El coche se detuvo delante de la casa, la portezuela se abrió y Elizabeth vio bajar a Kathleen, la hermana de Gránnie. Dejando la portezuela abierta, los faros encendidos y los limpiaparabrisas en marcha, Kathleen se dirigió con paso decidido a la verja, la abrió haciéndola chirriar y llamó aporreando la puerta.
Brendan la acogió en el umbral con la llorosa Saoirse en sus brazos. Elizabeth corrió a la puerta de su habitación y por el ojo de la cerradura espió lo que ocurría en la entrada.
– ¿Está aquí? -inquirió Kathleen a bocajarro sin saludar.
– Chisss -dijo Brendan-, vas a despertar a Elizabeth.
– Como si no estuviese despierta con estos berridos. ¿Qué le has hecho a esta pobre criatura? -preguntó con incredulidad.
– La niña echa de menos a su madre -contestó Brendan levantando la voz-. Como todos nosotros -agregó en un tono más amable.
– Dámela -ordenó Kathleen.
– Estás empapada -rezongó Brendan apartándose y estrechando con más fuerza a su hijita.
– ¿Está aquí? -preguntó de nuevo Kathleen con voz todavía enojada. Seguía plantada en el umbral de la puerta principal. No había pedido permiso para entrar ni la habían invitado a hacerlo.
– Claro que no está aquí. -Brendan acunaba a Saoirse procurando calmarla-. Creía que te la habías llevado a ese sitio mágico donde la iban a curar para siempre -dijo con amargura.
– Se suponía que era uno de los mejores sitios, Brendan, mejor que los otros, al menos. -Y añadió entre dientes-: El caso es que se ha ido.
– ¿Ido? ¿Qué significa que se ha ido?
– Esta mañana no estaba en su habitación. Nadie la ha visto marcharse.
– Tu madre tiene la mala costumbre de desaparecer por la noche -dijo Brendan enojado arrullando a Saoirse-. Bueno, si no está donde la enviaste, no tendrás que buscar muy lejos de aquí. ¿Seguro que no está en Flanagan's?
Elizabeth abrió mucho los ojos y ahogó un grito. Su madre estaba allí, en Baile na gCroíthe; no se había marchado después de todo.
En medio de la breve pausa que siguió al amargo diálogo, Saoirse reanudó sus lloros.
– Por todos los santos, Brendan, ¿quieres hacerla callar? -se quejó Kathleen-. Sabes que puedo quedarme con las niñas. Podrían vivir conmigo y con Alan en…
– Son mis hijas y no me las vas a quitar como hiciste con Gránnie -bramó Brendan. Saoirse dejó de llorar.
Se hizo un prolongado silencio.
– Lárgate de aquí-dijo Brendan débilmente, como si su anterior arrebato le hubiera quebrado la voz.
La puerta principal se cerró y Elizabeth miró por la ventana y vio cómo Kathleen cerraba la verja de un portazo y se subía al coche. Este salió disparado y los faros se desvanecieron a lo lejos junto con las esperanzas de Elizabeth de irse con ella a ver a su madre.
Aunque conservó un rayo de esperanza. Su padre había mencionado Flanagan's. Elizabeth sabía dónde estaba, ya que pasaba por delante cada día camino de la escuela. Haría la maleta, encontraría a su madre y viviría con ella lejos de su padre y su hermanita gritona, y juntas saldrían a diario en busca de aventuras.
El picaporte de su puerta giró y Elizabeth se zambulló en la cama y fingió estar dormida. Manteniendo los ojos bien cerrados decidió que en cuanto su padre se fuera a la cama, ella se iría a Flanagan's.
Saldría a hurtadillas por la noche, igual que su madre.
– ¿Seguro que esto va a dar resultado?
Apoyada contra la pared de la sala del hospital, Opal juntaba y separaba las temblorosas manos con que se oprimía el estómago, llena de inquietud. Ivan la miró con incertidumbre.
– Merece la pena intentarlo -dijo.
A través del cristal del pasillo veían a Geoffrey en su habitación individual. Estaba conectado a un respirador artificial, con la boca tapada por una mascarilla de oxígeno, rodeado de artefactos que pitaban y de cables que le salían del cuerpo y que se unían a unas máquinas. En medio de todo aquel ajetreo su cuerpo yacía quieto y en calma mientras el pecho le subía y bajaba rítmicamente. Opal e Ivan estaban inmersos en ese sonido extraño e inquietante que sólo se oía en los hospitales, el sonido de la espera, de estar entre dos lugares fuera del tiempo.
En cuanto las enfermeras que atendían a Geoffrey abrieron la puerta para marcharse, Opal e Ivan entraron en la habitación.
– Ya la tienes aquí -dijo Olivia desde el costado de la cama de Geoffrey al ver entrar a Opal.
Los ojos de Geoffrey se abrieron enseguida y empezaron a mirar en derredor con frenesí por toda la habitación.
– Está a tu izquierda, querido, te sostiene la mano -dijo Olivia con ternura.
Geoffrey intentó hablar, pero la mascarilla le amortiguaba y deformaba la voz. Opal se tapó la boca con la mano, los ojos se le arrasaron de lágrimas y la contracción de su garganta se hizo visible. Sólo Olivia podía entender aquel lenguaje, las palabras de un hombre agonizante.
Olivia asentía con la cabeza mientras él le hablaba. Cuando Geoffrey se detuvo, se le saltaron las lágrimas y se dispuso a trasladar su mensaje. Entonces Ivan se vio incapaz de permanecer en la habitación.
– Me ha dicho que te dijera que el corazón le ha dolido cada momento que habéis estado separados, querida Opal -anunció Olivia.
Ivan salió de la habitación por la puerta abierta y caminó tan deprisa como pudo por el pasillo en dirección a la calle.
En Fucsia Lane, un aguacero golpeaba los cristales del dormitorio de Elizabeth como si llovieran guijarros. El viento comenzó a calentar sus cuerdas vocales preparándose para la noche y Elizabeth, arropada en la cama, retrocedió en el tiempo hasta la vez en que salió a la larga noche invernal en busca de su madre.
Había metido unas pocas cosas en la mochila de la escuela; ropa interior, dos faldas y dos jerséis, el libro que le regalara su madre y su osito de peluche. En la hucha había encontrado 4 libras con 42 peniques y después de ponerse el impermeable encima de su vestido floreado predilecto y de calzarse sus botas de agua rojas salió a la noche fría. Saltó el murete del jardín para evitar que el ruido de la verja alertara a su padre, que por aquel entonces dormía con un ojo abierto, como el perro de la granja. Se mantuvo arrimada a los setos para no ser divisada en medio del camino recto. El viento agitaba las ramas que le rascaban el rostro y las piernas, y los besos mojados de las hojas empapadas le rozaban la piel. Aquella noche soplaba un vendaval terrible que le azotaba las piernas y le hacía escocer las orejas y las mejillas. Arremetía contra su rostro con tanta furia que le cortaba la respiración. En cuestión de minutos tuvo los dedos, la nariz y los labios entumecidos y el cuerpo helado hasta los huesos, pero la perspectiva de ver a su madre aquella noche la hizo seguir adelante. Y adelante siguió.
Veinte minutos después llegó al puente de Baile na gCroíthe. Nunca había visto el pueblo a las once de la noche; era como un pueblo fantasma, oscuro, vacío y silencioso, como si estuviera a punto de ser testigo de algo de lo que jamás iba a decir palabra.
Se dirigió muy nerviosa a Flanagan's sin sentir la acometida del frío, sólo pura euforia ante la emocionante perspectiva de reunirse con su madre. Antes de ver el pub, oyó los sonidos que emergían del local. El Flanagan's y el Camel's Hump eran las únicas casas del pueblo que tenían las luces encendidas. Por una ventana abierta salían flotando las notas del piano, el violín y el badhrán, [4]así como una melodía entonada a voz en cuello entre las risotadas del público y ocasionales gritos y ovaciones. Elizabeth rió para sus adentros; parecía que allí todos lo estaban pasando en grande.
Delante del pub vio aparcado el coche de la tía Kathleen y automáticamente Elizabeth apretó el paso. La puerta de la calle estaba abierta y daba a un pequeño vestíbulo, pero la puerta del pub, con cristales emplomados y todo, estaba cerrada. Elizabeth se detuvo bajo la marquesina para sacudirse la lluvia del impermeable; lo colgó junto a los paraguas en el perchero de la pared. Tenía el negro pelo empapado y la nariz enrojecida le goteaba. La lluvia se las había ingeniado para metérsele en las botas, de modo que las piernas le temblaban de frío y los pies, bañados en agua, producían leves chapoteos con cada paso que daba.
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