Diane Setterfield - El cuento número trece

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El cuento número trece: краткое содержание, описание и аннотация

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Entre mentiras, recuerdos e imaginación se teje la vida de la señora Winter, una famosa novelista ya muy entrada en años que pide ayuda a Margaret, una mujer joven y amante de los libros, para contar por fin la historia de su misterioso pasado.
«Cuénteme la verdad», pide Margaret, pero la verdad duele, y solo el día en que Vida Winter muera sabremos qué secretos encerraba Él cuento número trece, una historia que nadie se había atrevido a escribir.
Después de cinco años de intenso trabajo;, Diane Setterfield ha logrado el aplauso de los lectores y el respeto de los críticos con una primera novela que pronto sé convertirá en un clásico.

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Hablar de John y el jardín me recuerda que debo comentarle lo del muchacho. Esta tarde, mientras me paseaba por el aula, me acerqué casualmente a la ventana. Llovía y quise cerrar la ventana para frenar la humedad; la repisa interna ya se está desmoronando. Si no hubiera estado tan cerca de la ventana, de hecho con la nariz casi pegada al cristal, dudo de que lo hubiera visto, pero ahí estaba: un muchacho sentado de cuclillas en el arriate, desherbando. Vestía un pantalón de hombre cortado a la altura del tobillo y sujeto con tirantes. Un sombrero de ala ancha le ensombrecía el rostro y eso me impidió calcular su edad, aunque debe de tener unos once o doce años. Sé que es una práctica común en las zonas rurales que los niños realicen faenas agrícolas, aunque pensaba que se dedicaban sobre todo al trabajo de granja, y valoro las ventajas de que aprendan su oficio en edad temprana, pero no me gusta ver a los niños fuera del colegio en horas de clase. Plantearé el asunto a John y me aseguraré de que comprenda que el niño debe pasar las horas de clase en el colegio.

Pero volviendo a mi objetivo: en lo que a la violencia de Adeline con su hermana se refiere, quizá a ella le sorprendería saberlo, pero he visto otros casos. Los celos y la ira entre hermanos es un fenómeno habitual y entre gemelos las rivalidades tienden a acentuarse. Con el tiempo seré capaz de reducir la agresividad, pero entretanto tendré que vigilar constantemente a Adeline para evitar que haga daño a su hermana y eso ralentizará otra clase de avances, lo cual es una lástima. Todavía no comprendo por qué Emmeline permite que su hermana le pegue (y le tire del pelo y la persiga blandiendo las pinzas de la chimenea con brasas candentes). Dobla a su hermana en tamaño y podría defenderse con más brío. Tal vez sea porque no quiere hacerle daño; es un alma bondadosa.

Mi impresión de Adeline durante los primeros días fue que se trataba de una niña que seguramente nunca llegaría a llevar una vida independiente y normal como su hermana, pero que podría ser conducida hasta un estado de equilibrio y estabilidad, cuyos ataques de furia podrían ser contenidos mediante la imposición de una rutina estricta. No esperaba conseguir que llegara a comprender. En su caso preveía una tarea más ardua que con su hermana, si bien esperaba mucho menos agradecimiento, pues parecería menor a los ojos del mundo.

No obstante, después de haber percibido indicios de una inteligencia oscura y oculta, me he visto obligada a modificar mi primera impresión. Esta mañana Adeline ha entrado en el aula arrastrando los pies pero sin mostrar excesiva reticencia, y una vez sentada ha descansado la cabeza en el brazo, como la he visto hacer otras veces. He empezado la clase. Tan solo consistía en la narración de una historia, una adaptación que con este fin había hecho de los primeros capítulos de Jane Eyre, una historia que gusta mucho a las niñas. Yo estaba concentrada en Emmeline, animándola a seguir la historia dándole toda la teatralidad posible. Ponía una voz para la heroína, otra para la tía e incluso otra para el primo, y acompañaba la narración con gestos y expresiones que ilustraban las emociones de los personajes. Emmeline no apartaba los ojos de mí y yo estaba satisfecha con mi efecto.

Por el rabillo del ojo he divisado algún movimiento. Adeline ha vuelto la cabeza hacia mí. Aunque esta ha seguido descansando sobre el brazo, y se diría que los ojos seguían cerrados, he tenido la clara impresión de que me estaba escuchando. Aunque el cambio de postura haya sido intrascendente (que no lo es; hasta ese momento Adeline siempre me había dado la espalda), sí ha cambiado su manera de estar. Normalmente se desploma sobre la mesa cuando duerme, inmersa en un estado de inconsciencia animal, pero hoy todo su cuerpo parecía estar alerta; había tensión en los hombros, como si estuviera escuchando la historia pero al mismo tiempo quisiera dar la impresión de que dormía profundamente.

Yo no quería que se diera cuenta de que lo había notado, de modo que he seguido actuando como si estuviera leyendo solo para Emmeline. He mantenido la expresividad en la cara y la dramatización en la voz, pero al mismo tiempo he puesto un ojo en Adeline. Y la muchacha no solo ha estado escuchando; he advertido un temblor en sus párpados. Yo había creído que tenía los ojos cerrados, pero me había equivocado. ¡Adeline me estaba mirando a través de las pestañas!

Se trata de un adelanto sumamente interesante, un avance que preveo será el broche de mi proyecto aquí.

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Entonces sucedió algo del todo inesperado. La cara del médico se transformó. Sí, se transformó delante de mis propios ojos. Fue uno de esos momentos en que el rostro adquiere de súbito un aspecto diferente, en que los rasgos, todavía reconocibles, sufren una mutación vertiginosa y se muestran bajo una luz nueva. Me gustaría saber qué hay en la mente humana que hace que las caras de las personas que conocemos cambien y bailen de ese modo. He descartado los efectos ópticos, los fenómenos relacionados con la luz y todo eso, y he llegado a la conclusión de que la explicación se halla en la psicología del espectador. Sea como fuere, la repentina mutación y reorganización de sus rasgos faciales hizo que me quedara mirándolo fijamente unos instantes, lo cual debió de antojársele extraño. Cuando sus rasgos dejaron de dar saltos percibí algo raro también en su expresión, algo que no pude, que no puedo, descifrar. No me gusta lo que no puedo descifrar.

Después de mirarnos unos segundos, los dos igual de incómodos, él se marchó bruscamente.

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Preferiría que la señora Dunne no me cambiara los libros de sitio. ¿Cuántas veces tendré que decirle que no he terminado con un libro hasta que he acabado de leerlo? Y si tiene que cambiarlo de sitio, ¿por qué no lo devuelve a la biblioteca, el lugar de donde salió? ¿Qué sentido tiene dejarlo en la escalera?

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He tenido una conversación curiosa con John, el jardinero.

Es un hombre muy trabajador, ahora que está reparando sus figuras está más animado, y por lo general su presencia es útil en la casa. Bebe té y charla en la cocina con la señora Dunne; a veces los encuentro hablando en voz baja, lo que me hace pensar que ella no está tan sorda como quiere hacer creer. Si no fuera por su avanzada edad, pensaría que ella y John tienen algún tipo de relación amorosa, pero como eso queda descartado, no logro explicarme cuál es su secreto. Muy a mi pesar, porque ella y yo estamos de acuerdo en la mayoría de las cosas, creo que aprueba mi presencia en la casa -aunque poco importaría si no lo hiciera-, planteé el asunto a la señora Dunne, y me dijo que solo hablaban de asuntos domésticos, de los pollos que había que matar, de las patatas que había que desenterrar y demás. «¿Por qué hablan tan bajo?», insistí, y me dijo que no hablaban bajo, al menos no especialmente. «Pero usted no me oye cuando le hablo bajo», dije, y me contestó que las voces nuevas se le hacen más difíciles que las voces a las que ya está acostumbrada, y que si entiende a John cuando habla bajo es porque conoce su voz desde hace muchos años, y la mía apenas desde hace un par de meses.

Había olvidado el asunto de las voces bajas en la cocina, hasta este nuevo y extraño encuentro con John. Hace unos días estaba dando un paseo por el jardín justo antes de la comida cuando vi de nuevo al niño que estaba desherbando el arriate debajo de la ventana del aula. Miré mi reloj y, una vez más, era en horario escolar. El niño no me vio porque los árboles me tapaban. Me quedé un rato observándolo. No estaba trabajando, sino despatarrado en la hierba, concentrado en algo que había en ella, justo debajo de su nariz. Llevaba puesto el mismo sombrero flexible. Caminé hacia él con la intención de preguntarle su nombre y hablarle de la importancia de la educación, pero en cuanto me vio se levantó de un salto, se llevó una mano a la cabeza para sujetarse el sombrero y echó a correr a una velocidad increíble. Su sobresalto era prueba suficiente de su culpabilidad. El niño sabía perfectamente que debía estar en el colegio. Mientras corría creí ver que llevaba un libro en la mano.

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