé - Si Te Dicen Que Cai

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En palabras del autor, la novela no es tanto una revancha personal contra el franquismo, como una secreta y nostálgica despedida de su infancia. Lo cual no quita para que, en efecto, la sórdida vida cotidiana en un barrio ya desaparecido (Guinardó) vuelva a ser el marco de unas historias en las que se entremezclan la sátira y la violencia sexual con una indiscutible riqueza de sensaciones y fantasías. Muchas de ellas se cuentan mediante las `aventis`, un hallazgo que permite, a partir de historias inventadas por unos niños nacidos de la violencia y criados en la calle, ir tejiendo una realidad alucinante y, al mismo tiempo, extrañamente cotidiana.

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– Está bien -Java bajó la navaja hasta su pecho, introdujo la hoja bajo la cuerda y la cortó-. Estás libre, chavala. No le cuentes esto a nadie o te pincharé de verdad, ¿estamos?

– Bueno – la Fueguiña vistiéndose detrás del espejo, el Tetas espiándola agazapado, los demás apagando las velas-. Lo que me gusta es vuestro refugio.

– Te acompaño hasta la calle Verdi -dijo Java.

– Puedo ir sola, no tengo miedo. ¿Me regaláis la caja de cerillas?

Al llegar a la plaza Rovira se le escapó corriendo. Espera, ¿quieres que te acompañe o no? Era pasada ya la medianoche y Java tenía el hambre metida en el cerebro. Salían como ratas los últimos borrachos de las tabernas, sombras escoradas restregando las paredes, mascullando roncos reproches y confusos oprobios, vomitando un vino pestilente en las esquinas. Java la vio al cabo de un rato parada en un oscuro zaguán, haciéndole señas, ven, sonriendo, ven tonto, y él pensó: le ha gustado, sabe que era la mía y quiere repetir. Al llegar al portal, ella tiró de su mano atrayéndole hacia lo oscuro, pero de pronto se soltó y él no la vio más; tanteó a ciegas las paredes y la pringosa barandilla de la escalera, tropezó con cubos de basura y oyó muy cerca el ruido de papeles estrujados, las tapaderas metálicas bailando sobre el mosaico. Sus piernas se enredaron en el cuerpo de ella acuclillado cuando oyó raspar la cerilla y vio la llama prendiendo rápidamente en las hojas de periódico y las basuras apiladas en medio del zaguán. ¿Qué haces, loca?, dijo, y la Fueguiña riendo lo sujetaba, le impedía apagar el fuego, ¿qué te propones?, el resplandor encendiendo sus caras. Resonaba en los adoquines de la plaza el bastón del vigilante. Todas las sombras del zaguán retrocedieron de golpe hacia la garita de la portera empujadas por la gran llama, rescatando las paredes desconchadas, las escaleras de peldaños alabeados, la barandilla carcomida y las alpargatas azules calzando unos pies sin calcetines, grandes y pálidos. La Fueguiña ahogó un grito. Rodeado de un humo espeso y maloliente, Java vio que no podría apagar el fuego y agarró la mano de ella, inmóvil como una estatua mirando nada, y escaparon corriendo.

Ahora, la tensa piel de los hombros encogidos, como una gasa ciñéndolos arrogantemente, era lo único en el cuerpo que conservaba cierto velado esplendor de la juventud.

Le ordenaron dejar la manguera, encajar la cabeza en el madero y traer la sierra; él obedeció silbando y luego con mano temblorosa y solícita le apartó los negros, todavía rebeldes cabellos engarfiados sobre la frente, y antes que la sierra le tocara se los peinó precipitadamente hacia atrás. Fue en lo único que el celador se mostró diligente. No pudo o no quiso obedecer cuando el médico, mientras se lavaba las manos, le pidió que empezara a aserrar, y tampoco fue capaz de introducir la sonda acanalada en las arterias, no ayudó como otras veces en que estuvo quizá más borracho que hoy, pero siempre seguro y rápido y con una guasa que los estudiantes solían celebrar: se sabía el trabajo de memoria, lo habría hecho incluso mejor y más limpio que el propio forense. Y sólo cuando al terminar con los gemelos, tan idénticos en su pasmo delicado, tan vinculados a la madre por el fluido de sueños que sugerían sus yertas caritas grises, oyó gruñir cóselos y a ver si dejas todo bien limpio, que hoy estás para el arrastre, celador del diablo, empezó él a reaccionar, chapoteando en el suelo aquella turbia materia líquida desprovista repentinamente de pasado. Tras el forense salieron los últimos estudiantes. Los cuatro cuerpos yacían abiertos sobre el mármol. Los limpiaría bien, con el cazo sacaría toda el agua del tórax y del vientre, los cosería y luego los regaría por última vez, los dejaría como nuevos aunque nadie viniera a verlos, aunque nadie preguntara por ellos. Ya tenía preparados los frascos de formol. Introdujo la mano en el pecho frío y anegado y acomodó suavemente el corazón en la palma. Lo tuvo así un instante, en la palma de la mano, soñando sus latidos. Cambió el escalpelo por las tijeras y luego esgrimió la aguja y el hilo, mirando, ahora sí, la expresión serena del muerto, la tez morada y los ojos no cerrados del todo, aquel remoto hervidero de intrigas y patrañas. Estuvo mascullando gruñidos y tonadillas, por el mar corren las liebres, cosiendo la piel en sutura continua, furiosa, sin dar descanso a la mano, por el monte las sardinas, toda la piel de abajo arriba, del pubis al esternón.

7

La baronesa recibía a la nueva doncella en el salón rizado de cornucopias doradas, relojes de bronce, cascos y panoplias con espadas. Bajita y rechoncha, cubierta de pieles y alhajas, sentada en el diván, apoya los pies calzados con zapatillas escarlata en el reborde de un gran brasero de cobre bruñido. En un sillón frailero dormita su marido, las gafas y la revista Vértice resbalando en su regazo, la mano sonámbula espantando una sombra de digestión pesada a la altura de los cabellos canosos cortados como un cepillo.

La baronesa mira la boca pulposa de la muchacha.

– ¿Te envía la Casa de Familia?

– Sí, señora baronesa. La señora Galán y la directora…

– Ya hablé con ellas. Dicen que eres una buena chica. ¿Cuántos años tienes?

– Dieciocho.

– ¿Tienes experiencia como doncella?

– Pues sí, señora.

Ve entrar en el salón a los dos hijos de la baronesa con batines bordados y zapatillas. El mayor está pálido y tose encogiendo el pecho, el otro se pone a darle cuerda al reloj de pie con esfera de esmalte donde luchan dos ciervos. Tiene las uñas negras.

– ¿Cómo te llamas, hija? -dice la baronesa.

– Menchu.

– Te llamaremos Carmen.

Más abajo de los faldones del batín, las piernas de los señoritos son del color de la cera. Menchu observa roña en los tobillos.

– Pareces muy formal -dice la baronesa, mirándola

complacida-. Quiero que sepas que estoy enferma de los nervios. Más que una doncella, lo que necesito es una señorita de compañía, una enfermera. Tengo unos parientes en el campo que me traen mártir. ¿Te gusta ir en coche?

– Sí, señora -algo nerviosa de pronto, una uña entre los dientes. El lazo rosa en el pelo, la rebeca de punto, la faldita plisada, las hermosas rodillas todavía con polvo de reclinatorio. La muchacha de la blusa negra con cerezas dentro.

– No te muerdas las uñas delante de las personas, que hace feo.

El señor se levanta adormilado y deja caer la revista y las gafas.

– Voy a hacer de vientre, Elvira.

Al abrir la baronesa una caja de cigarrillos, sonaba lo de Isabel y Fernando el espíritu impera. Casi todo lo que había en esa casa fue comprado a bajo precio a dos amigos del señor, funcionarios de la Oficina de Recuperación de bienes requisados por el marxismo. Con el tiempo, Menchu también conocería a los parientes de la señora.

El Haiga grande y perfumado como un cuarto de baño era un Buick negro. Perlada su flamante carrocería de gotitas de rocío, está estacionado en la era frente a una masía, en las cercanías de Tortosa. Fuma Murattis el hijo mayor de la baronesa, los brazos cruzados sobre el volante. En el asiento trasero y a través del cristal empañado, Menchu contempla un paisaje de viñedos y olivos.

– Mamá y el payés tienen para rato -dice José María apeándose del coche-. Ven a dar un paseo, gatita, este aire es bueno para los pulmones.

Miraba ella con recelo las débiles espaldas del señorito, lo seguirá hasta el olivar, aceptará un ramillete de margaritas, unos achuchones y un beso en la boca con los ojos abiertos, tercamente fijados en quién sabe qué, en un camino polvoriento por donde se aleja un vagabundo con la abollada cantimplora balanceándose en su cadera y lanzando destellos de sol. De pronto Menchu mira su reloj y escapa corriendo hacia el coche, abre la puerta, coge el bolso, saca un frasco de comprimidos y con él en la mano se encamina presurosa hacia la masía.

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