Arturo Pérez-Reverte - La piel del tambor

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Un pirata informático irrumpe clandestinamente en el ordenador personal del Papa. Entretanto, en Sevilla una iglesia barroca se ve obligada a defenderse matando a quienes están dispuestos a demolerla. El Vaticano envía un agente, sacerdote, especializado en asuntos sucios: el astuto y apuesto padre Lorenzo Quart, quien en el curso de sus investigaciones verá quebrantarse sus convicciones e incluso peligrar sus votos de castidad ante una deslumbrante aristócrata sevillana… Estos son solo algunos de los elementos que conforman esta laberíntica intriga donde se dan cita el suspense, el humor y la Historia a lo largo de un apasionante recorrido por la geografía urbana de una de las ciudades más bellas del mundo.
«Arturo Pérez-Reverte es el novelista más perfecto de la literatura española de nuestro tiempo.»
El País

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La puerta de roble con gruesos clavos estaba abierta. Quart entró en la iglesia y un soplo de aire frío vino a su encuentro, igual que si acabara de apartar una lápida. Se quitó las gafas de sol antes de mojar los dedos índice y pulgar en la pila bendita, y al persignarse sintió la frescura del agua en la frente. Había media docena de bancos de madera alineados frente al retablo del altar, cuyos dorados relucían al fondo de la nave, y los demás se hallaban corridos hacia un rincón, unos sobre otros, para dejar espacio a varios andamios. Olía a cerrado y a cera, a humedad de siglos. Todo estaba en penumbra menos un ángulo iluminado por un foco, arriba, a la izquierda. Y al levantar los ojos hacia la luz, Quart vio a una mujer subida en lo alto de la estructura metálica, fotografiando los emplomados de las vidrieras.

– Buenos días -dijo.

Tenía el pelo gris, como él; pero en su caso no se trataba de canas prematuras. Cuarenta y tantos años largos, calculó viéndola inclinarse sobre la barandilla que coronaba el entramado de tubos de acero, cinco metros por encima de su cabeza. Después la mujer se agarró a la estructura y descendió con agilidad hasta el suelo de la nave. Llevaba el cabello recogido bajo la nuca en una pequeña trenza, vestía un polo de manga larga, téjanos manchados de yeso y zapatillas. Y de espaldas, viéndola bajar, habría pasado por una muchacha.

– Me llamo Quart -dijo él.

La mujer se limpió la mano derecha en la parte trasera de los téjanos y la extendió, en apretón vigoroso y breve.

– Yo soy Gris Marsala. Trabajo aquí.

Tenía acento extranjero, más norteamericano que inglés; las manos ásperas y los ojos claros y amistosos, rodeados de arrugas. También una sonrisa franca, abierta, que se mantuvo mientras observaba a Quart de arriba abajo, con curiosidad.

– Es usted un cura con buen aspecto -concluyó por fin, desenvuelta, deteniéndose en el alzacuello de la camisa negra-. Esperábamos otra cosa.

El miraba el andamio y las paredes de la iglesia, y se detuvo en mitad del gesto, sorprendido por el plural:

– ¿Esperaban?

– Sí. Todos están pendientes del enviado de Roma. Pero imaginábamos a un funcionario bajito con sotana, un maletín negro lleno de misales, crucifijos y cosas así.

– ¿Quiénes son todos?

– No sé. Todos -la mujer se puso a contar con los dedos manchados de yeso-. Don Príamo Ferro, el párroco. Y su vicario, el padre Oscar -la sonrisa se retrajo un poco, como si fuese a sustituirla otra más profunda, paralela y oculta-. También el arzobispo, y el alcalde, y un montón de gente más.

Quart apretó los labios. Ignoraba que su misión fuera del dominio público. Hasta donde él sabía, sólo la Nunciatura en Madrid y el arzobispo de Sevilla habían sido informados por el IOE. Descartado el nuncio, imaginó a monseñor Corvo sembrando cizaña. Que el infierno confundiera a Su Ilustrísima.

– No esperaba tanta expectación -dijo con frialdad.

La mujer encogió los hombros, ignorando el tono.

– No se trata de usted, sino de la iglesia -alzó una mano para indicar los andamios contra los muros, el techo ennegrecido donde la pintura se desprendía entre manchas de humedad-… Este lugar ha levantado pasiones en los últimos tiempos. Y en Sevilla nadie es capaz de guardar un secreto -inclinó un poco la cabeza hacia él y bajó la voz, parodiando un aire confidencial-. Cuentan que hasta el Papa se interesa en el asunto.

Sangre de Dios. Quart mantuvo silencio un instante, observando primero la punta de sus zapatos y luego los ojos de la mujer. Después se dijo que era un cabo de ovillo tan bueno como cualquier otro para empezar a tirar. Así que se aproximó un poco hasta casi rozarla con el hombro, antes de mirar a su alrededor con aire exageradamente suspicaz.

– ¿Quién dice eso? -susurró.

La risa de ella era tranquila como sus ojos y su voz; pero el sonido se velaba en las oquedades de la nave desierta.

– El arzobispo de Sevilla, creo. Que, por cierto, no parece quererlo a usted mucho.

Tengo que devolver a Su Ilustrísima tantas bondades a la primera ocasión, se prometió Quart in mente. La mujer lo observaba con malicia jovial. Dispuesto a aceptar sólo a medias la complicidad que ella ofrecía, alzó las cejas con la inocencia de un jesuita veterano. De hecho, el gesto lo había aprendido en el seminario. De un jesuita.

– La veo informada. Pero no haga caso de todo lo que dicen.

Gris Marsala soltó una carcajada.

– No hago caso -dijo-. Pero resulta divertido. Además, ya le he dicho que trabajo aquí. Soy la arquitecto responsable de la restauración de este lugar -echó otra ojeada en torno y suspiró con aire desolado-. Su aspecto no dice mucho en mi favor, ¿verdad?… Pero es una larga historia de presupuestos que no se aprueban y de dinero que no llega.

– Usted es norteamericana.

– Sí. Me ocupo de esto desde hace dos años, por encargo de la fundación Eurnekian, que aportó un tercio del proyecto inicial de restauración. Al principio éramos tres, dos españoles y yo; pero los otros se fueron… Ahora hace tiempo que las obras se encuentran casi paralizadas -lo miró atenta, esperando el efecto de lo que iba a decir-. Y además, están esas dos muertes.

La expresión de Quart se mantuvo imperturbable:

– ¿Se refiere a los accidentes?

– Es una forma de llamarlo, sí. Accidentes -seguía vigilando la reacción de su interlocutor, y pareció decepcionada al comprobar que él no añadía comentario alguno-. ¿Ha visto ya al párroco?

– Todavía no. Llegué anoche y ni siquiera he visitado al arzobispo. Quise echar un vistazo antes.

– Pues ya ve -hizo un gesto con la mano, mostrando la nave y el altar mayor apenas visible al fondo, en la penumbra-. Barroco sevillano del Setecientos, retablo de Duque Cornejo… Una pequeña joya que se cae a pedazos.

– ¿Y esa Virgen decapitada en la puerta?

– Algunos ciudadanos celebraron a su manera la proclamación de la Segunda República, en 1931.

Lo dijo benevolente, como si en el fondo disculpara a los descabezadores. Quart se preguntó cuánto tiempo llevaba en aquella ciudad. Mucho, sin duda. Su castellano era impecable, y parecía hallarse a sus anchas.

– ¿Cuánto hace que vive aquí?

– Casi cuatro años. Pero estuve muchas veces antes de establecerme. Vine con una beca y nunca me fui del todo.

– ¿Por qué?

La vio encogerse de hombros, igual que si también ella se formulara la misma pregunta.

– No sé. Le pasa a muchos de mis compatriotas; sobre todo a los jóvenes. Un día llegan y ya no pueden irse. Se quedan tocando la guitarra, dibujando en las plazas. Ingeniándoselas para vivir -miró pensativa el rectángulo formado por el sol en el suelo, junto a la puerta-. Hay algo en la luz, en el color de las calles, que te contamina la voluntad. Igual que caer enfermo.

Quart dio unos pasos y se detuvo, oyendo apagarse el ultimo eco en el fondo de la nave. Había un púlpito con escalera de caracol a la izquierda, medio oculto por los andamios, y un confesionario a la derecha, en una pequeña capilla que servía como entrada a la sacristía. Pasó una mano sobre la madera de un banco, ennegrecida por el uso y los años.

– ¿Qué le parece? -preguntó la mujer.

Levantó Quart la cabeza. La bóveda, de cañón con lunetas formaba planta rectangular con una sola nave y crucero de cortos brazos. Una cúpula elíptica, rematada en linterna ciega había estado adornada con pinturas al fresco ahora irreconocibles por los estragos del humo de las velas y los incendios. Podían distinguirse unos cuantos ángeles en torno a una gran mancha negra de hollín y varios profetas barbudos y maltrechos, descarnados por ronchas de humedad que les daban aspecto de leprosos incurables.

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