Don Delillo - Jugadores

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Por primera vez en castellano, una de las novelas más emblemáticas del maestro de la ficción norteamericana.
Pammy y Lyle Wynant son una pareja atractiva, moderna, que parece tenerlo todo. Sin embargo, tras su vida `ideal` ronda un tedio persistente y una desesperación contenida que les llevan a vivir aventuras diferentes, pero igual de letales. Insólitos en su terca normalidad, estos fríos `jugadores` se enfrentan diferentes a la violencia que los rodea y que han contribuido a crear.
El terrorismo y el lado más oscuro de la clase adinerada contemporánea y su profundo descontento, son la base sobre la que se sustenta esta ácida y curiosísima novela…

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Pammy había escrito el folleto meses antes. En uno de sus momentos de grandeza ficticia, Ethan lo había calificado como «un clásico sobre el desapasionamiento y el tacto». En la oficina, otros habían dicho que era demasiado «elemental y técnico», que parecía un cuadernillo de cuatro páginas sobre condensadores de radio para una publicación especializada.

– La muerte es una experiencia religiosa -había dicho Ethan-. También es algo elemental y técnico.

Hay un elemento que deja de funcionar técnicamente y te mueres. Una consecuencia lógica.

En un contexto en el que cada frase es susceptible de adquirir un sentido espantosamente cómico, a ella le parecía que no lo había hecho nada mal. Su trabajo, considerado en conjunto, era de puro chiste, al igual que lo era el entorno en el que lo desarrollaba. Sin embargo, estaba orgullosa de ese folleto. Había mantenido un tono de atinada sensatez. En casi todas y cada una de sus frases anidaba una verdad. No había consentido que se imprimiera a dos tintas. Si alguien quisiera dar propaganda a la angustia y a la muerte, y si alguien quisiera que sus sufrimientos fueran debidamente gestionados, todo el mundo debería dedicar a todo el asunto la necesaria discreción y el buen gusto de rigor.

– Dilo, dilo.

– Maine.

– Dilo otra vez -dijo él-. Por favor, ahora mismo, deprisa, por lo que más quieras.

– Maine -dijo ella-. Maine.

Había actividad en el parqué. Lyle dejó el puesto 5 y se detuvo ante el teletipo. Un mensajero joven pasó de largo; era rubio, con la melena por los hombros. Lyíe apretó la tecla E, luego GM. Para pasárselo a Ethan. El papel salió escupido y luego se detuvo. Hubo un segundo nivel de ruido, vítores y aplausos. Dio un paso atrás para echar un vistazo a la galería de las visitas. Una mujer atractiva, sentada tras la mampara de cristal blindado. Miró la impresora mientras regresaba a su puesto. La variedad del día. Los números salían en orden por la pantalla de anuncios. Come, come. Caga, come, caga. Nos alimenta en decimales. Agredir, enturbiar, enconar, decretar. Come, come, come.

V.R GM-12.33 2524

106.400

10.10 69

12.30 70

10.12 68 ½

12.33 + 70 + 1 ½

Se dirigió a la zona de fumadores, donde vio a Frank McKechnie de pie junto a un grupo bastante ruidoso, mordiéndose los pellejos del pulgar. Lyle aisló a dos de los integrantes del grupo y comenzó a realizar una de las rutinas aprendidas en la banda sonora de una comedia que había comprado recientemente. Era algo que, a su juicio, hacía francamente bien. Se adecuaba a las mil maravillas con su actitud pulcra, con la manera neutra con que su mirada registraba la presencia de un público. Era capaz de leer su deleite ante su reserva e independencia, la incongruencia del humor implícito. Comenzaron a formar corro. Lo miraban a los labios. Un tercer integrante se aproximó atraído por la risa, Lyle terminó la actuación antes de tiempo y se acercó a McKechnie, quien contemplaba el humo que se elevaba sobre la congregación.

– Así que ¿en qué estamos?

– Pues… quién sabe.

– Estamos dentro -dijo Lyle.

– Eso puedes darlo por sentado.

– Es evidente.

– Es evidente, porque si estuviéramos fuera los coches se me estarían subiendo por ¡a espalda.

– El mundo exterior.

– Así es -dijo McKechnie-. Pasan las cosas sin que uno pueda hacer nada. Sólo cabe esperar y confiar en que la cosa no se ponga cruda.

Lyle no sabía con demasiada exactitud de que estaban hablando. Intercambiaba a menudo con McKechnie diálogos de esa clase. En todo momento examinaba a su amigo con atención. McKechnie parecía tomárselo muy en serio. Él sí daba la impresión de saber de qué estaban hablando.

– Quería preguntarte por el tipo que le pegó el tiro a Sedbauer.

– Hoy sale a toda página en el periódico.

– Visitante del propio Sedbauer.

McKechnie hizo un gesto con el pulgar y el índice, como si trazara un titular de prensa.

– El misterio del asesinato en la Bolsa se desenreda despacio.

– De momento, me gusta.

– Pistolero, de oscuro origen, dum dum dum, que llevaba encima, no te lo pierdas, una bomba dum dum. Se sospecha de una red de terroristas. Su identidad es aun confusa. Se buscan vínculos, tachan. El tipo se niega en redondo a decir ni pío, a ver a un abogado, a salir de su celda.

– ¿Que llevaba una bomba encima? ¿Cuándo?

– Cuando lo detuvieron. Tras disparar contra George. Estaba allí plantado como si tal cosa. Con un paquete de explosivos miniatura. Cito textualmente.

– Pues no veas.

– ¿En qué estamos, Lyle, como tú mismo dijiste con tan bellas palabras?

– Estamos dentro.

– ¿Y dónde queremos estar?

– Dentro.

– Respuesta correcta en ambos casos.

– Me las había preparado.

– Pues ahora sólo cabe esperar y ver si la cosa se pone de veras cruda -dijo McKechnie-. Otra cosa no se puede hacer. Yo ya me he preparado para poner barricadas. Tenemos un grave problema de salud en la familia. Además, a mi hermano se le están amontonando las deudas de juego. Ha empezado a hacer llamadas telefónicas a medianoche, con abundantes susurros y sollozos. Los corredores, los tiburones prestamistas, las amenazas. Todo muy edificante. Los intereses ascienden a cada hora que pasa. Luego tengo a mi hijo mayor, que de entrada padece una sordera considerable y que ahora, de golpe y porrazo, ha aparecido sentado en el suelo de su cuarto, mirando a la pared como un pasmarote. La semana pasada dos veces. Le cuesta mover los brazos. No quiere hablar de nada. Aún es joven para haber tomado drogas. No es un problema de drogas. Lo llevamos al médico. Le hicieron todos los escáneres y demás pruebas que hacen ahora. Nada concreto. Hemos empezado a pensar en un psico especializado en niños. ¿Has tenido alguna vez la sensación de estar pillado en un torno que cada vez te aprieta más? Yo voy por ahí y no hago más que pensar en lo que ha pasado.

– Intentemos comer juntos la semana que viene.

McKechnie redujo la colilla de su cigarro a una mota de tabaco y una mota de papel, que tiró al suelo. Dio un salto con un pie y se posó sobre las motas.

– ¿Te ha gustado?

– Muy avanzado -dijo Lyle.

– Antes se me daba mejor. Tendrías que haberme visto.

– Pero es algo que no podrías hacer en el mundo exterior. Te señalarían con el dedo y te llamarían majareta.

– De hecho, ¿por qué no comemos juntos ahora mismo? En el piso de arriba.

– Yo ya nunca almuerzo arriba.

– ¿Por qué no?

– Pues no lo sé, Frank.

– Alguna razón tiene que haber.

– Supongo.

– Pero no sabes por qué.

– Sencillamente, hace tiempo que no voy ahí arriba.

– Lyle, no es que yo sea exactamente un promotor de costumbres sociales más bien reprimidillas. No tengo licoreras llenas de jerez que sirva en un carrito a mis invitados, que han aparcado sus Bentleys a la entrada. Pero te aseguro que no hay nada malo en almorzar en la Bolsa. Es bastante civilizado, y algo es algo.

– Es que está dentro.

– Está dentro, de acuerdo. Queda a mano, es rápido, es bueno, es agradable y es casi casi, qué quieres que te diga, es casi elegante, joder, lo cual no es moco de pavo en los tiempos que corren. Así que deja de portarte como un botarate. Hablas como un bobo.

– A mí no me jodas, Frank.

Pammy fue a cenar con Ethan y Jack. Fueron a un local del SoHo. Estaba emocionada. Cenar fuera, uau. En algún lugar impreciso de su conciencia en vigilia relucían destellos de anticipación cada vez que Ethan y Jack entraban en una sala, o cuando cogía el teléfono y era uno de los dos quien llamaba. La mayoría de las personas que poblaban su vida eran presencias desalentadas. Estaba deseosa de pasar un buen rato con los dos. Si Ethan dejase alguna vez su trabajo, ella se sumiría en el estupor y en el mutismo.

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