Alfredo Echenique - Cuentos
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Y después no pudo preguntarle al policía ése porque el propietario-recepcionista se había quedado con su pasaporte, su único documento de identidad, ¿y si había vencido ya su certificado de vacuna?, a ese otro sí podía preguntarle: peatón, transeúnte, hágame el favor, señor, y luego lo odió cuando le dijo que el Terminus estaba allá, en la próxima esquina, y él comprobó que faltaba aún una hora para la cita, además la cita era mañana.
Realmente ese mozo del Terminus tenía paciencia, no le preguntaba qué deseaba, aunque no debía seguirlo con la mirada. ¿Qué podía estar haciendo ese señor? ¿Por qué se sentó primero en el interior y después en la terraza? ¿Por qué se trasladó del lado izquierdo de la terraza, al lado derecho? ¿Qué busca ese señor? ¿Está loco? ¿Por qué no cesa de mirarme? Me va a volver loco; ¿no se le ocurre comprender? Y así Sebastián estudiaba todas las posibilidades, se ubicaba en todos los ángulos, estudiaba todos los accesos al café, para que no se le escaparan los Linares. Escogería la mejor mesa, aquella desde donde se dominaban ambas calles, desde donde se dominaban todas las entradas al café. La dejaría señalada y mañana vendría, con horas de anticipación, a esperar a los Linares. Pero ahora también los esperó bastante, por si acaso.
La noche antes de la cita también soñó, pero era diferente. Por la mañana se despertó muy temprano, pero se despertó alegre y desayunó sintiéndose mejor que todo el mundo. También caminó hasta el Café Terminus, pero ahora ya conocía el camino y no traía el plano de la ciudad. Llevó ropa ligera y anteojos de sol, pero el sol estaba agradable y no quemaba demasiado. Una vez en el café, encontró su mesa vacía y el mozo ya no lo miraba desesperantemente; se limitó a traerle la cerveza que él pidió, y luego lo dejó en paz con el cuaderno y el lápiz que había traído para escribir, porque aún faltaban horas para la hora de la cita. Y escribía; escribía velozmente, y durante las primeras dos horas sólo levantaba la cabeza cada diez minutos, para ver si ya llegaban los Linares; luego ya sólo faltaba una hora, y entonces levantaba la cabeza cada cinco minutos, cada tres, cada dos minutos porque ya no tardaban en llegar, pero escribía siempre, escribía y levantaba la cabeza, escribía y miraba… un mes.
– Dices que eran unos sueños diferentes, Sebastián…
– Sí, doctor, completamente diferentes; eran unos sueños alegres, ahí estaban todos mis amigos, todos me hablaban, los Linares llegaban constantemente, no se cansaban de llegar, llegaban y llegaban; eran unos sueños preciosos y si usted me fuera a dar pastillas, yo sólo quisiera pastillas contra los otros sueños, para estos sueños nada, doctor, nada para estos sueños de los amigos y de los Linares llegando…
¿Cuál de los dos está más bronceado? ¿Él o ella? ¿Cuál lleva los anteojos para el sol? ¿Quién sonríe más? Maldito camión que no los deja atravesar. Y el semáforo todavía. Ponte de pie para abrazarlos. No derrames la cerveza. No manches el cuento. No patees la mesa. Luz verde. Cuál de los dos está más bronceado. A quién el primer abrazo. Las sonrisas. Los Linares. Las primeras preguntas. Los primeros comentarios a las primeras respuestas.
– ¡Hombre!, ¡Sebastián!, pero si estás estupendo.
– Sí, sí. Y ustedes ¡bronceadísimos! Ya hace más de un mes.
– ¡Hombre!, mes y medio bajo el sol; ya es bastante. ¿Y no ves lo guapa que se ha puesto ella?
– Y ahora, Sebastián, a Gerona con nosotros.
– ¿Tres cervezas?
– Sí, sí. Asiento, asiento.
– ¿Y esto qué es, Sebastián?
– Ah, un cuento; me puse a escribir mientras los esperaba; tendrán que soplárselo.
– ¡Vamos!, ¡vamos!, ¡arranca!
– No, ahora no; tendría que corregirlo.
– ¿Y el título?
– Aún no lo sé; había pensado llamarlo Doctor psiquiatra, pero dadas las circunstancias, creo que le voy a poner Antes de la cita, con ustedes, con los Linares.
París, 1967.
Muerte de Sevilla en Madrid
A Alida y Julio Ramón Ribeyro
La compañía venía dispuesta a instalarse con todas las de la ley. Para empezar, mucha simpatía sobre todo. Bien estudiado el mercado, bien estudiadas las características de los limeños que gastan, se había decidido que lo conveniente era una duplicidad, un trato, una public relations bastante cargadas a lo norteamericano pero con profundos toques hispanizantes, tal como ésto pueden ser imaginados desde lejos, en resumen una mezcla de Jacqueline Kennedy con el Cordobés. Y ya iban marchando las cosas, ya estaban instaladas las modernas oficinas en modernos edificios de la Lima de hoy, tú entrabas y la temperatura era ideal, las señoritas que atienden encantadoras, ni hablar de los sillones y de los afiches anunciando vuelos a Madrid, y a otras ciudades europeas desde ciudades tan distantes como Lima y Tokio. Tu vista se paseaba por lo que ibas aceptando como la oficina ideal, tu vista descubría por fin aquella elegante puerta, al fondo, a la derecha, GERENTE.
Para gerente de una compañía de aviación que entraba a Lima como Española, vinieran de donde vinieran los capitales, nada mejor que un conde español. No fue muy difícil encontrarlo además, y no era el primer solterón noble arruinado que aterrizaba por Lima, llenando de esperanzas el corazón de alguna rica fea. Ya habían llegado otros antes, parece que se pasaban la voz. Lima no estaba del todo mal. Acogedora como pocas capitales y todo el mundo te invita. Como era su obligación, el conde de la Avenida llegó bronceado, con varios temos impecables y un buen surtido de camisas de seda. El título de conde lo llevaba sobre todo en la nariz antigua, tan aguileña en su angosta cara cuarentona (cuarenta y siete años, exactamente) que en su tercer almuerzo en el Club de los Cóndores, aceptó sonriente el apodo que ya desde meses antes le habían dado silenciosamente en un club playero sureño: el Águila Imperial.
Con tal apodo el mundo limeño que obligatoriamente iría circundándolo se puso más curioso todavía y las invitaciones se triplicaron. El conde de la Avenida, para sus amigotes el Águila Imperial, debutó en grande. La oficina de Lima se abrió puntualmente, y para el vuelo inaugural, el Lima-Madrid, puso en marcha el famoso sorteo que terminaría con su breve y brillante carrera de ejecutivo.
Pudo haber sido otro el resultado, pudo haber sido todo muy diferente porque en realidad Sevilla ni se enteró de lo del sorteo. Y aun habiéndose enterado, jamás se habría atrevido a participar. Él había triunfado una vez en Huancayo, antes de que muriera Salvador Escalante, y desde entonces había vivido triste y tranquilo con el recuerdo de aquel gran futbolista escolar.
Miraflores ya había empezado a llenarse de avenidas modernas y de avisos luminosos en la época en que Sevilla partió rumbo al colegio Santa María, donde sus tías, con gran esfuerzo, habían logrado matricularlo. Se lo repetían todo el tiempo, ellas no eran más que dos viejas pobres, ¡ah! si tus padres vivieran, pero a sus padres Dios los tenía en su gloria, y a Sevilla sus tías lo tenían en casa con la esperanza de que los frutos de una buena educación, en uno de los mejores colegios de Lima, lo sacaran adelante en la vida. Abogado, médico, aviador, lo que fuera pero adelante en la vida.
No fue así. La tía más vieja se murió cuando el pobre entraba al último año de secundaria, y la pensión de la otra viejecita con las justas si dio para que Sevilla terminara el colegio. Tuvo que ponerse a trabajar inmediatamente. Todos sus compañeros de clase se fueron a alguna Universidad, peruana o norteamericana, todos andaban con el problema del ingreso. Sevilla no, pero la verdad es que esta apertura hacia lo bajo, hacia un puestecito en alguna oficina pública no lo entristeció demasiado. Ya hacía tiempo que él había notado la diferencia. La falta de dinero hasta para comprar chocolates a la hora del recreo, día tras día, lo fue preparando para todo lo demás. Para lo de las chicas del Villa María, por ejemplo. El no se sentía con derecho a aspirar a una chica del Villa María. Las pocas que veía a veces por las calles de Miraflores eran para Salvador Escalante. El se las habría conquistado una por una, él habría tenido un carro mejor que los bólidos que sus compañeros de clase manejaban los sábados o, por las tardes, al salir del colegio. Eran todavía el carro de papá o de mamá y lo manejaba siempre un chófer, pero cuando llegaban a recoger a sus compañeros de clase, éstos le decían al cholo con gorra hazte a un lado, y partían como locos a seguir al ómnibus del Villa María. Sevilla no. El partía a pie y, mientras avanzaba por la Diagonal para dirigirse hacia un sector antiguo de Miraflores, se cruzaba con las chicas que bajaban del ómnibus del Villa María o que bajaban de sus automóviles para entrar a una tienda en Larco o en la Diagonal. En los últimos meses de colegio empezó a mirarlas, trató de descubrir a una, una que fuera extraordinariamente bella, una que sonriera aunque sea al vacío mientras él pasaba. Si una hubiese sonreído con sencillez, con dulzura, Sevilla habría podido encontrar por fin a la futura esposa de Salvador Escalante.
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