Orhan Pamuk - Me Llamo Rojo
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– Me llamo Behzat. Vengo de Herat, de Tabriz. He hecho las más magníficas pinturas, las más increíbles maravillas. Desde hace siglos, en todos los talleres musulmanes en que se pinta, tanto en el país de los persas como en Arabia, se dice lo siguiente: cuando lo miras parece real, como una pintura de Behzat.
Por supuesto, ésa no es la cuestión principal. Mi pintura ilustra no lo que ven los ojos, sino lo que ve la mente. En cuanto a la pintura, como sabéis, es una fiesta hecha para los ojos. Unid esas dos ideas y aparecerá mi mundo. O sea,
ELIF: La pintura hace vivir lo que la mente ve, para placer de la vista.
LÁM: Lo que los ojos ven en el mundo entra en la pintura en tanto sirve a la mente.
MlM: Asi pues, la belleza es el redescubrimiento en el mundo por parte de los ojos de lo que la mente ya conoce.
¿Había comprendido nuestro caballero recién salido de una medersa de veinte ásperos aquella lógica extraída de lo más profundo de mi alma gracias a una repentina inspiración? No. Porque te pasas tres años sentado a los pies de un profesor que cobra veinte ásperos al día -con eso hoy sólo se pueden comprar veinte panes- en una medersa en un suburbio y todavía no sabes quién es Behzat. Estaba claro que tampoco el señor Maestro de los veinte ásperos sabía quién era Behzat. Muy bien, voy a explicártelo. Le dije:
– Yo lo he pintado todo, todo. A Nuestro Profeta en la mezquita sentado ante el verde mihrab con los cuatro califas; luego, en otro libro, el ascenso del Enviado de Dios a los Siete Cielos en la Noche de la Ascensión, montado en el caballo llamado Burak; a Alejandro en su camino a China tocando el tambor en un templo costero para asustar a un monstruo que encrespaba el mar con tormentas; a un sultán masturbándose mientras espía a las bellezas del harén bañándose desnudas en un estanque al tiempo que escuchan un laúd; al joven luchador que cree que va a vencer a su maestro porque sabe todos sus trucos y que finalmente se rinde en presencia del sultán, derrotado por su maestro por un último truco que éste le había ocultado sin enseñárselo; el repentino enamoramiento de Leyla y Mecnun niños mientras están arrodillados aprendiendo el Sagrado Corán en una escuela de paredes exquisitamente trabajadas; la incapacidad de los enamorados, del más tímido al más desvergonzado, de mirarse a los ojos; la construcción de palacios piedra a piedra, el castigo con torturas de los criminales, el vuelo de las águilas, burlones conejos, traidores tigres, sauces y plátanos y las urracas que siempre coloco sobre ellos, la muerte, poetas compitiendo, mesas que celebran la victoria y mesas de los que, como tú, no ven otra cosa que sopa.
El precavido secretario ya no me temía, incluso debía de encontrarme divertido porque sonreía.
– Tu señor maestro ha debido hacerte leerla y la sabrás -le dije-. Hay una historia del Jardín de Sadi que me gusta mucho. Aquella de cuando el rey Darío se apartó de los demás durante una partida de caza y fue a pasear por las colinas. De repente apareció frente a él un desconocido de aspecto peligroso. El rey, asustado, echó mano del arco que llevaba en el arzón pero el hombre de la perilla le imploró: «Rey mío, esperad, no lancéis vuestra flecha. ¿Cómo no me habéis reconocido? ¿Acaso no soy vuestro fiel mozo de cuadras a quien habéis confiado cientos de caballos y potros? ¿Cuántas veces no me habréis visto? De cien caballos vuestros, yo conozco a cada uno de los cien por su temperamento, sus hábitos y su color.
¿Cómo es posible que vos no prestéis atención a los siervos que gobernáis, ni siquiera a los que os encontráis tan a menudo como yo?».
Cuando ilustro esta escena pinto a los caballos negros, castaños y blancos, cariñosamente cuidados por el mozo, tan felices y tranquilos en un paradisíaco prado verde cubierto por flores multicolores, que hasta el más imbécil de los lectores comprende la moraleja que se extrae de la historia del poeta Sadi: el secreto y la belleza de este mundo sólo aparecen si se les muestra con amor atención, interés y afecto. Si queréis vivir en ese Paraíso donde habitan los caballos y yeguas felices, será mejor que abráis bien los ojos y que veáis este mundo prestando atención a sus colores, a sus detalles y a sus bromas.
Aquel pupilo de maestro de veinte ásperos se divertía conmigo al tiempo que se asustaba de mí. Le habría gustado arrojar la cuchara y huir, pero no se lo permití.
– En esa escena Behzat, el maestro de maestros, pintó de tal manera al rey, al mozo de cuadras y a los caballos -continué- aunque han pasado cien años no han dejado de imitar los caballos que hizo. Cada uno de ellos, que dibujó según le salían de la imaginación y del corazón, se ha convertido ya en un modelo. Cientos de ilustradores, incluido yo, somos capaces de dibujarlos de memoria. ¿Nunca has visto una pintura de un caballo?
– He visto la pintura de un caballo alado en un libro mágico que un gran maestro, sabio entre los sabios, le dio un día a mi difunto profesor.
¿Qué hago? ¿Le meto la cabeza en el cuenco de sopa a este cretino que, junto con su profesor, se tomó en serio el libro de las Criaturas extrañas y le ahogo aquí mismo? ¿O le dejo que me describa exagerando al límite la única pintura de un caballo que ha visto en su vida y que quién sabe qué mala copia sería? Encontré un tercer camino y, dejando a un lado la cuchara, me lancé fuera de la taberna. Cuando entré en el convento abandonado tras caminar largo rato, una enorme paz cubrió mi espíritu. Barrí el lugar y quité el polvo y escuché el silencio sin hacer nada.
Luego saqué el espejo de donde lo había escondido y lo apoyé en el atril, me coloqué en el regazo la pintura de doble página y la tabla de trabajo e intenté dibujar mi propia cara mirándome en el espejo desde donde estaba sentado. Trabajé largo rato, con paciencia. Mucho después, cuando vi que de nuevo la cara del papel seguía sin parecerse a la mía en el espejo, me invadió tal tristeza que se me humedecieron los ojos. ¿Cómo lo hacían esos ilustradores venecianos de los que nos hablaba tan elogiosamente el Tío? De repente me puse en el lugar de uno de ellos y pensé que si pintaba sintiéndome de aquella manera quizá consiguiera que mi dibujo se pareciera a mí.
Más tarde, maldije tanto a los pintores venecianos como al Tío, borré lo que había hecho y comencé a pintar otra vez mirándome al espejo.
Mucho después me encontré primero en las calles y luego en este asqueroso café. Ni siquiera sabía cómo había llegado hasta aquí. Mientras entraba me sentía tan avergonzado por mezclarme con esos miserables ilustradores y calígrafos que me sudaba la frente.
También sentía que me observaban, que se daban codazos, me señalaban y se reían entre ellos; bien, en realidad lo veía claramente. Me senté en un rincón con gestos que intentaban ser naturales. Con la mirada buscaba por un lado a los otros maestros ilustradores y por otro a mis queridos hermanos, con los que en tiempos había servido como aprendiz al Maestro Osman. Estaba seguro de que a ellos también les habían obligado a dibujar un caballo esta noche y de que se habían esforzado todo lo posible tomándose en serio el concurso de esos idiotas.
El señor cuentista todavía no había comenzado su historia. Ni siquiera había colgado la pintura. Eso me obligó a relacionarme con la clientela del café.
Muy bien, voy a deciros la verdad: como todo el mundo, gastaba bromas, contaba historias indecentes, daba exagerados besos a los amigos, hablaba con dobles sentidos usando alusiones y equívocos, preguntaba por los jóvenes asistentes, criticaba despiadadamente a nuestros enemigos comunes como todos los demás y, una vez lo bastante entusiasmado, llevaba el asunto hasta los juegos de manos y los besos en el cuello. Saber que mientras hacía todo aquello una parte de mi espíritu permanecía cruelmente silenciosa me producía un insoportable dolor.
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