Marc Levy - La Mirada De Una Mujer

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Philip y Susan son amigos desde la infancia, y aunque su relación es muy estrecha ella se ha mantenido siempre un poco distante. La muerte de los padres de Susan en un accidente de coche es al causa principal que la lleva a tomar una drástica decisión: partir hacia Honduras para prestar ayuda humanitaria. Antes de emprender viaje, se reúne con Philip para despedirse y acuerdan encontrarse en ese mismo sitio a su regreso, dos años después.
El tiempo pasa lenta e inexorablemente. Ambos avanzan en direcciones distintas, pero su relación se mantiene viva gracias a las cartas que con frecuencia se escriben. Hasta que llega el día del reencuentro. En la misma mesa junto a la ventana que compartieron dos años atrás, Susan le comunica a Philip que ha venido para verlo… pero que regresa a Honduras. Volverá el año siguiente, pero tampoco será para quedarse. Y así, año tras año…
Hasta que una noche, una llamada a la puerta de Philip cambiará para siempre el curso de los acontecimientos.

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Mientras se hacía el café, se cepilló los dientes y se miró la cara en el pequeño pedazo de espejo que colgaba de un clavo. Hizo una mueca al contemplar su reflejo y se pasó la mano por el pelo. Se estiró la camiseta, descubriendo el hombro para examinar una picada de araña. «¡Qué asco!»

Subió al altillo y a cuatro patas dio enérgicamente la vuelta al colchón para descubrir a su agresor. El ruido del agua hirviendo hizo que renunciase y bajó. Rodeó el mango de la cafetera con un trapo y vertió el líquido negro en la taza, cogió un plátano de la mesa y fue a tomarse el desayuno afuera. Sentada sobre la escalinata, se llevó la taza a los labios mientras dirigía la mirada al lejano horizonte. Susan se acarició la pantorrilla y le recorrió un ligero escalofrío. Incorporándose de un salto se dirigió a su despacho y cogió un bolígrafo.

Philip:

Espero que esta nota te llegue rápidamente. Tengo que pedirte un favor: ¿Podrías enviarme alguna crema hidratante para el cuerpo y un poco de champú?

Confío en ti. Te lo pagaré cuando nos veamos. Besos.

Susan

La jornada del sábado concluía y las calles estaban llenas de gente. Philip se instaló en la terraza de una cafetería para dar los últimos retoques a un boceto. Pidió un café al estilo americano; el café expreso aún no había cruzado el Atlántico. Siguió con la mirada a una mujer rubia que atravesaba la calle en dirección a los cines, y de pronto, le entraron ganas de ir a ver una película. Pagó la consumición y se levantó. Salió de la sala dos horas más tarde. El mes de junio ofrecía a la ciudad sus más bellos atardeceres. En el cruce, fiel a la costumbre que había adquirido en estos últimos meses, saludó al buzón de correos. Dudó sobre si reunirse o no con sus amigos, que comían en un restaurante de Mercer Street, y prefirió volver a casa.

Introdujo la llave en la cerradura, adoptó la única postura que le permitía accionar el pestillo y empujó la pesada puerta de madera del inmueble. En cuanto dio al interruptor, el estrecho pasillo que conducía a la escalera se iluminó con un amarillo pálido. Un sobre de color azul sobresalía del buzón; lo cogió y subió corriendo por la escalera. Cuando se tiró sobre el sofá, ya había abierto la carta y desdoblado la hoja de papel.

Philip:

Si estas letras te llegan en quince días, estaremos a finales de agosto y sólo tendremos que esperar un año para volver a vernos. En fin, lo que quiero decirte es que ya habremos recorrido la mitad del camino. No he tenido tiempo de contártelo, pero voy a ascender de categoría. Se habla de establecer un nuevo campamento en la montaña y circula el rumor de que quizá yo sería la responsable del mismo. Gracias por tu envío. Ya sabes que te echo de menos, aunque no te escriba a menudo. ¡Debes de haber envejecido en todo este tiempo! Espero recibir pronto noticias tuyas.

Susan

10 de septiembre de 1975

Susan:

Nunca más podré ver de forma inocente las palabras «un año más tarde…» que a veces aparecen en las pantallas de cine. Jamás había prestado atención a la emoción discreta, oculta tras los tres pequeños puntos suspensivos, que sólo comprenden los que saben en qué medida la espera puede generar soledad. ¡Qué largos son esos minutos que se resumen entre comillas! El verano está acabando, mi trabajo de becario también, y me han comunicado que cuando tenga el título me contratarán. Sólo he ido a la playa una vez.

Cometí la tontería de ir a ver una película en la que un tiburón blanco sembraba el terror en nuestras playas. Es del mismo realizador de Duelo. ¡Cómo nos gustó esa película! ¿Te acuerdas? Fue en el Film Forum. Aquel día, al salir del cine, poco podía imaginar que unos años más tarde viviría esperándote en la misma calle de aquel bar al que luego fuimos. Imposible imaginar que te escribiría «al fin del mundo». Durante una escena terrible, una chica que estaba sentada a mi lado me ha clavado las uñas en el brazo. Ha sido algo extraño. Ella se ha deshecho en excusas durante el resto de la proyección. Jamás había oído tantos «perdón» y «lo siento mucho» en una hora. No me habrías reconocido. Yo, que puedo tardar seis meses en entablar una conversación con una muchacha que me sonríe en un restaurante, he logrado decirle: «Si continúa hablando así, nos echarán. Podemos hablar luego, tomando algo». Ella se ha callado hasta el final, y yo, claro está, no me he enterado de la película. La situación era estúpida, porque yo estaba seguro de que ella se eclipsaría en cuanto proyectasen la última imagen. Sin embargo, cuando han encendido las luces me ha seguido por el pasillo y he oído que me decía: «¿Dónde vamos a cenar?». Hemos ido a Fanelli's. Se llama Mary y estudia periodismo. Esta noche llueve a mares. Me voy a la cama, es mejor. Te contaría cualquier cosa para darte celos. Espero noticias tuyas.

Philip

Un día de noviembre de 1975, no sé bien cuál

Querido Philip:

Han transcurrido pocas semanas desde mi última carta, pero aquí el tiempo no corre de la misma manera. ¿Te acuerdas de la niñita de la que te hablé en una de mis cartas anteriores? La he llevado a casa de su nuevo papá. No pudieron salvarle la pierna. Yo tenía miedo de la reacción de él al encontrarla así. Fuimos a buscarla a Puerto Cortés. Juan me acompañó. Dispuse varios sacos de harina en la trasera del Dodge a modo de colchón. Al llegar al hospital, vi a la niña que esperaba al final del pasillo, estirada sobre una camilla.

Me obligué a concentrarme en su cara y a no mirar la zona amputada. ¿Por qué prestar más atención a lo que no existe que a todo el resto, que sí está? ¿Por qué dar más importancia a lo que no funciona que a lo que va bien? No podía dejar de preguntarme cómo iba a vivir con su minusvalía. Juan comprendió mi silencio y, antes de que me dirigiese a ella, me murmuró al oído: «No le manifiestes tu pena, deberías alegrarte. Lo importante no es su pierna cortada, sino su historia, su supervivencia».

Juan tenía razón. La instalamos sobre los fardos y tomamos la carretera que conduce a las montañas. Él la cuidó durante todo el trayecto, intentaba distraerla y también, eso creo, calmarme a mí. Para lograr sus objetivos no dejaba de burlarse de mí. Me imitaba al volante de este vehículo demasiado pesado que a cada kilómetro me quiere demostrar que es más fuerte que yo. ¡Como si sus siete toneladas no bastaran! Juan se colocaba semisentado, con los brazos tendidos hacia delante y comenzaba a hacer muecas mientras parodiaba mis esfuerzos en cada curva para dominar el volante, aderezando su imitación con comentarios que mi español no permite apreciar en su justo valor. Sucedió al término de seis horas. Al reducir la marcha, el camión se caló y solté una palabrota al tiempo que descargaba un puñetazo sobre el volante. ¡Mi mal carácter no ha desaparecido, sabes! Juan vio el cielo abierto: comenzó a lanzar una sarta de groserías, haciendo como que golpeaba sobre una caja que se supone que representaba el volante, y de repente la niña se echó a reír.

Primero fue el sonido claro de dos risas, luego un breve momento de pudor, luego otra risa y, de pronto, el instante impagable: el camión se llenó con sus exclamaciones. No imaginaba la importancia que de repente puede adquirir la simple risa de un niño. Por el retrovisor yo veía cómo respiraba profundamente. La risa alocada también conquistó a Juan. Creo que lloré más en ese momento que el día en que me abrazaste sobre la tumba de mis padres, salvo que ese día yo lloraba por dentro. De golpe había tanta vida, tantas esperanzas… Me di la vuelta para verlos, y en medio de sus carcajadas distinguí la sonrisa que Juan me dirigía. Las barreras de la lengua habían desaparecido…

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