Alfredo Echenique - Cuentos
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– No, no lo sabía. ¿Eres piloto?
– ¿Cuál de los dos eres?
Agachó la cabeza al repetir esta pregunta y yo ya sabía que no me tocaba responder, lo sabía, me di cuenta por la ternura con que la hizo, ahí se le iba la extraversión, la reciedumbre, y su cabeza, cuadrada, cuarentona se ladeaba infantilmente, perdía edad al encajarse en algo que sí que le daba pena. Se estaba ladeando más todavía, estaba a punto de repetir su pregunta, cuando de pronto dijo que se cagaba en diez y pidió más cerveza. Me estaba haciendo polvo con una mirada fija, de loco nada, pero algo quería y muy hondo porque dijo que se cagaba en cien y me cogió fuertemente del brazo, sus dedos me pedían algo de tanto que se me clavaban. Me tuvo un rato así, me dolía, y cuatro tipos al lado nuestro, en la barra, estaban siguiendo el asunto desde el comienzo. Más allá, el mozo, y cuando volteé porque me dolía mucho y porque además vi cómo se le inflaba una lágrima, noté que una mujer también seguía la escena desde el fondo del bar, sola como una puta en esa mesa porque era un bar barato. Esta vez gritó que se cagaba en los presentes, y cuando miré porque el asunto podía tener consecuencias, comprendí que ahí todos lo conocían muy bien. Me llenó el vaso y esperó a que me lo bebiera. Me lo volvió a llenar y me dijo bebe y yo bebí porque acababa de captar que no quería emborracharme, lo que quería era invitarme y lo otro. La verdad, ya no me costó trabajo beber. Traté de recordar el instante en que ya no me estaba agarrando y sentí sus dedos donde ya no estaban. La realidad se me iba empañando.
– ¿Cuál de los dos eres? -me dijo, examinándome los ojos.
– Que no te vea mi madre porque se echa a llorar.
– Mañana me voy -dije, entrando en mi terreno-. Mañana me voy temprano.
La cerveza me ayudaba a cabalgar sobre lo lógico, y había una pregunta que me parecía importante repetirle.
– ¿Eres piloto? -me bebí íntegro mi vaso y pedí más. Más para los dos.
– Él era el piloto. Mi hermano.
Se ladeo como si fuera a preguntarme tiernamente cuál de los dos era, pero en ese instante nos acercaron la cerveza y decirle gracias al mozo como que nos enfrentó con lo que se venía: yo retrocedí un paso y él enderezó su cabeza de palo.
– Eres exacto a él. Que no te vea mi madre porque se echa a llorar. ¡En tu país! ¡En tu país, peruano! En tu país, Juan. En el último de los tres cerros antes del aeropuerto. Si hubiera bajado uno después todavía estaríamos recibiendo sus cartas cada jueves. Pero no. ¡Me cago en tu estampa! Se quedó mi hermano hecho pedazos allá arriba… No pudieron subir por los restos… No llegaron… Mucho hielo… No sé qué cono pasó… Nadie hasta ahora ha podido bajarlo.
Aquí tengo que jurar que la vida es así y que yo sólo he hecho lo posible porque la gente cumpla con su deseo o con lo que no cumplió, mintiéndomelo con la alegría de haberlo cumplido. Tengo que jurar también que aquella noche yo andaba particularmente borracho cuando él colocó la primera mesa. Ni cuenta me había dado de que lo había hecho. Se me acercaba demasiado y yo andaba con el universo reducido a su cara, una especie de caja achinada, y a una aislada pero constante lucha contra una corriente de humo que me estaba haciendo mierda el rabillo del ojo. Fue justamente entonces que empecé a notar que de rato en rato su cara me dejaba un hueco al frente. Me había dejado varios huecos al frente cuando se me ocurrió mirar al fondo y me di con que ya había tres mesas. Ahí fue que vi también al mozo acercando una cuarta mesa y algunas sillas. El tiempo se me había mezclado con el humo que volvía puntiagudo en esa maldita corriente de humo. Un rabillo del ojo me lloraba como loco y yo me lo frotaba con la mano pura nicotina, cerrando el otro ojo, acabando con la realidad y cuando nuevamente miraba al frente, a veces seguía el hueco, a veces no, pero yo ya debía andar muy mal porque no todas las veces que había hueco había otra mesa encima de otra mesa. A esas alturas, si mal no recuerdo, lo de las sillas y las mesas quedó momentáneamente abandonado para discutir las perspectivas de mi instalación definitiva en Zaragoza. El tallercito donde fabricaba los banderines acababa de convertirse en la fábrica de banderines más grande de España, gracias a la necesidad que sentía Antonio y al tono decidido que adquirí yo cuando expuse las condiciones de vida a las que estaba acostumbrado y que requerían un alto sueldo y fuerte participación en las utilidades. Para obtener el efecto deseado me anulé el rabillo del ojo de un aplasten.
Antonio ya no paraba de explicarme. Dijo que se cagaba en la tapa del órgano y, del presupuesto de Banderines de España, S. A., sacó una partida para la expedición. No muy grande porque aquélla iba a ser una empresa tan arriesgada y solitaria como la conquista del Perú. ¿Te imaginas al dueño de Banderines de España escalando el cerro imposible y rescatando el cadáver de su hermano? ¿Te imaginas eso, peruano? ¿Eh, Juan? Yo ya lo estoy viendo. Y mira la bandera que vamos a poner allá arriba. La bandera de España hecha en mi propia fábrica. ¿Qué me dices de esa fábrica? Banderines y Banderas del Perú y España… Banderas y Banderines de España y del Perú, Sociedad Anónima. ¿Eh, peruano?
Parece que yo llevaba mucho rato sin hablar porque dijo que se cagaba en la puta de oros y perdió el equilibrio como empujado por algo muy fuerte. Yo reaccioné en el acto y le puse todo lo contado al alcance de su mano, recurriendo a cierta experiencia y a otro aplasten que me dejó nuevamente sin rabillo del ojo. Mi lucha contra el humo continuaba y tuve que ir al baño para apagarme definitivamente el rabillo del ojo. Cuando regresé me di con más mesas sobre más mesas, un montón de sillas arriba, otro montón chorreando por los costados, y, en un rincón, diciéndole al mozo quítate o te mato, a Antonio en la actitud de un gladiador que acaba de matar a un león y espera al siguiente. Me miraba jadeante y yo pedí cerveza para todos. Ahí me di cuenta de que los cuatro hombres y la mujer que podía ser una puta se habían marchado ya. Miré hacia afuera y empezaba a amanecer. Estaba mirando hacia el suelo para ver si había aserrín, cuando sentí que me abrazaban por la cintura y que era bien fácil volar.
Me hacían cosas rarísimas. Ya estaba en el segundo piso de mesas pero por detrás me seguían empujando para que alcanzara las sillas. De pronto noté que ya no me empujaban. «¡Coño!», gritaron detrás de mí. «Hasta ahí llegaste tú solo.»
Conociéndome, debí haber sido yo, fui yo el que se desparramó sobre las últimas dos sillas, volteando luego a mirar cuánto trabajo le costaba a Antonio llegar hasta allá arriba. No era fácil escalar esa montaña. El mozo tenía que saber que nadie hasta entonces había llegado hasta allá arriba. Tenía que saber, el hijo de puta, que nunca nadie había podido vencer esas cumbres heladas. ¡Nadie! El mozo tenía que dar vivas por la solitaria expedición española. Que no llegaba. Que sí llegaba. El mozo tenía que estar sentado en este bar escuchando la radio, escuchando a la radio española narrar la proeza del héroe solitario, del hermano hasta la muerte, del que nunca olvidó, del propietario de Banderas… Y llegó hasta donde yo lo esperaba incómodo, cuando el mozo se sentó a contemplar en la televisión del bar cómo había llegado a la cumbre el único hombre que había ido junto al cielo para traer a su hermano. Desde un helicóptero se había filmado la bandera del héroe español flameando sobre los Andes.
Permanecí en silencio cuando me puso nuevamente junto a la barra. Jadeaba sonriente y no me hacía el menor caso mientras llenaba su vaso mirándolo con los ojos idos. Después empezó a decir algo en voz muy baja. El mozo no debía tocar para nada la bandera. Alguien que acababa de bajar de allá arriba lo iba a matar si tocaba la bandera española. Antonio avanzó bruscamente y culminó su puñetazo mortal en una caricia que frotó suavemente la mejilla del mozo que hacía rato seguía la escena cargado de respeto. Yo aproveché para acercarme a ver qué decía en el banderín y Antonio se me abalanzó, arrastrándome prácticamente hacia la puerta. El banderín anunciaba unas regatas en el Ebro, pronto.
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