Alfredo Echenique - El Huerto De Mi Amada

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Novela ganadora del premio Planeta 2002, narra los amores entre Carlitos Alegre, un muchacho de 17 años hijo de una acaudalada familia limeña, y Natalia de Larrea, una mujer divorciada de 33 años que arrastra una leyenda de seductora. Carlitos desafiará las reglas de la obtusa sociedad limeña y se trasladará a vivir en el huerto de la finca de su amada a las afueras de Lima. Alfredo Bryce Echenique vuelve con esta historia a retratar los vericuetos de la alta sociedad de Lima que ya plasmó en una de sus obra más emblemáticas `Un mundo para Julius`. El humor nunca corrosivo, la perfecta descripción de los estados de ánimo y los guiños a este grupo social que el autor conoce tan bien se completan con la bella prosa de este escritor fundamental.

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Y Carlitos Alegre no se fijaba nunca en nada, ni siquiera en que había nacido en una acaudalada y piadosa familia de padres a hijos dermatólogos de gran prestigio, y mucho menos en que su ferviente y rotundo catolicismo lo convertía en una persona totalmente inmune a los prejuicios de aquella Lima de los años cincuenta en que había egresado del colegio Markham y se preparaba gustosamente para ingresar a la universidad y seguir la misma carrera en la que su padre y su abuelo paterno habían alcanzado un reconocimiento que iba más allá de nuestras fronteras, mientras que su abuelo materno, dermatólogo también, había alcanzado una reputación que llegaba más acá de nuestras fronteras, ya que era italiano, profesor en los Estados Unidos, premio Nobel de Medicina, y sus progresos en el tratamiento de la lepra eran sencillamente extraordinarios, reconocidos en el mundo entero y parte de Lima, la horrible ciudad adonde había llegado por primera vez precisamente para visitar el horror del Leprosorio de Guía, que, la verdad, lo espantó casi hasta hacerlo perder el norte.

Carlitos Alegre jamás se fijó absolutamente en nada, ni siquiera en que tenía dos preciosas hermanas menores, Cristi y Marisol, de dieciséis y catorce años, respectivamente, tan preciosas como su madre, Antonella, nacida y educada en Boloña, y que intentó enseñarle italiano pero sabe Dios cómo él terminó aprendiendo latín. De puro beato, seguramente. Y así, también, Carlitos Alegre ni siquiera se fijaba en que sus adorables hermanas eran el clarísimo objeto del deseo social de Arturo y Raúl Céspedes. Y de ahí al altar, por supuesto, y, entonces sí, de frente a la clínica privada del sabio y prestigioso dermatólogo Roberto Alegre Jr., como nadie sino ellos llamaban al padre de Carlitos. Los mellizos y almas gemelas Céspedes habrían llegado por fin a San Isidro y Miraflores y Ancón, el cielo, como quien dice, y también parece que Los Cóndores se dibujaba ya en su horizonte, porque últimamente empezaba a sonarles cada día más a San Isidro-Miraflores-Ancón, en las páginas sociales de los más prestigiosos diarios capitalinos.

Y tan no se fijaba ni se fijó nunca en nada, san Carlitos Alegre, como lo llamaban sus compañeros de colegio, que aceptó sin titubear la invitación que le hicieron por teléfono dos muchachos, de apellido Céspedes, a los que no conocía ni en pelea de perros. Lo llamaron poco antes del verano, mientras él preparaba, rosario en mano y como penetrado por un gozoso misterio, sus exámenes finales en el colegio Markham, no le dijeron ni en qué colegio estudiaban y Carlitos seguro que hasta hoy no lo sabe, y lo invitaron a prepararse juntos para el examen de ingreso a la universidad. Lima entera se habría dado cuenta de la segunda intención que había en aquella invitación, de lo interesada que era la propuesta de los hermanos Céspedes, pero, bueno, Carlitos Alegre, como quien ve llover, y feliz, además, porque él siempre lo encontraba todo sumamente divertido, sumamente entretenido y meridiano.

Por supuesto que los hermanos empezaron sugiriendo estudiar en casa de Carlitos, pero él les dijo, con toda la buena fe del mundo, que eso era imposible porque estaban haciendo tremendas obras en los altos de su casa y el ruido era ensordecedor, aunque la verdad yo ni me entero, je, pero los demás me cuentan a cada rato que esto es insoportable, y sí, parece que lo es, sí, je, je, je. Arturo y Raúl Céspedes dudaron de la verdad de estas palabras, por momentos se sintieron incluso reducidos a la nada existencial, que para ellos era la social-limeña, y como única solución a semejante dilema optaron por salir disparados hasta la casa de Carlitos y ver para creer, ya que realmente se habían quedado heridísimos, imaginando que… Porque ellos siempre se imaginaban que…

Llegaron en un carro que se parecía a su casa, pero pintado de casa de Carlitos, y éste, por supuesto, no se fijó en nada, ni siquiera en el efusivo apretón de manos derecha e izquierda que le dieron simultáneamente Arturo y Raúl Céspedes, mientras pronunciaban, también en dúo, encantado, el gusto es todo mío, y aquello de la antigüedad es clase y es tú y es nosotros, o por lo menos así sonó, sin duda por lo felices que se sintieron al comprobar que las obras del segundo piso en casa de la familia Alegre realmente parecían un bombardeo.

Dignas hermanas de Carlitos, Cristi y Marisol hicieron su aparición en el pórtico de la casa sin fijarse absolutamente en nada, lo cual para los hermanos Céspedes tenía su lado bueno, debido a lo del automóvil marca Amargura. Pero todos los demás lados de aquella aparición ausente fueron realmente atroces para los mellizos Arturo y Raúl, porque un instante después Cristi y Marisol, distantes, inabordables, demasiado para ellos, crueles en su inocentísima abstracción, atravesaron el jardín delantero de la casa, en dirección a los automóviles de la familia y a ese taxi, o qué, desaparecieron en el interior de un Lincoln '56, me cago, Arturo, parece de oro, oro macizo, Raúl, y los mellizos Céspedes casi se matan contra su automóvil-casona por lanzarse tan ferozmente sobre el capó e intentar que desapareciera también con el resto del vehículo. Les resultó muy dolorosa esta operación a los hermanos, especialmente a Arturo, que encima de todo se luxó un brazo contra la carrocería de aquel Ford-taxi-sedán-del-42, maldita deshonra, maldita afrenta, maldito oprobio y maldita sea, caray, aauuuu, me duele, me duele mucho, Raúl…

– Como Churchill, Arturo: con «sangre, sudor y lágrimas», pero llegaremos…

– Y como en la mexicanísima ranchera, Raúl: «Ya vamos llegando a Pénjamo», porque, aunque sea una pizca, algo creo que nos hemos acercado, hoy…

– Y qué tal caserón y qué tal carrindanga, el Lincoln ese, no sé si Continental o Panamerican, pero sí, un alguito claro que nos hemos acercado, sí…

– Y con «sangre, sudor y lágrimas», en efecto, porque mierda, mi brazo, creo que me lo he dislocado, ay, caray… ay, ay, auuu…

No sabían que Lincoln Panamerican jamás hubo, los muy animales de los Céspedes Salinas, pero en el fondo sí que valió la pena, y mucho, tanto dolor físico y social porque Carlitos accedió a prepararse con ellos para el ingreso a la universidad, y esto significaba que iban a pasarse todo ese verano juntos, estudiando mañana y tarde. O sea… Pero, además, Carlitos accedió sin preguntarles siquiera de dónde habían salido, ni cómo ni cuándo se habían enterado de su existencia, en qué colegio estaban, o cómo sabían que él deseaba estudiar dermatología, y así mil cosas más que habría resultado lógico averiguar. O sea… En fin, que Carlitos accedió sin preguntarles absolutamente nada, lo cual sí que significaba mucho para los mellizos. O sea… Pero, bueno, también, Raúl, ¿no nos habrá resultado Carlitos un cojudo a la vela? O sea… ¿O es así la verdadera antigüedad es clase y la clase dinero y San Isidro? O sea…

Pronto lo sabrían. Ya sólo les faltaban los exámenes de quinto de secundaria, las fiestas de promoción y las vacaciones de Navidad y Año Nuevo. E inmediatamente después a encerrarse con mil libros, tras haberle dicho adiós a las playas limeñas, a enclaustrarse mañana y tarde a chancar y chancar, aunque Arturo, ¿qué hacemos?, ¿cómo diablos le explicamos a Carlitos Alegre dónde vivimos?, el tipo es capaz de echarse atrás cuando se lo contemos, lo de pobres pero honrados es tal mierda que sólo lo entienden los pobres cojudos. Raúl se desesperó y desesperó a Arturo y los siguientes fueron días y noches de total desasosiego para ambos. Hasta que se atrevieron a llamar a Carlitos, un domingo por la tarde, calculando que no estaría en casa, cruzando los dedos, y como encajados ellos en el telefonazo de pared negro y prehistórico de casa Céspedes Salinas, muertos de ansiedad y cheek to cheek, los pobres. Pero acertaron. El joven Carlitos había salido y el que respondía era el segundo mayordomo, ¿el qué?, el segundo mayordomo, señores, sí, para servirlos, y los que colgaban casi de la pared, ahora, con teléfono y todo, eran Arturo y Raúl, lelos con lo de segundo mayordomo o es que a lo mejor se llama así, el cholo de mierda, mientras que éste iba tomando debida nota hasta del jadeo y la Amargura, sí, eso mismo, esperamos al joven Carlitos en esta calle y en este número y éste es nuestro número de teléfono, lo esperamos mañana y tarde, sí, y los tres meses de verano, sí, y no se vaya usted a olvidar de nada, por favor, le fueron diciendo e insistiendo al primer segundo mayordomo del que habían oído hablar en la vida, Arturo y Raúl, anonadados ahí en la antesala del paraíso, como más Céspedes y más Salinas que nunca.

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