Arturo Pérez-Reverte - La piel del tambor

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Un pirata informático irrumpe clandestinamente en el ordenador personal del Papa. Entretanto, en Sevilla una iglesia barroca se ve obligada a defenderse matando a quienes están dispuestos a demolerla. El Vaticano envía un agente, sacerdote, especializado en asuntos sucios: el astuto y apuesto padre Lorenzo Quart, quien en el curso de sus investigaciones verá quebrantarse sus convicciones e incluso peligrar sus votos de castidad ante una deslumbrante aristócrata sevillana… Estos son solo algunos de los elementos que conforman esta laberíntica intriga donde se dan cita el suspense, el humor y la Historia a lo largo de un apasionante recorrido por la geografía urbana de una de las ciudades más bellas del mundo.
«Arturo Pérez-Reverte es el novelista más perfecto de la literatura española de nuestro tiempo.»
El País

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– No sé -respondió-. Pequeña, bonita. Vieja.

– Tres siglos -precisó ella, y el eco se reanudó cuando caminaron de nuevo entre los bancos, hacia el altar mayor-. En mi país, un edificio con trescientos años de antigüedad sería una Joya histórica inviolable. Y aquí. ya ve: lugares como éste cayéndose por todas partes, sin que nadie mueva un dedo.

– Tal vez haya demasiados.

– Tiene gracia oír eso a un sacerdote. Aunque no lo parece -de nuevo lo observó de arriba abajo, con irónico interés, deteniéndose esta vez en el corte impecable del traje ligero y oscuro- De no ser por el alzacuello y la camisa negra…

– Los llevo desde hace veinte años -la interrumpió fríamente, mirando sobre el hombro de la mujer-… Usted me hablaba de la iglesia y de los sitios como éste.

Se quedó un poco desconcertada, ladeando la cabeza, en visible esfuerzo por catalogarlo dentro de alguna de las especies conocidas del sexo masculino. Y a pesar de su desenvoltura, Quart supo que el alzacuello la intimidaba. Les ocurre a todas ellas, pensó: viejas y jóvenes, sin excepción. Hasta la más resuelta puede verse insegura cuando un gesto, una palabra, recuerdan de pronto al sacerdote.

– La iglesia -dijo Gris Marsala por fin, mirándolo como si tuviese el pensamiento en otra parte-. Pero no coincido en que haya exceso de lugares así. A fin de cuentas se trata de nuestra memoria, ¿no le parece?… -arrugó los labios y la nariz mientras golpeaba con un pie en las gastadas losas del suelo, casi poniéndolas por testigo-. Estoy convencida de que cada edificio, cada cuadro, cada libro antiguo que se destruye o se pierde, nos hace un poco más huérfanos. Nos empobrece.

Había hablado con inesperado ardor, y en algún momento su tono se crispó con un deje de amargura. Al comprobar que era Quart quien ahora se volvía sorprendido hacia ella, sonrió de nuevo.

– No tiene nada que ver que yo sea norteamericana -dijo, a modo de excusa-. O quizá precisamente sí. Esto es patrimonio de la humanidad entera. Nadie tiene derecho a dejar que se pierda.

– ¿Por eso lleva tanto tiempo en Sevilla?

Reflexionó, misteriosa.

– Tal vez. En todo caso por eso estoy ahora aquí, en este sitio -miró hacia arriba, deteniéndose en una de las vidrieras que había en las lunetas a la izquierda de la nave, aquélla donde estaba trabajando cuando llegó Quart-. ¿Sabe que es la última iglesia construida en España bajo los Austrias?… Las obras del edificio concluyeron oficialmente el primero de noviembre de 1700, mientras Carlos II, último de su dinastía, agonizaba sin descendencia. El oficio religioso inaugural fue de difuntos, al día siguiente, por el alma del rey.

Estaban ante el altar mayor. La claridad diagonal de las vidrieras daba suaves reflejos a los dorados superiores del retablo, al que sus propios relieves mantenían en penumbra entre los andamios. Quart distinguió un cuerpo central con la Virgen bajo un ancho baldaquino, sobre el sagrario ante el que hizo una breve inclinación de cabeza. Las calles laterales, separadas del pórtico por columnas labradas, contenían hornacinas con imágenes, querubines y santos.

– Es magnífico -comentó, sincero.

– Es algo más que eso.

Gris Marsala se había aproximado al pie de la obra, tras el altar, e hizo girar un interruptor que iluminó el retablo. El pan de oro y la madera dorada cobraron vida, y una fuente de luz se derramó entre columnas, medallas y guirnaldas labradas con delicadeza de orfebre. Quart admiró la uniformidad del abigarrado conjunto, la fusión de elementos constructivos y ornamentales en un solo plano combinando imágenes, molduras, motivos arquitectónicos y vegetales.

– Magnífico -repitió, impresionado. Y llevándose la mano derecha a la frente hizo una mecánica señal de la cruz. Al concluirla observó que Gris Marsala lo miraba atenta, como si encontrase aquello incongruente-. ¿Nunca vio a un cura santiguarse? -Quart ocultaba su incomodidad tras una gélida sonrisa-. Muchos han debido de hacerlo ante este retablo.

– Supongo que sí. Pero era otro tipo de curas.

– Sólo hay un tipo de cura -respondió él, un poco a la ligera y por decir algo-… ¿Es católica?

– Algo. Mi bisabuelo era italiano -los ojos claros lo miraban con impertinente ironía-. Tengo un sentido bastante exacto del pecado, si es a eso a lo que se refiere. Pero a mi edad…

Dejó la frase en el aire tocándose el pelo cano recogido en la corta trenza. Quart consideró oportuno cambiar otra vez de conversación:

– Estábamos hablando del retablo -opuso-. Y yo le decía que es magnífico… -la miró a los ojos; serio, cortés y distante-. ¿Le parece que empecemos de nuevo?

Otra vez Gris Marsala ladeó un poco la cabeza. Mujer inteligente, pensaba Quart. Había algo que desconcertaba, sin embargo. El instinto bien adiestrado del agente del IOE detectaba una incongruencia, una nota falsa en ella. La estudió en busca de la clave adecuada, pero no había forma de aproximarse más sin admitir una complicidad que él no deseaba llevar demasiado lejos.

– Por favor -añadió Quart.

Todavía estuvo mirándolo de soslayo unos segundos. Después hizo un gesto afirmativo y pareció a punto de sonreír otra vez, pero no lo hizo.

– De acuerdo -dijo por fin. Se había vuelto hacia el retablo, y Quart siguió el movimiento-. Lo realizó en 1711 el escultor Pedro Duque Cornejo, que cobró por él dos mil escudos de a ocho reales de plata cada uno. Y es, en efecto, una maravilla. Toda la imaginación y el atrevimiento del barroco sevillano están ahí.

La Virgen era una hermosa talla de madera policromada y casi un metro de altura. Tenía un manto azul y las manos abiertas, con las palmas hacia afuera. Una luna en cuarto le servía de pedestal y su pie derecho aplastaba una serpiente.

– Es muy bella -dijo Quart.

– Realizada por Juan Martínez Montañés casi un siglo antes que el retablo… Era propiedad de los duques del Nuevo Extremo; y como uno de ellos ayudó a construir esta iglesia, su hijo donó la imagen. Las lágrimas dieron nombre al lugar.

Quart estudiaba los detalles. Desde abajo se veían relucir lágrimas en el rostro, la corona y el manto.

– Algo exageradas, me parece.

– En su origen eran cuentas de cristal más pequeñas; pero ahora son perlas. Veinte perlas perfectas, traídas de América a finales del siglo pasado: una historia que tiene su otra parte allí, en la cripta.

– ¿Hay una cripta?

– Sí. La entrada se disimula en ese lado, a la derecha del altar mayor; es una especie de capilla privada. Varias generaciones de duques del Nuevo Extremo reposan dentro. Fue uno de ellos, Gaspar Bruner de Lebrija, quien cedió en 1687 un terreno de su propiedad para edificar la iglesia, a condición de que se dijera misa por su alma una vez a la semana -señaló la hornacina a la derecha de la Virgen, con la imagen de un caballero arrodillado en actitud orante-. Ahí lo tiene: tallado por Duque Cornejo, quien realizó también la figura de la izquierda, que representa a su esposa… La construcción del edificio se la encomendaron a su arquitecto de confianza, Pedro Romero, que también lo era del duque de Medina-Sidonia. De todo ello proviene el vínculo de la familia con esta iglesia. El hijo del donante, Guzmán Bruner, fue quien costeó la terminación del retablo con la efigie de sus padres y trajo la imagen en 1711… La relación familiar todavía existe, aunque venida a menos. Y tiene mucho que ver con el conflicto.

– ¿Qué conflicto?

Gris Marsala seguía mirando el retablo como si no hubiera oído la pregunta. Se pasó una mano por el cuello, emitiendo un corto suspiro.

– Bueno. Llámelo como quiera -su tono se había hecho forzadamente ligero-. Situación de punto muerto, podríamos decir. Con Macarena Bruner, su madre la vieja duquesa y todos los demás.

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