Jeffrey Eugenides - Las vírgenes suicidas

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Sin embargo, esto es como querer apresar el viento. La esencia de los suicidios no era la tristeza ni el misterio, sino simplemente el egoísmo. Las hermanas Lisbon quisieron hacerse cargo de decisiones que conviene dejar en manos de Dios. Se convirtieron en criaturas demasiado poderosas para vivir con nosotros, demasiado ególatras, demasiado visionarias, demasiado ciegas. Lo que persistía detrás de ellas no era la vida, que supera siempre a la muerte natural, sino la lista más trivial de hechos mundanos que pueda imaginarse: el tictac de un reloj de un pared, las sombras de una habitación a mediodía y la atrocidad de un ser humano que sólo piensa en sí mismo. Su cerebro se hizo opaco a todo y sólo fulguró en puntos precisos de dolor, daños personales, sueños perdidos. Todos amábamos a alguna, pero iba empequeñeciéndose en un inmenso témpano de hielo, que se encogía hasta convertirse en un punto negro y agitaba unos brazos diminutos sin que oyéramos su voz. Después ya fue la cuerda alrededor de la viga, la píldora somnífera en la palma de la mano con una larga línea de la vida, la ventana abierta de par en par, el horno de gas, lo que fuera. Nos hacían partícipes de su locura, porque no podíamos hacer otra cosa que seguir sus pasos, repensar sus pensamientos, comprobar que ninguno confluía en nosotros. No nos cabía en la cabeza aquel vacío que podía sentir un ser capaz de segarse las venas de las muñecas, aquel vacío y aquella calma tan grandes. Teníamos que embadurnarnos la boca con sus últimas huellas, las marcas de barro en el suelo, las maletas apartadas de un puntapié, teníamos que respirar una y otra vez el aire de las habitaciones donde se habían matado. A fin de cuentas, daba igual que la edad que tuviesen, el que fueran tan jóvenes, lo único que importaba era que las habíamos amado y que no nos habían oído cuando las llamábamos, que seguían sin oírnos ahora, aquí arriba, en la casa del árbol, con nuestro escaso cabello y nuestra barriga, llamándolas para que salgan de aquellas habitaciones donde se habían quedado solas para siempre, solas en su suicidio, más profundo que la muerte, y en las que ya nunca encontraremos las piezas que podrían servir para volver a unirlas.

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Después de una semana de no verla, optó por las medidas drásticas. El siguiente viernes por la tarde salió del gabinete de estudio del ala de ciencias para asistir a una asamblea. Hacía tres años que no iba a una, porque era más fácil saltársela que saltarse una clase y Trip prefería pasar aquel rato fumando el narguile que tenía en la guantera. No tenía idea del lugar donde se sentaría Lux, por lo que se entretuvo junto a la fuente de agua con la intención de seguirla apenas entrase. Desobedeciendo el consejo que le habían dado su padre y Donald, se puso las gafas de sol para disimular las miradas que dirigía al pasillo. En tres ocasiones el corazón le dio un vuelco ante el espejismo de una visión de las hermanas de Lux, pero el señor Woodhouse ya había presentado al orador del día -un meteorólogo de la televisión local- cuando Lux salió del lavabo de las chicas. Trip Fontaine la observó con tal concentración que hasta dejó de existir. En aquel momento en el mundo sólo existía Lux. Estaba rodeada de un aura difusa, como una vibración de átomos que se apartasen y que, según opinamos más adelante, debió de ser el resultado de la afluencia de sangre en la cabeza de Trip. Lux pasó junto a él sin mirarlo y en aquel instante Trip no percibió olor a cigarrillos como esperaba sino a chicle de sandía.

La siguió hasta la claridad colonial del auditorio con su cúpula Monticello, sus pilastras dóricas y aquellos faroles de gas de imitación que solíamos llenar de leche. Se sentó junto a ella en la última fila y, aunque evitó mirarla, no le sirvió de nada porque con los órganos de unos sentidos que ignoraba que tuviese, Trip Fontaine la sentía a su lado, notaba la temperatura de su cuerpo, los latidos de su corazón, el ritmo de su respiración, todo aquel bombear y fluir que había en su cuerpo.

Cuando el hombre del tiempo comenzó a pasar diapositivas se atenuaron las luces del auditorio y al poco rato se encontraron juntos en la oscuridad, solos pese a los cuatrocientos estudiantes y cuarenta y cinco profesores presentes. Paralizado por el amor, Trip permaneció inmóvil mientras en la pantalla arreciaban los tornados, y tardó quince minutos en reunir el valor suficiente para apoyar levemente el antebrazo en el brazo de la silla. Hecho el gesto, todavía los separaban dos centímetros de espacio, por lo que a lo largo de los siguientes veinte minutos, mediante avances infinitesimales que cubrieron su cuerpo de sudor, Trip Fontaine acercó su brazo al de Lux. Mientras los ojos de todos los alumnos observaban el huracán Zelda avanzar hacia una ciudad costera caribeña, el vello del brazo de Trip rozó el del brazo de Lux y a través de aquel nuevo circuito saltó la corriente eléctrica. Sin volverse hacia él, sin respirar siquiera, Lux le respondió presionando suavemente su brazo contra el de él. Trip volvió a presionar, Lux volvió a responder y así sucesivamente hasta que sus codos se juntaron. Pero algo ocurrió en aquel momento preciso: tapándose la boca con las manos ahuecadas, un bromista situado algunas filas más adelante emitió el ruido de un pedo y toda la sala se estremeció con una carcajada. Lux se quedó pálida y retiró el brazo, pero Trip Fontaine tuvo la oportunidad de pronunciar las primeras palabras que murmuraría en su oído:

– Debe de haber sido Conley -dijo-. Se las va a cargar.

Lux hizo un movimiento con la cabeza por toda respuesta. Pero Trip, todavía inclinado sobre ella, continuó:

– Preguntaré a tu viejo si puedo salir contigo.

– Lo tienes difícil -dijo Lux sin mirarlo.

Se encendieron las luces y todos los estudiantes comenzaron a aplaudir. Trip esperó a que los aplausos alcanzaran su punto culminante para volver a hablar.

– Iré a tu casa a ver la tele -dijo-. El domingo. Después les pediré que me dejen salir contigo.

Volvió a esperar a que Lux dijera algo, pero lo único que ella hizo fue levantar la mano con la palma hacia arriba como indicándole que hiciera lo que le viniera en gana. Trip se levantó para salir pero, antes de hacerlo, volvió a apoyarse en el respaldo del asiento vacío y pronunció aquellas palabras que desde hacía semanas tenía guardadas dentro:

– Eres una perita en dulce -dijo, y se marchó.

Trip Fontaine fue el primer chico que entró solo en casa de los Lisbon después de Peter Sissen. Se limitó a anunciarle a Lux cuándo iría, dejando que ella se encargara de decírselo a sus padres. Nadie se explicaba que no nos hubiéramos dado cuenta, sobre todo cuando insistió en que no había tomado precauciones, de que había ido tranquilamente a casa de Lux en coche y que había aparcado el Trans Am delante del tronco de un olmo para evitar las manchas de savia. Para la ocasión se cortó el pelo y, en lugar del típico atuendo vaquero, se puso camisa blanca y pantalón negro, como los camareros de lujo. Lux salió a recibirlo a la puerta y, sin decirle apenas nada (estaba haciendo calceta), lo condujo al asiento que le habían asignado en la sala de estar. Trip se sentó en el sofá junto a la señora Lisbon, al otro lado de la cual se ubicó Lux. Trip Fontaine nos dijo que las chicas casi no le hicieron caso, o al menos no tanto como podía esperar un rompecorazones como él. Therese estaba sentada en un rincón con una iguana disecada en el regazo explicándole a Bonnie de qué se alimentaban las iguanas, cómo se reproducían y cuál era su hábitat natural. La única hermana que habló con Trip fue Mary, que se encargó de suministrarle Coca-Cola a medida que la consumía. En la tele daban un programa especial dedicado a Walt Disney que los Lisbon miraban con la actitud complaciente de una familia acostumbrada a los entretenimientos insulsos, riendo juntos los mismos ardides ingenuos o irguiéndose en el asiento en los momentos más emocionantes. Trip Fontaine no vio signo alguno de extravagancia en las chicas, aunque más tarde diría:

– Te habrías pegado un tiro sólo para hacer algo.

La señora Lisbon supervisaba la labor de calceta de Lux y, antes de cambiar de canal, consultaba la TV Guide para decidir si el programa valía la pena o no. Las cortinas eran tan gruesas que parecían de lona. En el alféizar de la ventana había unas cuantas plantas larguiruchas que no tenían nada que ver con las de hojas exuberantes del salón de su casa (el señor Fontaine era un gran aficionado a la jardinería) y Trip habría podido creer que se encontraba en un planeta muerto de no haber sido por la vida palpitante que emanaba Lux desde el otro extremo del sofá. Le veía los pies desnudos cada vez que los ponía sobre la mesilla baja. Tenía las plantas y las uñas moteadas de laca rosa. Cada vez que colocaba los pies en la mesa, la señora Lisbon le propinaba un golpecito en ellos con la aguja de hacer punto para indicarle que los bajara.

No ocurrió nada más. Trip no consiguió sentarse al lado de Lux ni hablar con ella ni tan siquiera mirarla, aunque la realidad de su presencia ardía en su cabeza. A las diez, obedeciendo una indicación de su esposa, el señor Lisbon dio una palmadita en la espalda a Trip y le dijo:

– Bien, hijo, sabrás que a esta hora nosotros solemos acostarnos.

Trip estrechó primero la mano del señor Lisbon y luego la de la esposa, bastante más fría, mientras Lux se levantaba para acompañarlo a la puerta. Debía de darse cuenta de lo estúpido de la situación, pues en el breve trayecto apenas si lo miró. Lux caminaba con la cabeza baja, rascándose el interior de la oreja, y no levantó los ojos hasta que abrió la puerta para dirigirle una triste mirada que no hablaba más que de frustración. Trip Fontaine salió de la casa hecho polvo, sabiendo que lo único que podía esperar era otra noche en el sofá junto a la señora Lisbon. Cruzó el jardín, cuyo césped no habían cortado desde la muerte de Cecilia, se sentó en el coche y miró la casa mientras las luces de la planta baja iban siendo sustituidas progresivamente por las de arriba y, al poco rato, también éstas iban apagándose una tras otra. Imaginó a Lux metiéndose en la cama y la sola imagen de la chica con el cepillo de dientes en la mano lo turbó más profundamente que las desnudeces totales que casi todas las noches presenciaba en su cuarto. Reclinó la cabeza en el asiento y abrió la boca para aliviar la opresión que sentía en el pecho cuando percibió de pronto un remolino de aire dentro del coche. Alguien lo agarró por las solapas, tiró de él hacia delante y volvió a empujarlo hacia atrás, al tiempo que un ser con cien bocas le sorbía el tuétano. No dijo nada durante el rato que estuvo agarrada a él como un animal hambriento y Trip no habría sabido quién era de no haber sido por aquel sabor a chicle de sandía que después de los primeros tórridos besos también él masticó. Ya no llevaba pantalones, sino una bata de franela, y los pies, mojados con el rocío del césped, olían a hierba. Trip notó sus húmedas pantorrillas, sus cálidas rodillas, sus velludos muslos y, empavorecido, metió el dedo en la boca de cuervo de aquel animal que ella tenía sujeto con traílla más abajo de la cintura. Le pareció que era la primera vez en su vida que tocaba a una chica y sintió el pelo y la sustancia untuosa como una piel de nutria. Dentro del coche había dos bestias, una arriba, que resollaba y mordía, y otra abajo, que porfiaba para escapar de la húmeda jaula. No sin esfuerzo hizo lo que pudo para alimentarlas a las dos, para aplacarlas, pero en él iba creciendo por momentos una sensación de incapacidad y, pasados unos minutos, Lux lo dejó, más muerto que vivo, pronunciando únicamente estas palabras:

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